Una Perra es una Perra (Alejandro Vázquez)

Una Perra es una Perra (Alejandro Vázquez)

Foto: Cortesía

Al traspasar el portón de metal semipintado de blanco. Semioxidado, la vemos. Está acostada bajo un árbol de mango en el patiecito frontal de esa casa sencilla. Techo de platabanda en forma de capilla. Olor a fogón. A prosa de caserío. Una tablita de aluminio colgada de un pilar de cemento identifica la vivienda con números negros en relieve: 79B-97.  Uno que otro mango maduro caído al piso la serpentea. Alimentan las moscas que atormenta al animal. Hace más plomiza su agonía. Está acostada sobre excrementos de sangre. Su boca espumea como gaseosa caliente al destaparla. Un olor a carne humana en descomposición asalta al ambiente. La vemos en los pestañeos iniciales del día. Es temprano. Vamos camino a la Universidad a vivir la pasión del intercambio de conocimiento con los jóvenes aspirantes a periodistas. O a empujar carros quedados como diría Milagro Socorro Ella apenas levanta la cabeza. Una mirada lechosa y desgajada es su saludo. No ladra, ni runrunea como es habitual.

En la calle comienza el trastear diario. Alguien encaramado en la parte trasera de un camión cisterna, tintinea sobre un ring de metal para vocear el kerosene. Algunos vecinos, alargan su paso para llegar a tiempo a sus trabajos. Una mujer se empecina en barrer el polvo de la calle. Otra más lúcida riega agua con una manguera. Después rasguña la calle con la escoba. Un muchacho corre Lleva dinero en sus manos, seguramente va a la bodega del barrio a comprar huevos para el desayuno. O quizás una chupeta. O nada. Corre simplemente. Corre.

Entramos al porche de la vivienda. Pretendemos hacernos sentir con un buenas entusiasta, como a medio viaje de un grito celebrativo. Sebastiana está en la cocina. Lleva un vestidito modesto con bacterias marrón pintadas sobre blanco. Airea unos setentaitantos años. Ya nos había visto al traspasar la cerca. Unos zarcillos de oro en forma de cucaracha guindajean en sus orejas. Parecen una arruga más. Silenciosa, se nos atraviesa en la salita. Nos apunta con dos pocillos de peltre blanco y florecitas, llenos de café. Se da por aludida con un – Buenas – sosegado, calmo, una mirada macerada por la vegetación pluriverdosa andina. Y la alegría de vernos. Alguien envasijó en algunas madres aluviones de sorpresa- entusiasmo permanente ante el regreso de sus hijos. Aunque con nosotros, ocurra casi todos los días. Regresamos a compartir el café. A buscar el acurruco a mimetizarnos con el imaginario de la casa materna. A intercambiar amores. A ser cursi, posiblemente en este universo ajado, lijoso.

De regreso en el porche de la vivienda le comentamos a Sebastiana la quejumbre mortuoria de Kina, la perra.

Ese animal regresó de la calle como envenenada, ya no sé qué hacerle.

La explicación suena a tristeza, a dolor que punza el alma al no poder avivar el corretear impertinente de la cachorra. Su ladrido alarmantico o cariñoso.

Kina la oye. Con su mirada pastosa a ras del suelo, pareciera decirle que no se envenenó. Que padece de parvovirus. Que sabe que morirá. Que aún muchos perros que atienden los veterinarios mueren. Igual suponemos, que ella tampoco sabe eso. Es una cachorra callejera con lobo. Patas grandotas, pelaje cenizo ocre. Boca enorme con un borde negro en lo que pudiera mentarse labios y dientes como los de un perro de su especie. Saben cómo son esos dientes, no?.

Al mediodía de regreso a casa de la Universidad convengo con Ivett consultar a un veterinario sobre la tragedia de Kina. El tratante de perros no es muy animoso. Es un convencido de la letalidad del parvovirus. Su diagnóstico suena a celaje mortuorio. Con todo, nos sugiere:

Inyéctenle antibióticos y complejo de vitamina B. Báñenla. Manténgala limpia para ahuyentar las moscas.

Volvemos a la casita del 79B-97 en el barrio Panamericano en la Limpia. La callejera-loba se ve más esmandilada como diría Sebastiana. Quebrada y podrida entre las heces pintadas de sangre y el mosquero. No le interesa el chaflán de luz amarillenta de la tarde que se arrastra en el piso y pareciera querer entrar por su boca babosa. El trajín doméstico en la casa no se desluce ante el acecho de la muerte perruna que agujerea las vísceras del animal. No es que sean desalmados sus inquilinos. No es que no se conduelan. Así puede ser el asunto en el barrio. Quieren a Kina. Pero, un perro es un perro. Y la brega dura por la vida es la brega dura por la vida.

Ya lo saben. No somos enfermeros. Ni veterinarios. No sabemos inyectar, lo sugerimos al inicio. No se excusen porque no le hayamos precisado que somos fotógrafos y hacemos el simulacro de académicos universitarios. Tal como la realidad de la casa de la perra donde estamos: La brega es la brega. Así comenzamos a acorralar a la huesuda que pretendía llevarse a Kina: Manguera en mano empapamos de agua y jabón a la perra. La lavamos como limosina aristócrata. Ella apenas asoma hilitos de resistencia. Nos ve con una mirada vidriosa, para decirlo genialmente. Seguramente, nuestro quehacer lo percibe empañado como vidrio tocado por el aliento cálido de alguien. Limpiamos asépticamente el patiecito de cemento donde yace.

Después de la limpieza, Ivett enfunda sus manos con guantes esterilizados. Prepara la inyección de antibiótico. Hago de asistente. Levanto con el índice y el pulgar el pellejo de la perra. Se forma una especie de arco peludo. Procede. Inyecta. Luego viene el complejo de vitamina B. Kina solamente emite un quejido delgadito. Después, sigue la vida como hilacha de agua cristalina de cascada que cae sobre suelo pétreo. Fluye suavecita o cascarrañosa. Fluye.

Siete días. Siete bañadas aristocráticas. Siete enjuagadas de patio. Catorce inyecciones. Siete miradas de perra con parvovirus, evanescentemente en descenso. Cuatro días de ausencia, para ver qué pasa. Un domingo de regreso a la casa del Panamericano, en Maracaibo. Un sosiego matutino cabalgado por música vallenata lejana. La llegada, el traspaso del portón. Una perra alocada que salta sobre nosotros para lamernos, para acariciarnos con su patotas e inundar nuestros oídos con su ladrar alucinado de agradecimiento. Una gente sentada en el porche nos recibe. Y Sebastiana que viene a nuestro encuentro desde la cocina, blande dos pocillitos de porcelana floreada olorosos a café. Trae aquellos zarcillos. Y esa sonrisa… Lo recuerdan?.

 

 

 

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Alejandro Vásquez Escalona