José Gregorio en el Hospital de Niños de Maracaibo

José Gregorio en el Hospital de Niños de Maracaibo

Durante los años de reportero había visto la imagen del Dr. José Gregorio Hernández en los más disímiles y diversos lugares: en una arepa pasada de budare, en la losa de un baño, en la espuma de un café con leche, en la radiografía de caderas de una ancianita, en el polvo de una mesa, en el espejo de un bar, en el tallo de una mata de topochos, en un molde de hielo y hasta en la cáscara de un huevo.
Cada una de estas apariciones tuvo seguidores para quienes infundaba respeto y culto y, también, una buena cantidad de detractores, gente que tomaba a burla la arepa con aquella sombra negra con su sombrerito de siempre.
El reportero conocía al Dr. José Gregorio Hdernández o, al menos, su imagen, su historia como médico milagroso.
Cuando este periodista era un niño – 7 años creo- con sus padres fue al Hospital de Niños en Veritas, mejor conocido como El Hospitalito. Ese ambiente le fue siempre acogedor. La plaza al frente en una calle que se hacía curva en una bajadita bordeada de casas altas. Allí estaban las ópticas mas populares y las imprentas donde se hacían sellos de caucho. Para el niño no había algo mas maravilloso que los cepilladeros. Es mas, ya crecidito, cuando siente el sabor de la cola con leche se transporta a ese lugar.
Esa mañana había gente – inusualmente- agolpada frente a la entrada del hospital. Su padre buscó donde estacional el Buick 58. La gente miraba hacia arriba y señalaba. Llegaba mas gente de todas partes para sumarse al tumulto. “Hoy no están atendiendo”, dijo alguien. ¿Qué pasa?, preguntaron, la misma voz respondió “mire allá arriba, la segunda ventana, en el estambre ¿lo ve?”. El chiquillo elevó la mirada y allí estaba. Una silueta con sombrero. Como si al pasar por el telar de metal su imagen hubiese quedado grabada.
Lo veo, dijo, ¿quién es?, añadió. El niño no conocía al Santo médico de los pobres y pudo distinguir su imagen.
Había muchas personas. A algunos se llenaban de lágrimas sus ojos, otros, decían cada barbaridad. De regreso al viejo Buick 58 el padre compró cepillados de cola con la leche. El cielo regaló una lluvia tenue. Era una Maracaibo bendita, sin embargo, el lugar, la curva en bajada, las ópticas, las imprentas y los cepilladeros siguen allí y, supongo, que el Dr. José Gregorio Hernández bajó del estambre para probar un delicioso cepillao de piña con leche.
Josué Carrillo