Transacción de medianoche (Alejandro Vásquez Escalona)

Transacción de medianoche (Alejandro Vásquez Escalona)

Subo unas escaleras rojas de cemento empinadas, con pasamanos de metal negro corroído a ambos lados. El amarillo y azul celeste de las paredes se ven macilentos por la opacidad de la bombilla. Me cruzo con una mujer que baja. No preciso su rostro, lo oculta su cabello castaño sobre su cabeza inclinada. Huele a romero. A hierba de jardín realengo. Pareciera que flota. Que no hubiese salido del bar Violeta. Mi ascenso finaliza en la puerta batiente de la entrada cubierta con un poster de una chica en traje de baño blanco. Insinuante, muestra una cerveza Polar ice.

Entro al bar. Es la cuarta ocasión que lo frecuento. Me acerco a la barra. Consumo dos cervezas servidas en breves pausas por un hombre negro abstraído por la voz de un narrador de carreras de caballos. Después, me siento solo en una mesa de frente a la salida. Esta vez llevo cámara fotográfica en un maletín. Con todo, siento que esta noche no debo hacer fotografía. Es mejor esperar. Amansar el ambiente. Adentrarme más con mi presencia, por aquello de la Observación Participante. O por preservarme de un botellazo colérico al violentar espacios ajenos. La mesera me sirve una cerveza. Suena una música de reggaetón metálico, por su estridencia. La luz es tenue, rosada violácea. Una mujer gruesa de espalda con una cola de cabellos negros y largotes, baila con su pareja, un joven de aspecto indígena. Desconocen el sonido acelerado, se mueven como si fuese un bolero. Es evidencia de encabronamiento. Enamoramiento para decirlo de manera descontextualizada. Estoy de espaldas a la barra del bar.

La primera vez que visité el Violeta era viernes. Había un ambiente pichacoso: Estaba atestado de gente empapada de sudor, más que bailar, brincaba. Mesas repletas de botellas, de bebedores que gritaban y palmeaban. Una mujer desdentada de unos sesenta años hiphopeaba con un adolescente. Un tufo ácido callejero como vapor pegostoso embuchaba el local. Se percibía como eructo de mezclas etílicas amanecidas.

Desde la mesa que ocupo ahora, con mi cámara casi oculta, hago un encuadre que Incluye la puerta batiente de la salida y los flashazos de luz que entran al abrir y cerrarse. Un poster, arriba y a la izquierda que muestra a la Britneay Spear acostada lateralmente sobre un sofá negro. Blusa blanca de algodón solamente, piernas con botas rojas, recogidas hacia su pecho, el rostro apoyado sobre sus manos, mira mi caja de encantamientos casi con ternura de representación. Entran y salen personas. Ocurren cosas. Obturo mi máquina una que otra vez. No hay encanto aún. Espero que suceda algo que me agrade. Ocurre: Un hombre en camiseta blanca sale delante de una morena abruptamente hermosa. La mujer se detiene en el quicio de la puerta, la sostiene con su mano. Mantiene una punta de su zapato de tacón alto levantada. Fetichismo. Conversa con el varón que está afuera. Los veo de perfil, un lenguazo de luz, hace seductor el posible proceso de transacción erótica que sucede. Fotografío. Pixelado en la tarjeta de memoria, queda el retrato de dos personas que quizás intentan llegar a acuerdos de aposento. Vitales. No es tan heroica mi visión, para vivir atrapando Instantes Decisivo. Encuadro y espero. Espero como meditador Zen que suceda la vida.

Ya no oigo al narrador de las competencias de caballos. Cualquiera pudo haber ganado. Alguien debió perder en las apuestas.

Otro estruendo reggaetonero comienza a cuartear los oídos. Suena por encima de los otros ruidos. Dos hombres se levantan de su mesa. Salen a bailar. Se les ve tan convencidos de su entusiasmo que provocan gritos de aprobación y abucheo de quienes permanecen sentados. Mueven sus brazos como par de espadas de samuráis en pleno duelo. Sus cuerpos parecen dos columpios vacíos que se entrecruzan al moverse. La adrenalina visual me empuja a destejer mí cautela como fotógrafo. Me levanto. Me coloco cerca de los bailarines y hago dos o tres fotografías con baja velocidad de obturación. Uno de los danzantes se ve con los brazos en alto, mirando hacia atrás, como que retrocediera en busca del otro cuerpo. Este, lo espera con sus manos elevadas también. El movimiento sugerido de los brazos, los hace simular alas de mariposa. Alguien desde la mesa fotografía con su teléfono. Quedo contentamente en trance (es la única palabra que se me vuelve a ocurrir. Ya buscaré otra). Siento que tengo una buena imagen en el

vientre de mi máquina fotografiadora. Retrocedo y oigo a alguien detrás que se siente autoritario. Violento.
Aquí no se puede hacer fotografías.

Es el negro que me sirvió la primera cerveza desde detrás de la barra. Sospecho que funge como encargado del bar. Es alto, con manazas como porras de metal. Ya no está abstraído por el narrador de las carreras de caballos. Siento sus deseos de golpearme. De Vomitar su descontento. Su arrechera.

