La pandemia se sigue expandiendo en el mundo y hace más difícil que los países enfrenten otros problemas

La pandemia se sigue expandiendo en el mundo y hace más difícil que los países enfrenten otros problemas

Foto: Referencial

En la Cumbre Mundial de la Salud de mayo de 2021, los líderes del G20 declararon que la pandemia «no terminará hasta que todos los países sean capaces de controlar la enfermedad y, por lo tanto, la vacunación mundial a gran escala, segura, eficaz y equitativa… sigue siendo nuestra máxima prioridad».

Por lo tanto, se podría perdonar a los activistas que tuvieron cierto optimismo ante la posibilidad de que se adoptaran medidas significativas para abordar la desigualdad en materia de vacunas en la reunión de los líderes del G7 de junio en Cornualles o en la de los ministros de finanzas del G20 de julio en Venecia. Por desgracia, se han llevado una gran decepción. Los miembros del G7 se comprometieron a compartir solo 870 millones de su excedente de 3.000 millones de dosis para mediados de 2022, una suma mísera comparada con los 11.000 millones de dosis que se necesitan urgentemente para alcanzar la inmunidad colectiva mundial. Y el G20 se limitó a dar un vago «apoyo a los esfuerzos de colaboración» para la distribución de vacunas a nivel mundial.

Mientras tanto, desde aquella gran declaración de mayo, el covid-19 ha seguido causando estragos en todo el mundo: han muerto otras 400.000 personas y el número de víctimas a nivel mundial ha superado los cuatro millones. África se encuentra inmersa en una tercera ola de infecciones realmente devastadora, con sólo el 1,4% de la población del continente totalmente vacunada.

 Habrá que pagar un precio por esta pasividad, incluso más allá del incalculable coste humano. Nuestro fracaso colectivo a la hora de acabar con la pandemia creará y agravará problemas aún más profundos y costosos en el futuro. Las repercusiones inmediatas, incluso para Occidente, serán graves. Pero este fracaso histórico del multilateralismo también está socavando la confianza y los incentivos necesarios para una cooperación internacional eficaz en los demás retos existenciales de la época, en especial el cambio climático.

 

La pandemia no ha terminado

A corto plazo, mientras el virus siga arrasando en cualquier parte del mundo, seguirán apareciendo variantes que tienen el potencial de devolvernos a todos al punto de partida. La Organización Mundial de la Salud advirtió la semana pasada que existe una «fuerte probabilidad» de que se desarrollen variantes más peligrosas que puedan ser aún más difíciles de controlar, subrayando que «la pandemia no está ni mucho menos acabada».

Ya estamos viendo el daño que pueden causar estas variantes, incluso en países con una alta inmunización. En Australia están aumentando los casos entre personas totalmente vacunadas debido a la propagación de la variante Delta, muy contagiosa. El Reino Unido, que ha vacunado al 68% de su población, está sufriendo ahora escasez de trabajadores, y hasta el 20% de la plantilla en algunas empresas está aislada. En junio, un brote de covid-19 en el puerto chino de Yantian amenazó con bloquear el 5% del volumen de mercancías mundial. Estas interrupciones están contribuyendo, a su vez, al aumento de la inflación debido al incremento de los precios de las materias primas.

Pero el impacto económico de la «gran divergencia» en la respuesta global a la pandemia no ha hecho más que empezar. El año pasado, la Cámara de Comercio Internacional estimó que el acaparamiento de vacunas por parte de los países ricos podría costar a la economía mundial 9 billones de dólares, la mitad de los cuales recaería en países ricos que se enfrentarían a interrupciones en la cadena de suministro.

A medio plazo, la prolongación innecesaria de la pandemia puede socavar la seguridad y la estabilidad en el mundo. El malestar social provocado por la pandemia va en aumento a nivel global, también en África. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha advertido que la frustración por la gestión de la crisis por parte de los gobiernos, así como el aumento de la desigualdad y la corrupción, pueden dar lugar a «una nueva ola de disturbios» que podría obstaculizar la recuperación de la pandemia, sobre todo en los países en desarrollo.

Una vez más, ya estamos comprobando cómo se materializa este problema. Nigeria informó recientemente de que la pandemia ha empeorado la seguridad en el país, y 100 personas han muerto durante un bloqueo nacional. El Ministro del Interior nigeriano, Rauf Aregbesola, atribuyó los asesinatos a la frustración causada por el aumento del desempleo y las restricciones de circulación.

En Sudáfrica, más de 70 personas han muerto y más de 1.300 han sido detenidas en medio de los disturbios provocados por el encarcelamiento del expresidente Jacob Zuma. El Ministerio de Sanidad advirtió de que el despliegue de vacunas y otros servicios sanitarios esenciales del país se han visto gravemente interrumpidos, y también hay informes sobre una inminente escasez de alimentos. La Oficina Europea de Apoyo al Asilo advirtió que es probable que aumente el riesgo de desplazamientos relacionados con el conflicto debido a la pandemia, lo que hace resurgir el fantasma de la crisis de refugiados de 2015, que llevó a las instituciones multilaterales de la UE al borde del colapso.

 

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El Confidencial