Los terribles trastornos del hambre (Nirso Varela)

Los terribles trastornos del hambre (Nirso Varela)

Que el hambre se convierta en instrumento de luchas políticas, es lo más cercano a la verdadera demencia. Es la decadencia elevada a grados superlativos para intentar justificar lo injustificable. No se puede revertir lo cotidiano con manipulaciones y amenazas, porque el hambre en Venezuela, es una realidad que salta a la vista de todos. Ya no son mendigos que deambulan en busca de alguna caridad, sino indigentes esculcando basureros para comer. Es el extremo de la depauperación social que hoy, fácilmente, cualquier aficionado a videos, puede subir en las redes sociales.
Los indigentes siempre están en algún sitio de este inmenso basurero en que se ha convertido Maracaibo y otras ciudades de Venezuela. Enseñando sus miserias, mostrando al mundo el contraste entre la extrema riqueza y la extrema pobreza, en un país petrolero indudablemente sancionado y bloqueado, pero por la ideología comunista que se erigió en poder. Hambrientos hurgando en la basura en el mismo sitio donde circulan camionetas de 60 y 100 mil $, y toda la opulencia de quienes exhiben su fortuna casi siempre mal habida, en un país desfalcado y arruinado material y moralmente.
La misma ideología que sustenta el principio maquiavélico de “el fin justifica los medios” para destruir la clase media, extinguirla y anularla junto a sus universidades y sus gremios, y así evitar un nuevo revés en las calles y en las urnas electorales. Por eso Venezuela está reducida a la pobreza, llena de hambrientos y necesitados, como forma de control social para perpetuarse en el poder, a través prebendas y bonos de hambre al mejor estilo de Cuba.
La hambruna vista en las calles a flor de piel, causa consternación, angustia e impotencia, en las personas que vivieron el periodo democrático 1959-1999, donde esos excesos no existían. Provoca miedos, resentimientos y trastornos emocionales, que inducen a la desesperación y al firme propósito de unirse al éxodo más temprano que tarde. Esas alteraciones emocionales no la sufren enchufados, alacranes, oportunistas, neo ricos, ni quienes se acostumbraron a desvivirse por una simple bolsa de comida.
Es cierto que en las ciudades siempre han existido mendigos, pero nunca como ahora. Lo mismo que la emigración, la mendicidad aumenta a ritmo acelerado. Los bajos salarios, la falta de oportunidades, el látigo constante del dólar paralelo, la escasez de combustible y transporte público, la depauperación de los servicios (diarios apagones eléctricos y agua sucia servida cada 20 días), la ruindad de las ciudades y el hambre, son problemas que no se solucionarán en el mediano plazo; son factores que están acelerando la emigración y la muerte prematura de muchos venezolanos. Los medios reportan constantemente, muertes trágicas de venezolanos en el exterior, y tragedias familiares a lo interior, por crisis emocionales que terminan en violencia.
Ni la mendicidad ni la emigración han alcanzado sus peores cifras. Una cuenta clara y sencilla puede corroborarlo. Si un profesor universitario, titular con doctorados, devenga hoy en día 10 $ al mes, eso representa unos 150 $ al año, o 7.500 $ en medio siglo, 5 décadas. Esos 7.500 $ los devengaban en un año, los empleados públicos de más baja gradación salarial, un obrero, una enfermera, o una secretaria, recién ingresados a nóminas hasta 2013, cuando todavía no se había desatado en toda su expresión, el capitalismo salvaje mal llamado “socialismo”. Un empleado público mal pagado, promediaba 625 $ al mes.
Es la cuenta que sacan quienes hoy prefieren limpiar pocetas en el imperio por 8 $ la hora, seguros que al poco tiempo conducirán un vehículo último modelo. Esos 7.500 $ que ganará un profesor universitario en el transcurso de los próximos 50 años, representa el precio que hoy un neo rico venezolano, paga por un “caprichito”, una prenda o una noche de farra. Nada que envidiarles. Está demostrado que ser rico es muy bueno, y vivir en un país libre, democrático, lleno de oportunidades para todos, donde nadie tenga que envidiarle nada a nadie, es mucho mejor. Así vivimos los venezolanos hasta hace apenas 8 años.
Cuando un mendigo hambriento acude a cualquier basurero para saciar el hambre, es porque no tiene ninguna otra opción. A veces los desprecian. La gran mayoría, ciertamente, parecieran sufrir trastornos mentales por la inanición. Por desgracia, el hambre doblega dignidades, y evidentemente, altera el equilibrio emocional de quienes la sufren. Pero no por criticar al gobierno. Si así fuera, 8 de cada 10 venezolanos estaríamos locos de remate.
Los venezolanos sabemos lo que queremos y sobre todo, lo que no queremos. Y la única manera de solucionar esta situación, es recuperando el pleno ejercicio de la soberanía, a través del voto directo, secreto, universal, cuantificable, inviolable e inmodificable. No asistido, no manipulado por amenazas, no comprable por una dadiva. Y sobre todo, donde no voten los fantasmas. Solo así, no serían reelectos con el 80% de los votos, los peores gobernantes que ha tenido Venezuela, responsables directos de esta catástrofe social que hoy vivimos. Y solo así, los venezolanos no seriamos vistos desde el exterior como masoquistas, sufriendo el Síndrome de Estocolmo.
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