Disculpe, no lo sabía. Disculpe. Guardo mi cámara.

No que disculpas, abusador.

Le expreso mi disculpa por tercera vez.

Disculpas un coño. Creen que esta verga es su casa.

Me atemoriza la posibilidad de un mazazo en mi rostro o una patada, en mis testículos, pero he consumido unas cuatro cervezas que envilecen la diplomacia. Que perturban los consensos. Arrugan la armonía. Me acuerdo del contador de Al capone. Del cochecito en las escaleras. Del homenaje a Eisenstein en Los Intocables. Más por instinto de supervivencia que por convencimiento, me envalentono artificialmente, levanto la voz.

Bien, te he pedido disculpas tres veces, ¿qué más quieres?. ¿Cómo qué no entiendes. A propósito, cómo están tus libros contables?

Aunque solamente estoy atento para evadir una segura agresión, supongo que hay silencio en el ambiente, por temor y respeto al regente del bar. Que la música y el gorgoreo de las conversaciones bajan de volumen. Observo al hombre, dispuesto a zarandearme, se suaviza, bebe un sorbito de calma. Y siento que estoy a salvo.

¿Qué es eso de libros contables?

El SENIAT, chico, tus libros de impuestos.

Silencio. No amilanamiento. Prudencia. Posiblemente, el hombre de color como lo calificarían en un film norteamericano, piensa en facturas manuales arrugadas, cuadernos sucios y corroídos con cifras de compra y ventas, en las cervezas brindadas a policías y funcionarios marginales. Me mira como sin sentimientos. Se marcha, a su barra, puede que atienda otra carrera de parlay, ahora menos sosegado. Puede que consuma una cerveza de dos tragos. Y espere al que pasará. Cancelo mi deuda. Camino hacia la puerta del tajo de luz. Bajo las escaleras rojas de cemento. No queda olor a romero, ni a jardín realengo. Salgo a la calle. Casi silbo una canción. Casi silbo.

Vuelvo a visitar el Violeta. Una muchacha se mueve en un escenario rectangular de fórmica oscura sobre el piso. Se desdobla en seducción nocturna. Se contornea en la barra niquelada. Baja, baila. Se acerca al borde del estrado. Desde su cintura, con movimiento ascendente mueve las manos sobre sus senos. Solamente viste unos mini bikinis, botas de cuero casi hasta las rodillas, lentes solares con montura de carey negro. Lanza besos a los bebedores de cerveza. Estos aplauden. Lascivia en sus miradas, lascivia. Casi no percibo sus sentimientos. No me pregunto si disfruta, le atemoriza o le asquea su labor. Miro por el visor de la cámara. Respiro suave. Hago su representación. Son las doce de la noche.

Temprano, el negro que casi me estruja el cuerpo golpes el mes pasado hace de anfitrión. Me ve llegar, se acerca cordialmente. Me indica las primeras sillas de la tarima donde ocurrirá el stripper. Han pasado cuatro fines de semana desde el altercado, las bofetadas no ejecutadas, los libros contables. Varias visitas más por el bar. Varias conversas.

Patroncito, siéntese acá adelante para que pueda fotografiar mejor.

Eso hago. La pequeña plataforma oscura aún está vacía. Hace quince días, regresé al Violeta. Fui directo al lugar donde se sienta Abraham el afro descendiente, como diría alguien ingenuamente, lo saludo y me ve casi sin asombro. Otra vez con mirada como neutral. Le extiendo un sobre blanco, lo abre. Mira su retrato. No se alegra. No se molesta. No da las gracias. Contesta mi saludo. Me extiende su mano.

¿Pensaste en verdad que vendría a multarte por los impuestos? ¿Tengo aspecto de mala gente? Silencio.

Le explico que soy fotógrafo, profesor de La Universidad del Zulia, que hago un trabajo de los bares del centro de la ciudad. Que seguramente expondré las imágenes en el Lía Bermúdez y señalo hacia el Centro de Arte que está cerca. Hay poca gente. Están los bailarines de reggaetón. Camino hacia ellos, le regalo la fotografía que les hice cuando bailaban, lo que enardeció a Abraham. La miran con gesto de satisfacción.

Hey, ve que nosotros no somos maricos. Y ríen a carcajada.

Termina la música que sirve para que la muchacha del bikini miniatura muestre su cuerpo casi desnudo. Sale del escenario. Corre. Desaparece en el fondo del bar. Aplausos. Silbidos agudos de aprobación. Gritos de satisfacción. Me despido del negro que apuesta parlay a los caballos.

Disculpe patrón, pudo haber sido mejor. Esa muchacha es estudiante universitaria, no es muy buena, ni las pantaleticas se las quitó.

Salgo a la calle. Entro a la Plaza Baralt. No se cruza ningún perro negro y solitario. Son las dos de la mañana. Tarareo una canción. No se silbar.

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Alejandro Vásquez