General Rafael Urdaneta: Brillante a todas luces (Nirso Varela)

General Rafael Urdaneta: Brillante a todas luces (Nirso Varela)

El desenlace histórico del matrimonio Urdaneta Faría-Vargas París, celebrado en Bogotá el 31 de agosto de 1822, es admirable ejemplo de constancia, dedicación, abnegación y entrega mutua. Fue el sacramento perfecto, la unión de un hombre y una mujer, que viven y se aman para siempre, hasta que la muerte los separa.
El General Rafael Urdaneta fue esposo y padre intachable. No se infieren fisuras en su matrimonio con su única mujer, la bogotana Doña Dolores Vargas París, desde el momento en que contrajeron nupcias. Fueron el uno para el otro, inseparables en los 23 años de matrimonio que les legó la vida. Desde entonces, la abnegada esposa lo acompañó en las buenas y en las malas, y formó parte del periplo existencial más intenso e interesante del héroe zuliano.
Al General Urdaneta le correspondió vivir las circunstancias de 8 años de guerra independentista en suelo venezolano (1813-1821) en rol de soldado, 10 años de la creación, auge y caída de la Gran Colombia (1821-1831) como legislador y magistrado, y los primeros 14 años de la fundación de la República de Venezuela (1831-1845), de ministro. Soltero durante de la guerra, finalizada ésta, a sus casi 34 años, se casó con Doña Dolores y se dedicó a formar una familia honorable.
Los once hijos de la unión conyugal, nacieron en la ruta de los diversos parajes donde el destino los llevó. Cumpliendo funciones militares en Bogotá, 1823, nació Rafael; estando de Intendente en Maracaibo, 1824-27, nacieron Luciano y Octaviano; sirviendo de Ministro en Bogotá, 1827-30, nacieron Amenodoro y Adolfo; como exiliados en Curazao, 1831-32, nació Rosa, trabajando de agricultor en Coro, 1832-37, nacieron Susana y María Dolores, y en funciones de Ministro en Caracas, 1837-43, nacieron Eleazar, Neptalí y Rodolfo.
En 1831 Urdaneta salió expulsado de Bogotá después de ejercer la presidencia de la Gran Colombia, e imposibilitado de volver a Venezuela, pasó a Curazao como exiliado, ya con 5 hijos. El sexto alumbramiento de Doña Dolores tuvo lugar en la isla, en 1832. Ese mismo año, el gobierno venezolano le otorga permiso para regresar a su patria y se establece como campesino en la provincia de Coro.
Permaneció durante 5 años como agricultor en el hato agrícola de Turupía, con un breve paréntesis en par de ocasiones, cuando el gobierno requirió sus servicios para pacificar la convulsa Maracaibo en 1834, y luego, junto al General José Antonio Páez, para reducir los facciosos del movimiento “Revolución de las Reformas” en 1835. Urdaneta volvió a la vida pública venezolana desde el estrado más bajo de la ciudadanía: simple elector (votante) de la junta parroquial de Pueblo Cumarebo en 1834. Ese paso, lo llevó a ser electo Senador por Coro en 1837. Para entonces, la pareja Urdaneta Vargas ya contaba 8 hijos.
Todas Las referencias indican que vivieron en la pobreza, que los sueldos y dietas del General no alcanzaban para asegurar el futuro de la numerosa prole, por lo que Urdaneta en 1839, se vio obligado a solicitar al gobierno, su pensión de vejez, de una forma dramática y muy reveladora: estaba inválido y casi ciego. Al morir en 1845, Eleazar tenía 6, Neptalí 4 y Rodolfo 2 años de edad. Doña Dolores cargó desde entonces, ella sola, con la responsabilidad de toda la familia, con apenas una pequeña pensión que el gobierno le otorgó.
No obstante, el matrimonio Urdaneta Faría-Vargas París, fue tan brillante a todas luces, que después de la muerte del General, sus hijos brillaron con luz propia y escribieron cada uno por su cuenta, una página luminosa en la historia política y cultural de Venezuela. Luciano fue el arquitecto diseñador del Capitolio Federal de Caracas, erigido en 1873 y 1877, hoy, Monumento Histórico Nacional. Octaviano fue un notable escritor; Amenodoro, Diputado en 1864, poeta y periodista. Adolfo experto economista, Eleazar, militar presidente encargado de la República en 1878; Neptalí, gobernador de Caracas y Ministro de Fomento en 1891. Rosa eminente pianista, hablaba francés; Susana y Dolores fueron damas ilustres de la sociedad caraqueña. Rafael, primogénito, fue militar con grado de General, murió en la Guerra Federal en 1862 y Rodolfo murió a los 14 años de edad.
De los 56 años de vida del General Rafael Urdaneta, destaca su mejor semblanza: sus virtudes como ciudadano y padre de familia ejemplar. Fue un personaje impecable, pleno de fortalezas cívicas y dueño de una moral incontrastable. Formó una de las familias venezolanas más venerables del siglo XIX.
