El Atlante:Un cuento del periodista Josué Carrillo quien recrea la ciudad

El Atlante: Cuento

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 A Juana Eloísa no hubo forma de hacerla entrar en razón: su hijo era del Atlante. Una locura, un mal sueño. Las arepas con caraota caen pesadas niña, dijo Amelia.

Ella se sobaba la barriga con aquel cariño. Espera que nazcas hijo. Se van a quedar locas y mirando lejos cuando te vean. La madrugada del 26 de julio de 1999, Juana Eloísa se quedó varada en la parada de las busetas que van para El Bajo frente a la oficina del correo. Llevaba falda vino tinto abierta hasta medio muslo derecho y unos zapatos de patente y tacón alto.  Blusa blanca de cuello en revuelos y en el costado izquierdo, justo sobre el pecho firme de sus 24 años, el símbolo en oro del banco donde trabajaba.

La noche cayó sobre el plato de agua que estaba al frente cruzando la avenida. «Es bello el lago» dijo y acarició la idea de ser una sirena. Juana Elodia era muy fantasiosa de niña. Su maestra Yasmina Fernández la recuerda como una chiquilla de ojos encantadores, muy conversadora. La pequeña le hablaba de los patos, las gallinas, las palomas que había en su patio. Le narraba las vivencias del caserío con colores más bellos que los de la caja de creyones Prismacolor. Las calles arenosas no importaban porque los chicos en sus bicicletas cortejando a las muchachas en edad de aventurarse al amor eran tan vívidas que la maestra se trasladaba a ese mundo de inventos de Juana Eloisa.

Caminó con miedo bajando hasta San Felipe. En el Lía se detuvo. Descansaba los pies observando Botica Nueva. Vio descender al hombre de cabellos crespo, largos, fuertes brazos. Lo pensó desnudo. Cuando lo tuvo cerca vestía de blanco. Olía a mar salada. La cautivó con sus cejas, la barba como en los cuentos de la Biblia  ilustrada. Juana Eloisa siempre estuvo enamorada de Moisés, de Elías y de Josue. Aquella aparición le tendió la mano, la invitó a caminar. La ciudad se desplegaba en una tenue lluvia, el amarillo de las luces se desparramaba, sonaba a canción romántica el viento, Plaza Baralt tenía ahora un aire de otros lugares. Llevó al Atlante a su casa, todos dormían, lo metió en su habitación, pasó la noche en sus brazos, los días siguientes pasaba por las tardes para verlo allí sosteniendo el edificio con sus hombros, le hablaba, le contaba de sus días, de como en su vientre crecía la semilla que él le había sembrado. Nunca mas descendió del pedestal al igual que esa noche.

Nació Atenas José y era de cejas fuertes, nariz perfilada de griego, en la medida que crecía se parecía a alguien, las personas lo miraban y decían “este carajito se me parece a alguien, pero, no doy con quién”, el citadino de tanto ver los atlantes deja de verlos, están allí, le ves los pies, alzas la mirada y te encuentras a Atenas José ceñudo, vigoroso, fuerte.

En una ocasión, Juana Eloisa le contó a su vecina Ana Ruth como fue aquella noche, como amaneció con la piel salada sintiendo en su interior rebosar la dicha. Entonces, Ana Ruth quiso verlo por su propia cuenta: tomó una buseta que la dejó en San Felipe, aún estaba la pasarela, siguió por entre el hormigueo de gente hasta Plaza Baralt, en Botica Nueva estuvo a los pies de los colosos, afinó la vista, en efecto, era Atenas José.

Juana Eloisa vistió antes de las 8 a Atenas José. Caminaron por los tarantines de Las Pulgas. Fueron donde la tía Cleo en Santa Lucía. “Está precioso tu hijo”, le dijo, “se me parece a alguien”, agregó. Eso dicen todos, respondió Juana Eloisa sonriendo, guardando el secreto.

Por la tarde regresaron. Eran las 6 pm. Se ocultaba el sol. Juana Eloisa llevaba de la mano a Atenas José, lo condujo despacio hasta uno de los Atlantes, “Es tu papi”, dijo. El chiquillo subió despacio la mirada detallando la musculatura de las piernas, el abdomen , los pectorales, hasta encontrarse con los ojos profundos como los suyos. No dijo una palabra. “Vamos”, Juana Eloisa lo sujeta de la mano, le acomoda el cabello, “ves que eres igualito a tu padre”, dan la espalda, buscan hacia Padilla, un borrachito recostado en un cartón vio a la madre y al niño cuando se iban, también cuando El Sansón de dos mil 500 kilos bajaba del pedestal y les seguía cuidando sus espaldas. El borrachito estregándose los ojos le dijo a la botella “me está cayendo mal esta vaina”. Josué Carrillo