Los 10 kilómetros al Universitario por un poco más de vida: La historia de los paciente de diálisis en Maracaibo

Los 10 kilómetros al Universitario por un poco más de vida: La historia de los paciente de diálisis en Maracaibo

Foto: María Alejandra Sánchez

La situación de los pacientes de diálisis en la capital zuliana es cada vez más deplorable, las denuncias sobre falta de servicios básicos como la electricidad o el agua es el pan de cada día para quienes con mucho esfuerzo solo quieren conseguir un poco más de vida. 

Sumado a eso otra preocupación atañe a todos los habitantes, la falta de gasolina, otro agravante que flagela poco a poco a todo la población. Hace más de un año los pacientes renales de Maracaibo, se ven obligados a caminar largos trayectos desde sus viviendas hasta el hospital para recibir su tratamiento, debido a la falta de combustible que afecta la región occidente del país y que se ha agravado durante las restricciones por la pandemia.

“Si quiero vivir, tengo que caminar” es la segunda entrega de cinco reportajes que comprenden Rostros de la Emergencia, un seriado de crónicas promovido por Codhez y presentado en alianza con El Pitazo, para visibilizar historias que merecen ser contadas en el contexto de la emergencia humanitaria compleja en Venezuela

Esta es la historia de una paciente renal zuliana que camina más de 10 kilómetros para recibir su tratamiento

«“Si quiero vivir, tengo que caminar”

 

Maritza Villareal llevaba media hora de caminata. Cada tanto aprovechaba la sombra de los árboles para descansar un poco. Una mañana de julio, la debilidad de sus piernas pudo más y cayó al pavimento. Sus rodillas comenzaron a sangrar, el ardor era casi insoportable, pero sin dudar siguió su camino al Hospital Universitario de Maracaibo, donde recibe tratamiento de diálisis desde hace seis años.

Tres veces a la semana, con 68 años a cuesta y una deficiencia renal, camina unos 10,2 kilómetros que recorre en casi cinco horas, ida y vuelta. Eso es lo que mide el trayecto desde su casa, en el sector Los Tres Caminos, al norte de Maracaibo, hasta el hospital.

Los pacientes renales de Maracaibo, en Venezuela, se ven obligados, hace más de un año, a caminar largos trayectos desde sus viviendas hasta el hospital para recibir su tratamiento, debido a la falta de combustible que afecta la región occidente del país lo que ha mermado sus posibilidades de traslado.

Por eso, para Maritza hay días más duros que otros. Como el de esa tarde.

“Ese día que me caí, a medio camino, mi hijo me quitaba las sandalias a cada rato para limpiarlas, porque mis piernas sangraban mucho. Pero perder la diálisis es un lujo que no puedo darme”.

Antes de salir, Maritza prepara unas arepas, embotella un poco de café y de agua. Es el alimento del día y que lleva consigo, junto a un paraguas que la cubre del sol. En Maracaibo, las temperaturas oscilan entre los 39 y 42 grados centígrados.

Aunque la mayoría de las veces utiliza la sombrilla como bastón para sostenerse durante la travesía.

Una vez en el hospital, sudorosa y extenuada, debe subir nueve pisos por las escaleras, hasta la unidad de diálisis. Hace un año que el ascensor del hospital Universitario de Maracaibo está dañado.

Antes de que la conecten a la máquina,  Maritza comparte las cuatro arepas con su hijo Dauri, de 34 años, quien nació con deficiencias de motricidad y es su único acompañante.

Mientras la enfermera la prepara, mentalmente hace una oración.

“Señor permíteme salir con vida y con fuerzas hoy, aligérame el camino para seguir sobreviviendo”.

Después de tres horas de tratamiento, toma aliento y se apoya en su hijo para disminuir la fatiga. Sin más opciones, regresa a casa y la caminata puede tardar dos o tres horas, dependiendo del malestar que le haya dejado la diálisis.

Los pacientes renales suelen presentar presión arterial alta o baja, calambres musculares, picazón, problemas de sueño por apnea o piernas inquietas, anemia, enfermedades óseas o sobrecarga de líquidos, después de cada sesión de diálisis.

Pese a ello, Maritza cuenta que hubo una época en la que a pesar de su enfermedad renal, fue feliz.

Otro de sus cinco hijos, solía acompañarla al hospital. Pero hace dos años se fue del país, junto a otro de sus hermanos.

Uno de sus hijos, es dueño de un microbús y la ayudaba con los pasajes, hasta que llegó la pandemia de la COVID-19 y se dictaron medidas restrictivas a la circulación en Maracaibo. La falta de trabajo, la escasez de gasolina y el autobús con fallas mecánicas, le impidieron seguir ayudando a su madre.

“Ahora no me queda de otra. Si quiero vivir, tengo que caminar”.

El patio de la vivienda de Maritza, quedó como estacionamiento de los vehículos de sus hijos.

“Están de adorno porque no hay como repararlos y menos gasolina”, contó en medio de una pausa y una respiración profunda.

Desde el 14 de mayo de 2021 y por órdenes de la Gobernación del Zulia, la estación de servicio Carro Chocado, al sur de la ciudad, fue asignada para surtir de gasolina subsidiada a los vehículos propiedad de los pacientes renales o de sus familiares.  El despacho está limitado a 30 litros por vehículo.

“Cuando nos echan gasolina, los 30 litros que apenas nos surten, los comparto con un muchacho que me hace el viaje y que es como un hijo para mí. Lo que queda de gasolina, se vende para comprar comida, porque el único que trabaja es mi esposo, como vigilante. Y su sueldo no alcanza para nada”.

El despacho de gasolina se hace mensual a cada paciente renal en la estación de servicio asignada, 30 litros de gasolina alcanzan para uno o dos traslados al hospital, dependiendo del lugar de residencia del paciente.

Hasta el mes de julio, Maritza ha sumado 960 horas de caminata durante el año y cuatro meses que lleva la pandemia en Venezuela. Confiesa que en los días de diálisis, se acuesta cansada.

María Alejandra Sánchez

Desde el 14 de mayo de 2021 y por órdenes de la Gobernación del Zulia, la estación de servicio Carro Chocado, al sur de la ciudad, fue asignada para surtir de gasolina subsidiada a los vehículos propiedad de los pacientes renales o de sus familiares.  El despacho está limitado a 30 litros por vehículo.

“Cuando nos echan gasolina, los 30 litros que apenas nos surten, los comparto con un muchacho que me hace el viaje y que es como un hijo para mí. Lo que queda de gasolina, se vende para comprar comida, porque el único que trabaja es mi esposo, como vigilante. Y su sueldo no alcanza para nada”.

El despacho de gasolina se hace mensual a cada paciente renal en la estación de servicio asignada, 30 litros de gasolina alcanzan para uno o dos traslados al hospital, dependiendo del lugar de residencia del paciente.

Hasta el mes de julio, Maritza ha sumado 960 horas de caminata durante el año y cuatro meses que lleva la pandemia en Venezuela. Confiesa que en los días de diálisis, se acuesta cansada.

 

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Crónica: Mariela Navas

Fotos:María Alejandra Sánchez

Noticia al Día