Bicentenario de la Independencia de Venezuela (Nirso Varela)

Bicentenario de la Independencia de Venezuela (Nirso Varela)

Si acaso los festejos y conmemoraciones de las fechas patrias han dejado algún rastro positivo en la sociedad, son algunas obras públicas arquitectónicas, erigidas para enaltecer los aniversarios más emblemáticos. Plazas, teatros, palacios, obeliscos, templos, museos, esculturas y obras civiles, constituyen una larga lista de estructuras diseñadas en los siglos XIX y XX, para rendir homenaje en su momento, a hechos históricos trascendentales. Hoy forman parte del acervo histórico y cultural de la nación, y son íconos, puntos de referencia y hasta atractivos turísticos.

En el plano espiritual, las fechas patrias permiten un momento de meditación acerca de lo que fuimos en el pasado, somos en el presente y deseamos ser en el futuro, como Pueblo y como Nación. Suscitan la reflexión de cómo se ha labrado la Historia Patria en el tiempo, en los hechos yen los expedientes,  y si ha tenido algún efecto en el arraigo de la conciencia e identidad nacional del venezolano.Es indagar si han servido para algo, de lo contrario, dónde han estado los errores, omisiones y exageraciones a nivel educativo y académico, y cuáles serían los correctivos a que haya lugar, sin eufemismos ni petulancias.

En los años  2010 y 2011, hubo una gran fiesta nacional en todo el país, con motivo de la celebración del bicentenario del 19 de abril de 1810 y la Declaración de la Independencia el 5 de julio de 1811. Y allí acabó la denominada “Ruta Bicentenaria”, que abarcaría una década de actos culturales, e inauguración de obras monumentales  anunciadas con bombos y platillos (el puente Nigales, por ejemplo). En esta ocasión, en 2021, la conmemoración del bicentenario de la Batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821, no pasará del desfile solemne en el Campo de Carabobo, y los tradicionales festejos oficiales de ofrendas florales en las plazas Bolívar del país, Te Deum en las Iglesias Catedrales y floridos discursos de orden en las Academias, en el Congreso y los Palacios Legislativos.

Después, todo pasará al olvido. La masa estudiantil estará completamente ausente, y la mayoría de la población ni se enterará, o será indiferente a lo que se haga o deje de hacerse con motivo de la efeméride.Por tratarse de la fecha en que se conmemora el final de la Guerra de Independencia y el inicio definitivo  de la República, es un hecho histórico de suma importancia, que dadas las circunstancias actuales del país, promueve un balance entre aquella Venezuela de 1821, con un residuo de 600 mil sobrevivientes, y la de hoy, de unos 26 millones de habitantes en su territorio, y 5 millones de emigrados.

 Es de suponer que después del triunfo de Carabobo, había mucho que celebrar. Pese a los 3 mil cadáveres que quedaron tendidos en el campo de batalla, ese día  finalizó la guerra en suelo patrio. Ese día triunfó la República de Venezuela refrendada en el Congreso de Angostura el 15 de febrero 1819, y triunfó el proyecto concebido en la Ley Fundamental de la República de Colombia del 17 de diciembre de 1819, en trance de ser ratificado en el Congreso de Cúcuta.

En el imaginario del pueblo se sembró la idea de que Colombia representaba la esperanza de una nueva realidad con la unión de Quito, Nueva Granada y Venezuela. Carabobo fue el final de una época y el  renacer de otra, marcó la hora de reconstruir el país devastado por la guerra, de reivindicar los 200 mil muertos que costó el conflicto armado, y de iniciar  el regreso de los miles de refugiados en las islas del Caribe, debido a la emigración que causó el conflicto bélico.

Venezuela quedó casi destruida, en escombros, su economía en ruinas, su población diezmada, pero el triunfo definitivo auguraba la esperanza de acceder a un destino mejor, libre de guerras y conflictos. La Independencia significaba la puesta en marcha de  los objetivos trazado por los fundadores de la República en 1811: la libertad, la democracia y la República, en un nuevo mundo que suplantaría el instaurado por España durante 300 años.

Demás está decir que pasaron muchos y penosos hechos para que los frutos de la Independencia pudieran medianamente materializarse. Sin embargo, en medio de continuas guerras civiles, cada período aportó su cuota para sumarse al lento pero continuo aumento de la sociedad venezolana, según  censos de población, incluso en gobiernos dictatoriales como los de Juan Vicente Gómez (1908-1935) y Marcos Pérez Jiménez (1952-1958).

