De Interés: esclavos de nuestros deseos (María Elena Araujo Torres)

De Interés: esclavos de nuestros deseos (María Elena Araujo Torres)

Somos esclavos de nuestros deseos. Frase vacía si solo se lee sin analizar, o verdad lapidaria cuando miramos al espejo de nuestra conducta y observamos las consecuencias de nuestras acciones. Sin duda, la vida en cada una de sus etapas es una constante consecuencia del intento constante por satisfacer nuestros deseos, sean del tipo que fueren.

Es que así lo aprendimos al nacer. Para calmar el hambre, aprendemos a desear el seno materno; para dormir, la cama o hamaca, entre otros deseos que más bien son necesidades. Sin embargo, en ese andar por la vida también adquirimos nuevos deseos que a la larga nos hacen dependientes por buscar satisfacerlos como alicientes para vivir, pues de lo contrario se generan emociones de ansiedad, insatisfacción y muchas veces de desespero.

Y precisamente entre esas emociones continuas de buscar satisfacer los deseos es que nos esclavizamos a esa situación invisible a la vista pero latente en el pensamiento. Y no es que esté mal desear, es que si no aprendemos a manejar esta conducta podemos convertir nuestras vidas en verdaderos desastres, aunque creamos estar de maravilla.

Hasta en los Mandamientos se hace referencia: “No desearás la mujer del prójimo”. Clara referencia a la lujuria exacerbada. En esa esclavitud que se convierte el deseo sexual cuando se le deja como un caballo sin riendas y con gríngolas. Cuando el deseo enceguece al punto de hacer perder los estribos de la prudencia, el respeto, la sensatez. Cuando no existe la reflexión acerca de actuar sin pensar en las consecuencias, solo actuar para satisfacer los deseos y convirtiéndose a la vez en el cobayo que corre dentro de una rueda sin parar, una y otra vez.

El deseo de comer. Sin duda, es necesario para vivir. Pero cuando el deseo va más allá de satisfacer la necesidad de alimentarse, entonces se cae fácil en la trampa de la gula, de comer más que los demás, de “aprovechar” la oportunidad cuando sirven comidas (sean alimenticias o no) para engullirse la mayor cantidad posible, sin pensar en que otras personas también necesitan ingerir alimentos. Podemos convertirnos en trogloditas a quien importa nada la necesidad alimenticia de otras personas, como si lo que pasa en el mundo (cerca o lejos de nosotros) no fuera nuestro problema. Que cada quien resuelva como pueda.

Los deseos se ha convertido en una forma de vida cuyas consecuencias al buscar satisfacerlos suelen ser los principales procesos dolorosos para la mayoría de las personas, porque nunca terminan, siempre hay algo nuevo para desear, siempre hay algo material que deseamos tener, y en eso se nos va la vida.

Pocas personas se detienen a analizar este gran detalle que más que permitirnos vivir bien, nos va minando la vida hasta hacerla un sinsentido, un barco sin rumbo, una vida sin verdaderos valores que son los que nos permiten vivir bien. Vivimos mejor cuando apoyamos al prójimo en lo emocional y si podemos en lo material, pero no para hacernos fotografías o videos y multiplicarlos por las redes para que todos se enteren cuan buenos somos, no. Es menester hacerlo porque es un buen punto de partida para contagiar a otras personas en la cruzada de practicar el amor verdadero hacia el prójimo. Es importante empezar por casa, involucrar a cada miembro de la familia en desarrollar la virtud del amor, de dar sin esperar nada a cambio, de apoyar a quien podamos apoyar. De tanto hacerlo se convertirá en hábito y seguramente contagiaremos a mucha gente, incluso a quienes andan en su propio mundo, tratando continuamente de satisfacer sus deseos.

Si partimos desde nosotros mismos, desde los que tenemos más cercanos, construiremos un camino que aunque pueda resultar difícil vale la pena recorrer, cultivar. Solo hace falta que tengamos voluntad para hacerlo, dejando a un lado la búsqueda constante de satisfacer los deseos materiales y transformarlos en acciones para generar bienestar en nuestro alrededor. Cambiando el mundo desde nuestros espacios. Si nos atrevemos a hacerlo haremos una gran contribución a la humanidad y viviremos una vida con verdadero sentido, con verdadero amor.

María Elena Araujo Torres