Hace 63 años los ciclistas Raúl Motos y Joaquín Polo murieron por insolación en la Vuelta a Portugal

Hace 63 años los ciclistas Raúl Motos y Joaquín Polo murieron por insolación en la Vuelta a Portugal

El 4 de agosto de 1958 los ciclistas españoles Raúl Motos y Joaquín Polo fallecieron por insolación y deshidratación en la Vuelta a Portugal.

Un ciclista abre paso a la comitiva. Dentro del coche fúnebre reposa el cadáver de Joaquín Polo, que perdió la vida en el hospital de Santarem. Disputaba la segunda etapa de la Vuelta a Portugal, 107 kilómetros entre Lisboa y Alpiarca que se convirtieron en un paseíllo hacia el infierno.

No llegó a la meta: cayó rendido en Almeirin, víctima de una insolación.

Un periodista lo trasladó al centro médico, donde las inyecciones de cafeína y coramina no pudieron hacer nada.

 

Aquella tarde también murió Raúl Motos, que perdió el sentido y se desplomó al final de la carrera. La organización pidió un médico por megafonía, pero nadie se presentó.

Apenas 20 años tenía Joaquín Polo

Joaquín Polo era gallego. Tenía veinte años y era el mayor de cuatro hermanos que regentaban, junto a su padre, un taller de bicicletas en Talavera de la Reina.

Por las calles de la ciudad, un coche negro traslada al héroe caído en desgracia. Joaquín había partido a Portugal como un mecánico vivo y regresado como un ciclista muerto.

Los jefes del equipo, falto de efectivos, lo enrolaron como corredor. Falleció mientras su padre escuchaba la retransmisión de la carrera en el patio de su casa.

Francisco Rodríguez (Sevilleja de la Jara, 1935) luce junto a las botellas del bar una vieja fotografía en blanco y negro en la que se ve el vehículo con el difunto, la gente que ha salido a rendirle honores y el ciclista que escolta el cortejo. Lo señala con el dedo.

Es él, a comienzos de agosto de 1958. “Tardamos un día entero en traerlo desde Portugal, porque tuvimos que parar en todos los pueblos para que lo bendijese el cura”, recuerda Rodríguez.

“La bicicleta es un deporte muy duro. Entonces no había ambulancias ni nada, apenas un camión que iba recogiendo a los que se iban retirando”, afirma.

Él lo intentó, pero no llegó a ser profesional. “Si no tienes medios, no puedes sostenerte. Corrí hasta los treinta y cinco, pero lo dejé porque no ganaba ni para pipas”.

Se estrenó a los veintitantos, cuando Bahamontes ya había ganado el Tour de Francia. Ambos eran toledanos y sus pueblos distaban cien kilómetros.

Sin embargo, el gusanillo no le picó en Sevilleja, donde vivió hasta los trece años, sino en Talavera. “Era la afición que había entonces. Yo tenía una bicicleta, aunque aquellas no eran bicicletas sino carros, mientras que las carreteras eran barro y tierra. Me hace gracia, porque antes los adoquines eran el mejor trazado y ahora dicen que son el peor”.

Hace poco, subió en coche el puerto de Pajares: “Que es duro, escucho… Tenían que subirlo cuando era una pista y la bicicleta pesaba dieciocho kilos. Hoy es una maravilla”. El cuerpo de Joaquín Polo se quedó en su tierra y el de Motos prosiguió su camino hasta Madrid.

 

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