Baño de leche. Río de tiza (Alejandro Vásquez)

Baño de leche. Río de tiza (Alejandro Vásquez)

Un árbol espeso de hojotas verde intenso se ve sobre un montículo a un costado de la carretera. Del otro lado, la entrada a un caserío. Dos bodegas, o ventas de víveres y alimentos. Una cruz blanca de cemento. Una iglesia sencilla. El inicio de un recodo pronunciado en bajada, es lo que ves, si viajas por esos rumbos. Más adelante en plena cintura de una curva, está incrustado un tanque negro en la parte alta de la ladera. Contiene asfalto líquido para el mantenimiento de la vía. Dos niños de unos nueve años, sentados sobre el depósito metálico conversan. Uno es delgado, de perfil hindú. El otro tiene una cicatriz diagonal en el entrecejo. Mirada estrábica. De cuando en cuando arrojan una piedra al vacío. Atentos al escasísimo transitar de vehículos. Acuerdan las condiciones del juego que iniciarán esta tarde.

– Contaré los camiones con el perrito en la capota que pasen, dice el muchacho de perfil hindú.

– Está bien yo lo haré con las cucarachitas Volkswagen. Vamos a hacer una rayita por cada carro que nos toque, acepta el otro.

Después de la jornada de diversión los dos amigos sentados sobre el tanque de asfalto, contabilizan los automotores acumulados que han identificado con rayas sobre la superficie metálica con una piedra de caliza rojiza. Pasaron menos camiones con bulldogs sobre la tapa del motor. Gana el niño de rasgos hindúes. Celebra, se levantan y se marchan con el sol que casi cede su espacio a la noche.

Al final de la pendiente de la calle, un hombre descarga gaveras de bebidas gaseosas artificiales desde un camión. Los deja en una pulpería o venta de mercancías. Al otro lado de la carretera, en el patio frontal del colegio, varios niños corretean hacia su aula de clases correspondiente. Es una edificación larga de tres salones con techos de asbesto en forma de capilla. Pasan dos vehículos. Unos es un Volkswagen escarabajo.

Apenas comienza el día. Las rutinas del caserío se desperezan. En la sala de una de las viviendas de la aldea, una mujer se maquilla en un espejo largo de bordes desgastado que cuelga en la pared. Esta de espaldas. Su cabello es muy corto. No es bonita. Piel áspera. Dentadura desigual y amontonada. Viste como una empleada bancaria. En el espacio posterior de una de las bodegas un hombre de sombrero de vaquero que se le ve como si fuera mayor a su talla, mira la varilla del aceite el motor de un auto azul Chevrolet Bel air modelo 45. En el corral de una vivienda cercana, una mujer embarazada, vacía un envase con comida sobrante a tres cerdos que gruñen ansiosos pos saciar el hambre mañanera.

Afuera, se oye el sonido de un motor diesel. Un camión Mack grande, con su emblema de perro bulldog sobre el capote, pasa a alta velocidad frente a la entrada del pueblo. Es un termo King de acero inoxidable, impecable. Sorpresivamente aparece la curva pronunciada de la carretera. Se oye el aullido de un frenazo largo, extenso, Un estruendo acompañado de una polvareda, presagia un pestañeo de trasnocho. Una imprudencia de camionero. El viento aclara las dudas. El termo King de cabina anaranjada, se aprecia volteada con los neumáticos para arriba, algunos aun dando vueltas. Está doblado al pie de la ladera de la curva. Del grifo grueso de salida del tanque del camión, cae una cascada blanca de leche pasteurizada helada. Arriba el círculo negro de unos dos metros de diámetro del depósito de asfalto, como cara redonda, parece sonreír. Ahora sobre su lomo no se sientan niños apostadores. No hay rayitas nuevas de piedras rojizas. Comienzan a llegar los paisanos. Se reúnen alrededor del accidente. Hay algarabía. Ayudan al conductor. Todo sucede muy rápido. Ya algunas personas traen bidones, ollas, garrafas para llenarlos de leche. Jamás había visto tanta cantidad de este alimento, escaso en la vida de casi todos.

El niño de rasgos hindúes, su amigo de mirada estrábica y un muchacho de más edad entran a la ducha, retozan bajo la leche fría que salpica sobre los parroquianos. Es una alucinación cremosa. Los bañistas ayudan a los vecinos a llenar sus envases. Gritan. Celebran. Carretera abajo, por el acantilado de la carretera comienza a desplazarse un rio formado por aquel líquido blanco, como si todas las letras y números escritos sobe los pizarrones del colegio en veinte años se disolvieran con el agua de la lluvia de aquel pueblo. Como si todos los discursos de los maestros en los salones escolares, se hubiesen convertido en tiza y agua. Abajo, al final de la inclinación en la vía, se acumula en el patio frontal de la escuelita rural. Forma una especie de espejo lactoso sin brillo. Los niños comienzan a asomarse por las ventanas. Hay algarabía. Algunos ya han salido al patio. Hay desorden. Incertidumbre.

El hombre de sombrero vaquero conduce el Chevrolet Bel azul del año 45. Pasa a toda prisa frente al lugar donde está el termo King volcado. Suena la bocina del vehiculo. La gente lo mira. Aparentemente viaja solo. Algunos, les sorprende verlo desplazarse a tan alta velocidad sin interesarse por el accidente. En la parte trasera de la camioneta, acostada en el asiento, lo acompaña la mujer embarazada que daba comida a los cerdos temprano en la mañana. Acurrucada en posición fetal con las manos entre las piernas se queja intensamente. No fue posible ubicar a Madona, la partera del pueblo. Queda como salida el hospital de la ciudad más cercana a dos horas de camino. Posiblemente, el bebé nacerá durante el viaje sobre el asiento de semi-cuero blanco. Los parroquianos continúan recogiendo leche. Puede que en algunos hogares se convierta en queso.

En el colegio la mujer de cabellos muy cortos. Que no es bonita. Piel áspera. Dentadura desigual, amontonada, despide a los niños antes de la hora de salida. Ya les ha informado de la suspensión de clases. No es complicado suponer que habrá que esperar hasta que las moscas y el tiempo consuman la leche derramada. El viento húmedo de rocío lavará la podredumbre con el frescor vegetal de la montaña cercana. Mañana la maestra, seguramente no se levantará tan temprano, ni se vestirá como empleada bancaria.

 

Alejandro Vásquez Escalona. Lecherías, Anzoátegui, agosto 2020