Simón Bolívar hoy: a 238 años de su nacimiento (Nirso Varela)

Simón Bolívar hoy: a 238 años de su nacimiento (Nirso Varela)

 A partir de 1999 surgió en Venezuela un neo culto bolivariano, con fines políticos, propagandísticos, personalistas y totalitarios. Más dañino y no menos dogmático para la figura histórica de Simón Bolívar, que el propagado desde 1842. Ambos basados en mentiras y  exageraciones. A ese neo culto que falsifica un Bolívar “socialista” y “antimperialista”, se suma cierto estilo de auscultar las coyunturas más trágicas vividas por el Libertador, para acusarlo de cobarde y traidor.

Bolívar no fue ni pudo ser socialista. El Socialismo como  ideología, como teoría y práctica sociopolítica, no existía para entonces. Los objetivos previstos por los mantuanos caraqueños que rompieron con España en 1810, declararon la Independencia y crearon la República en 1811, no llevaban implícitas reivindicaciones para negros, indios y pardos en general.

Bolívar no abolió la esclavitud y no habría podido, de haberlo intentado. Solo alcanzó a dictar un Decreto en Carúpano en 1816, carente de efectividad, en su peor momento como líder, y cuando la República era apenas el  sitio que ocupaba el minúsculo grupo de oficiales venidos desde Haití. Su enunciado “…yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos,” sugerido en el Congreso de Angostura el 15 de febrero 1819, no tuvo el visto bueno de los Legisladores.

Bolívar nunca estableció  en sus pasantías como primer magistrado, de Presidente o de Dictador, un “poder popular” para secretarías ni para ninguna instancia de gobierno. Al respecto, pueden leerse todos sus decretos, proclamas, discursos y sus más de 2.500 cartas, y no se encontrará tal expresión lingüística para engañar incautos. Él se dirigía a los Representantes del Pueblo y siempre juzgó que las masas populares en su mayoría eran incultas pero no estúpidas.

Concibió, ya en la cúspide del poder, un sistema de educación popular cuyo proyecto delegó a Simón Rodríguez y le dio instrucciones precisas al presidente de Bolivia, Antonio José de Sucre, para apoyarlo y ponerlo en práctica. Pero el Maestro nunca redactó el proyecto, simplemente naufragó en sus utopías,  asumiendo el “mea culpa” por su fracaso, y en 1828 publicó un texto pedagógico, casi incomprensible para el común de los cristianos.

Bolívar tampoco fue “antiimperialista,” por el contrario, expresó en papeles públicos, profunda admiración por el sistema de gobierno británico y el régimen monárquico inglés. La misma admiración sintió  hacia los EEUU y su Constitución. El proyecto de Estado y Nación de Bolívar, estuvo inspirado por la realidad de las potencias mundiales de su tiempo, y por las historias magnánimas de los grandes imperios del pasado de la humanidad. Solo léase su discurso más profundo y difundido, ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819.

Lejos estuvo Bolívar y demás republicanos de luchar contra un imperio. Cuando los mantuanos asaltaron el poder en Caracas el 19 de abril de 1810, la España peninsular era un país invadido y sometido por Napoleón Bonaparte y la Francia imperial, desde 1808. Para entonces, España no era un imperio ni una potencia como lo fue dos siglos atrás, más bien vivía las rebeliones de sus posesiones ultramarinas, que explotaron casi al mismo tiempo que caía en manos de los franceses, su último reducto de resistencia en Sevilla, en 1810.  Cuando en 1814 Fernando VII reasumió la monarquía, se dedicó a organizar  la situación política interna de la península, y a pacificar por medio de la fuerza, sus “súbditos rebeldes” en Tierra Firme. Y en ambas empresas fracasó en 1820.

