El asesino de la sotana: El párroco que envenena y asesina a martillazos a su esposa y a su hija

El asesino de la sotana: El párroco que envenena y mata a martillazos a su esposa y a su hija

Pedro Castro Rodríguez era el párroco del pueblo cuando liquidó a su familia La Policía debió custodiarlo para que la muchedumbre no lo linchara en la plaza pública. ?Te traje tilo para que te calmés?,le dijo

Pedro Castro Rodríguez era el párroco del pueblo cuando liquidó a su familia La Policía debió custodiarlo para que la muchedumbre no lo linchara en la plaza pública.
?Te traje tilo para que te calmés?,le dijo

Un 5 de junio de 1888 en Olavarría (provincia de Buenos Aires), el primer párroco de la aldea, el español Pedro N. Castro Rodríguez, envenena y asesina a martillazos a su esposa Rufina Padín Chiclano y a su hija Petrona María Castro (10), que lo visitaban desde el pueblo de Azul, convirtiéndose en el asesino de la sotana.

Pedro Castro Rodríguez era el párroco del pueblo cuando liquidó a su familia La Policía debió custodiarlo para que la muchedumbre no lo linchara en la plaza pública. ?Te traje tilo para que te calmés?,le dijo

Pedro Castro Rodríguez era el párroco del pueblo cuando liquidó a su familia La Policía debió custodiarlo para que la muchedumbre no lo linchara en la plaza pública.
?Te traje tilo para que te calmés?,le dijo

Era el 6 de junio de 1888, cuando el cura de la parroquia del Partido de Olavarría, Pedro Castro Rodríguez, se acercó a la municipalidad local y con el empleado de turno gestionó un permiso para la inhumación de un cadáver que vendría en tren y al que le habían encargado darle “santa y cristiana sepultura”.

Sin tener nada para desconfiar, el oficinista le otorgó el papel. Apurado y enredado en su larga sotana, el sacerdote salió rumbo a la carpintería, allí encargó un cajón bastante más ancho de lo habitual porque la difunta era “muy gorda”, según sus palabras. Esa misma noche, le llevaron el grueso ataúd encargado hasta la parroquia

Pocos minutos después, refugiado en la oscuridad de la noche, comenzó la ardua tarea de acomodar los cadáveres de dos mujeres, una adulta y una niña, que estaban en su domicilio y que jamás habían llegado por tren.

Al día siguiente los enterró con todos los honores católicos pero como si fuesen una sola persona

El matrimonio

Pedro Castro Rodríguez había nacido en La Coruña, España, en 1844 y en su país se ordenó sacerdote.

En 1870, se trasladó a la Argentina y por esos años abandonó los hábitos y se volcó al protestantismo y tres años después, sin tener ningún tipo de impedimento, contrajo matrimonio con Rufina Padín y Chiclano, una aristocrática joven argentina, hija de un militar de carrera.

Su situación económica comenzó a complicarse y decidió probar suerte realizando tareas rurales, pero sin éxito. Después de un largo período desocupado y virtualmente quebrado, su esposa salió a buscar un trabajo que le permitiera solventar la difícil economía familiar. En 1877, viéndose atrapado por la necesidad, presentó su arrepentimiento ante el arzobispo y luego de pedirle perdón, le imploró que lo admitiera nuevamente en la Iglesia. El ruego fue aceptado, pero antes debió pasar por la Casa de Ejercicios a lavar sus culpas. Al poco tiempo de ser reincorporado, Castro Rodríguez obtuvo el nombramiento en la localidad de Azul, hacia donde se trasladó solo… esperando la compañía.

Después de la cena, en la que Castro Rodríguez y Rufina habían discutido, la mujer se dirigió al único dormitorio de la casa y acostó a su hija, Petrona, de 10 años. Aprovechando la circunstancia, el hombre agarró su sombrero, su bastón y salió imprevistamente. Rufina se quedó mascullando su bronca y esperó el regreso de su marido. Cuando arribó a la vivienda, se abalanzó sobre él y comenzó a increparle su tardanza. Fue allí cuando, Castro Rodríguez le espetó: “Aquí te traigo tilo para que te tranquilicés un poco”, tras lo cual, le colocó una potente dosis de veneno en una miga de pan e hizo que la mujer se la tragara