Asíllegamosal sistema democrático instaurado a partir de los sucesos del 23 de enero de 1958, que indujo en forma acelerada, el progreso y el crecimiento de la sociedad venezolana durante 40 años. Venezuela llegó a poseer una clase media cercana al 70% de la población, que crecía y alcanzaba reivindicaciones sociales y laborales modestas pero continuas, con una movilidad social en ascenso, dadas las oportunidades accesibles a todas las familias. Era un país muy rico en vía al desarrollo económico, de haber alcanzado una eficiente administración de sus recursos, en un régimen político democrático y alternativo.

En nuestros días, al momento de conmemorarse el bicentenario de tan significativa fecha para los venezolanos, todo es martirio e incertidumbre. Los más de 5 millones de emigrantes que sufren la vida dura de los asilados y refugiados en diversas partes del planeta, nada tienen que celebrar. Tampoco las familias fragmentadas, los miles, tal vez, millones de personas que preparan sus maletas para abandonar el terruño, más temprano que tarde. Todos queremos vivir y soñar bajo la luz del progreso que alguna vez alumbró a Venezuela, y no padecer y morir, bajo la sombra que hoy cubre su presente y su futuro.

En 1821 había esperanzas y afloraba la fe, aunque esas expectativas resultaron frustradas. Hoy dificultamos que alguien celebre lo que estamos soportando, incluso, los enchufados.Menos aún, la otrora clase media venezolana, que vivió sin saberlo,  las mieles de la felicidad en un país libre, democrático y en lento pero constante proceso de crecimiento y evolución; el país que no apreciaron por sus defectos y deficiencias, y que algunos contribuyeron a destruir con sus actitudes; el país que  ahora evocan con nostalgia, amargura e impotencia.

Hoy como hace 200 años atrás, Venezuela está destruida, arrasada, sus industrias inservibles, sus riquezas saqueadas. Y lo peor,  sin esperanzas y sin fe. Las venideras elecciones de gobernadores y alcaldes, no traerán ninguna sorpresa. Así lo percibe la gente que sale todos los días a la calle en busca de algún rebusque. El mapa electoral se cubrirá nuevamente de rojo. Aquí no habrá transición por ningún plan de salvación nacional o como se llame. El gobierno está más firme que nunca y con posibilidades de sumar  nuevos aliados en 2022, con Brasil, Colombia y Chile, en  un resurgimiento del Socialismo del siglo XXI.

Aquí nadie va a ceder poder, nadie va a soltar prenda.Y nada va cambiar. Es mentira que los gobernantes sientan miedo por una invasión extranjera y mucho menos por un golpe militar. Eso no va a ocurrir. Allí están los ejemplos de  gobernantes vitalicios, como Vladimir Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Kim Jong-un en Corea del Norte; intocables como ResetErdogan en Turquía, Bashar – al Ásad en Siria, Aleksandr Lukashenko en Bielorusia, los Ayatolá en Irán, Raúl Castro en Cuba y Daniel Ortega en Nicaragua.Todos implacables dictadores, verdugos de sus países, que ganan reelecciones con  hasta el 90% de votos.

Los gobernantes venezolanos están cómodos, felices, gozando del poder, explayados, protegidos con sus anillos de seguridad, han ganado todas las batallas internas y externas, no tienen rivales y quienes los adversan, se matan entre ellos mismos. Algunos solo miran como buitres el palacio de Miraflores, desde lejos, sin arriesgar el pellejo, picoteándose entre ellos,soñando con un suicidio político alentado por Noruega, para asaltar los despojos. La oposición no gobierna, lo hacen los “protectores”, pero un grupito quiere emularlos, buscando un mordisquito de la torta electoral.

Por lo pronto, “conmemoraremos la independencia” controlados, esperando la vacuna, el camión de gasolina tras continuos trasnochos, el agua sucia cada 20 días, el regreso de la luz tras 3 horas diarias de apagones, las bolsas de carbohidratos “clap”, los ínfimos bonos del carnet de la patria. Enviaremos nuestros hijos a liceos mediocres y universidades desiertas sin autonomía, seguiremos habitando en sectores destruidos,  abandonados y sin esperanzas

Estas deducciones son tal vez, lo que denominan trasformaciones antropológicas. Se superarán cuando alguien asome una esperanza creíble y restaure la fe. Tal vez la CPI, la ONU, la UE, los EEUU, el Grupo de Contacto, el Grupo de Lima, el Vaticano, Noruega, Cabo Verde, Mandrake, o alguien del más allá.

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