Bolívar no fue un demagogo,  un “populista”, no acudió a la mentira descarada, ni al chantaje como estrategia, para ganar adeptos a su causa particular. Sus decisiones fueron solamente suyas, nadie manipuló su ego, nadie lo engañó y menos por ignorancia sobre algún tema. Se dejó asesorar por civiles de mentes muy brillantes y equilibradas como Manuel Palacio Fajardo y Juan Germán Roscio, aunque ambos murieron antes de nacer formalmente Colombia. Se rodeó de los más virtuosos y honorables intelectuales civiles y militares. Supo guardar distancia de extremistas, radicales y desquiciados.

 Todo eso hizo a Bolívar un político consumado, integral, que sabía jugar todas las cartas; fue un Estadista profundo, bien informado, con amplia visión cosmopolita, y fue un Diplomático providente, políglota, con exacta visión de sus adversarios, amigos y enemigos. A todo eso se agrega una fina inteligencia y una demostrada cultura universal, pese al contrario decir de sus detractores. Abominaba los elogios personales, fue ajeno a la adulación pero reconoció los méritos hasta de sus enemigos españoles. Nunca hizo apología de su propia persona, aunque fue adicto a ponderar  las hazañas de sus más avezados capitanes.

En el campo militar fue indudablemente valiente, arrojado e impetuoso, pero meditaba sus movimientos. Fue un gran estratega, administraba muy bien sus victorias y derrotas. Lo de cobarde y sus huidas a todo galope como refiere José Domingo Díaz, no se corresponde con la lógica más elemental. Mucha gente huyó y evitó el conflicto, pero los guerreros se quedaron, o regresaron, a vencer o morir. Bolívar fue indudablemente un guerrero: tres veces tuvo que irse obligado por las circunstancias (1812, 14, 16), y tres veces regreso a  morir o vencer (1813, 16, 17), y venció.

Poco disfrutó las comodidades de palacio. Su existencia transcurrió de campaña en campaña, con todo lo que implica deambular permanentemente de un sitio a otro durante dos décadas. Todavía en 1829, muy enfermo y debilitado, emprendió nueva campaña militar desde Bogotá hasta Quito para imponer orden en Lima. A su regreso, vivió apartado de la Capital antes y después del 20 de enero de 1830, cuando presidió el Congreso Admirable y presentó su renuncia irrevocable al poder.

Más que un prócer de la independencia suramericana, Bolívar es un personaje de la Historia  Universal, a la altura de Alejandro Magno, Julio César, Napoleón Bonaparte o George Washington. Su grandeza la alcanzó en acciones de guerra, durante 20 años de triunfos y fracasos,  donde su vida siempre estuvo en juego. El mundo lo enalteció como Libertador y no como Conquistador.   

Bolívar dirigió la guerra de su tiempo, con esperanzas de fundar la paz del porvenir. Colombia, más que un proyecto de integración territorial bajo una misma soberanía, fue un sueño a futuro, como Nación grande, rica y poderosa. Dijo Bolívar en su discurso ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819: “…volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá (…) la prosperidad, el esplendor (…), la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, (…) la veo servir de emporio a la familia humana,(…) la veo  enviando a todos los recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro (…) la veo sentada sobre el trono de la libertad.”  

No se pudo. El sueño se convirtió en pesadilla. Los Libertadores no lograron construir la República ideal, y hoy de nuevo perdimos la libertad y la Democracia. Hoy estamos en el peor momento de nuestra historia. Hoy vivimos otra guerra a muerte que amenaza con matarnos de hambre, del virus o de una simple enfermedad. Hoy vemos destruirse ante nuestros ojos, nuestros hogares, nuestra integración familiar, nuestro patrimonio particular, nuestras ciudades, nuestras instituciones, nuestro país. Sometidos, controlados, pero aun en pie. Algunos, cómodamente instalados en sus refugios de paz, camuflados de oposición, fulminando a quien se oponga al opresor, royendo la escasa resistencia. Otros, como los antiguos guerreros, luchando para vencer o morir, buscando el camino a la nueva libertad.

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