En el plano militar, los rasgos que opacan la vida de los héroes más destacados de la independencia venezolana, no están presenten en el héroe zuliano. Primero, no fue un caudillo, como lo fue Páez, Monagas, Mariño, Arismendi o Bolívar. Combatió en 20 batallas campales en todo el territorio venezolano, en los Andes, los llanos, el Orinoco; en Occidente, Centro y Oriente. Y no obstante haber luchado en el combate cuerpo a cuerpo con título de General, sus triunfos nunca le intimaron a liderar una guerrilla local, o una facción divisionista. Nunca huyó o desertó ante la inminencia de la muerte, nunca emigró después de la derrota. Nunca desobedeció una orden. Su lucha fue constante y continua, sin descanso ni paréntesis desde 1813.
El General Urdaneta no tuvo ambiciones de poder ni de mando, ni siquiera cuando forzosamente, tuvo que ejercer la presidencia de la Gran Colombia en 1830. Jamás se enriqueció como otros líderes lo hicieron, y vivió de una forma austera, siempre en el seno familiar. Nunca nadie lo acusó de estar implicado en hechos de corrupción o robo del erario público, en sus cargos de administrador de caudales o de Intendente.
Urdaneta aparece en los papeles del archivo del Registro Principal de Maracaibo, como un ciudadano más, durante su función de Intendente del Zulia 1824-1827. Figura en documentos de compra-venta de casas, salinas en la Hollada, acusado de insolvencia en los pagos de una extraña sociedad, y recibiendo y otorgando poderes a terceros, para transacciones ante organismos competentes.
Pero no aparece como comprador de haciendas, vendiendo o comprando esclavos, coautor de escándalos y abuso de autoridad, ni en litigios de ninguna clase. Nadie lo tildó de indolencia en el cumplimiento de los valores ciudadano más apreciados de la época, como la urbanidad y las buenas costumbres. Utilizó su influencia para obras de caridad a indigentes. Si acaso tuvo inclinaciones hacia los naipes, no manchó con ello su reputación como magistrado y ciudadano.
En 1828 fue juez de la causa seguida a los implicados, en el golpe del 25 de septiembre contra la vida de Bolívar, donde varios oficiales fueron cobardemente asesinados. La Ley se aplicó en forma impecable e implacable. Jueces, verdugos y condenados, formaron parte de una trama que ellos mismos eligieron. Los conjurados no dieron ni pidieron clemencia. Murieron de pie, voceando sus consignas insurgentes. Nadie fue ejecutado sin un juicio imparcial y nadie murió siendo inocente. Algunos condenados fueron indultados por el Libertador.
Escribió sus Memorias, una especie de autobiografía de su paso por la guerra y por Colombia, que él tituló “Apuntamientos”. Un texto minucioso, gramaticalmente bien construido, pleno de datos fidedignos, escrito con lenguaje exacto, sin ínfulas literarias, sin exteriorizar odios contra nadie y donde solo se menciona a sí mismo, en tercera persona. Lo escribió como un diario de vida que nunca llegó a publicar.
Los “Apuntamientos” guardan crudos relatos de la guerra en tiempo real, donde no hay héroes imbatibles, batallas fantásticas, ni momentos inverosímiles. Narra los hechos tal cual los vivió y padeció, sin alterar ni ocultar nada. Por ello, apoyados en rigurosos testimonios y documentos históricos, Rufino Blanco Fombona (1874-1944) y Jesús Enrique Losada (1910-1948), escribieron sendos prólogos a las ediciones de 1916 y 1945, respectivamente, donde destacan las virtudes militares y personales del autor y actor, y la trascendencia de tan insigne manuscrito.
El General Urdaneta luchó durante toda su vida contra una terrible enfermedad crónica, un inmenso cálculo alojado en la vesícula, que lo postraban en un lecho de enfermo. En momentos cruciales, como la decisiva Batalla de Carabobo en 1821, estuvo ausente por sus recurrentes dolencias físicas. Al llegar a Londres en 1845, todavía con algo de salud, tuvo posibilidades de extirpar el cálculo vesical, mediante cirugía sugerida por médicos especialistas; y no lo hizo, para no retrasar su misión diplomática en España.
No agonizó amargado ni resentido, al contrario, todo sugiere que murió en completa paz espiritual, en París, el 23 de agosto de 1845. Su última voluntad fue, exigir a Luciano, único acompañante del viaje a Europa (Rafael estudiaba allá), devolver al tesoro nacional el saldo de los viáticos de la fallida misión.
Urdaneta no testó bienes de fortuna, después de 32 años sirviendo a su patria. Ofrendó su vida por la independencia, y dio ejemplo de funcionario probo, ciudadano honorable, esposo íntegro y padre de familia ejemplar. Su memoria es herencia sagrada del Zulia, y patrimonio moral de la sociedad venezolana.
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