Los martillazos del silencio

El veneno no tardó en hacer efecto y la mujer presa de horribles dolores comenzó a gritar desesperada. Castro intentó callarla pero era imposible. Los terribles lamentos y gemidos no estaban en sus cálculos. Desesperado, se dirigió a la cocina y escogió un martillo y con dos certeros golpes en el cráneo terminó su cruel tarea

Pero el silencio había llegado tarde, Petrona, su hija, había presenciado el ataque a su madre y comenzó a gritar espantada. Fue entonces que su padre la tomó con fuerza y abriéndole la boca le hizo tomar el resto del veneno. La mantuvo inmovilizada durante tres horas contra su pecho y con la boca tapada, de manera que no se escucharan los quejidos de dolor. Era la madrugada del 6 de junio de 1888. Exhausto, se acostó a dormir en la misma habitación en que se encontraban los cadáveres y al día siguiente realizó los trámites municipales para sepultar los cuerpos, en un solo ataúd y bajo un nombre falso.

De regreso

Después del entierro llegó a la pequeña casa parroquial y comenzó a limpiar las manchas de sangre que habían quedado en el piso y los muebles. Lavó la toalla con la que había cubierto la cabeza de Rufina y luego tiró el resto de los elementos utilizados, para higienizar la escena del crimen, en la letrina. El sacristán Ernesto Perín alcanzó a ver los vestigios de los restos hemáticos. Suponía lo que había sucedido pero se calló: la desaparición de las dos mujeres, el cadáver anónimo sepultado por el sacerdote y la sangre eran demasiadas coincidencias. No soportó el remordimiento y lo denunció. El 29 de julio se exhumaron los cadáveres de Rufina y Petrona. La tarea fue presidida por el Juez de Paz de Olavarría, Domingo Dávila, y presenciada por médicos forenses de Buenos Aires y de Olavarría. Finalmente, el cura confesó. Y cuando fue trasladado a La Plata a los fines de ser juzgado, debieron custodiarlo para que la muchedumbre no lo linchara

Cumplió perpetua en Sierra Chica

El Tribuno
Taringa

Pedro Nolasco Castro Rodríguez había nacido en La Coruña en 1844; ordenado sacerdote, viajó hasta Uruguay y de allí a la Argentina. Antes de arribar, había renunciado a su carrera eclesiástica y adoptado la fe protestante. En 1873 contrajo matrimonio con Rufina Padín y Chiclana y en 1878 nació en Azul, su hija Petrona María Castro; pese a que ya se había reincorporado al sacerdocio.

Es transferido a la ciudad de Azul y en 1880 se convierte en el primer cura párroco de Olavarría, aunque su esposa e hijas continuaban en viviendo en Buenos Aires. Y si bien Pedro exhibía una fachada realmente encantadora, escondía algo más que esta «transgresión», Pedro era realmente un psicópata con graves desórdenes dispuesto a todo.

En 1888 madre e hija llegan a Olavarría donde se desencadena una fuerte discusión al pretender Rufina radicarse en la ciudad, ante las sospechas de infidelidad de Pedro.

El 5 de julio de 1888, por la noche, Pedro organiza su atroz crimen envenenando a su esposa y su propia hija; empero, su esposa, con horribles convulsiones clama por auxilio siendo rematada a golpes en la cabeza por su esposo. Su hija, de apenas 9 años de edad fue testigo del espantoso el crimen, entonces su padre la forzó a beber más veneno, abrazándola estrechamente contra su pecho hasta que tras una agonía de tres horas la pequeña expiró.

El resto de la historia se completa con las sospechas, y el descubrimiento del sombrío y lúgubre plan, la confesión de Pedro de su espeluznante crimen y su condena en el Penal de Sierra Chica.

Esta noticia que conmovió al país, atravesó el océano y llegó a publicarse en el semanario «Las Dominicales del Libre Pensamiento» de España que comenzó a publicarse en 1883 hasta 1900, asfixiado por las denuncias y persecuciones del gobierno español.

En una extensísima nota del domingo 9 de septiembre de 1888 reproduce el artículo publicado en el diario argentino La Prensa y, gracias a él, podemos tener fácil acceso a pavoroso crimen en todos sus detalles; además, claro está de contar con las crónicas locales.

Se trata, repetimos, de una historia sobrecogedoramente alucinante y demencial, de enajenación, violencia, infidelidad y crimen que convulsionó al país hace ya 130 años atrás.

Con Wikipedia