Fernando Moncada: “Cuando trabajamos un bonsái se entra en comunión con él”

Fernando Moncada: “Cuando trabajamos un bonsái se entra en comunión con él”

Lo que le sucedió fue ‘amor a primera vista’, y no se trató precisamente hacia una persona… Un diminuto y sencillo árbol que adornaba la ventana de un hogar le llamó la atención, y desde entonces encontró su destino. De eso hace ya más de 40 años, a través de los cuales toda su vida ha girado en torno al Bonsái.

El zuliano Fernando Moncada nos narra que él se adentró en ese mundo arbóreo sin ningún tipo de conocimiento, sólo conducido por la curiosidad que le dio al ver convertido un árbol en algo tan pequeño en la casa de un amigo, hecho que lo dejó maravillado. “Ese día fue totalmente diferente en mi vida, llegué a esa casa, mi mirada se fue directa a esa ventana donde dejaba ver un pequeño árbol todo alambrado, y sin pena alguna pregunté: ¿qué es eso?, y mi amigo Tony Romero me dijo “eso amigo es un bonsái”.

“Con la descripción me flechó, me enamoró, ahí no había nada, lo que había era una plantica con unos alambres inclinados hacia un lado; no estaba ni bonita ni agraciada, lo que hizo fue sembrarme esa semilla en ese momento y ‘hasta el sol de hoy’. Él me sembró esa semillita que nunca se salió de mí. Cumplió su cometido sembrándome eso en esa visita. Al otro día cuando llegué a la casa, comencé con las primeras planticas… un Apamate, el segundo fue un Ficus benjamina y el tercero una Uva de Playa; esos fueron mis primeros árboles, mis primeros bonsáis, mis inicios”.

Refiere que sus inicios fueron totalmente empíricos, no había ninguna literatura acerca del arte del bonsái en Maracaibo, no tenían internet donde documentarse acerca de esa área de la botánica japonesa. Sólo lo acompañaban los conocimientos que había adquirido en un pequeño viverito que era el negocio de la familia dirigido por su padre, el cual ha cambiado de nombre varias veces, pero luego de la partida física de su papá, hoy día se abre sus puertas con el nombre “Higurashi” Jardinería Creativa.

Al inicio de la entrevista en voz muy risueña me pidió que no lo cortara…”Déjeme inspirarme, el bonsái es un arte, por eso se le dice el ‘Arte del Bonsái’, hay muchos que lo comienzan como hobby, pero se debe estudiar, estudiar sus principios, su filosofía, sus parámetros. No es solamente el concepto de lo que es el bonsái”.

Explica que su definición tiene su origen en el lenguaje o cultura occidental que divide la palabra bonsái en dos partes (Bon es bandeja, Sai es árbol o paisaje), entonces decimos que es un paisaje o un árbol en una bandeja, pero según este hombre enamorado por la naturaleza, su definición va mucho más allá del pensamiento o la intención con la cual él se inició en este mundo.

“Debemos respetar la parte de la fisiológica del árbol, morfológica, biológica y tenemos que aprender muchísimos de los árboles para no dañarlos, no dañar la especie, porque cuando estamos en este mundo lo hacemos por amor a la naturaleza, no porque me gusta la matica con la formita y ya. Eso va mucho más allá”.

Narra que su padre Andrés siempre lo observaba cuando estaba trabajando y, de repente, lo sorprendió una mañana cuando le regaló una Uva de Playa que nació entre las otras plantas de ese pequeño vivero. “Allí me dijo: “toma Fernando para que hagas un bonsái”, era esa Uva de Playa; eso fue el 22 de octubre del 79, tres días después de haberme iniciado en ese arte. Ahí está esa Uva de Playa; hoy día tiene 42 años conmigo. Esa planta, ese gran regalo que recibí de mi padre no tiene precio; yo no estoy dispuesto a salir de esa planta, porque allí está presente él. Allí está vivo mi padre, durante los 365 años de esa gran historia que, cuando me toca regar y llego a la planta, me recuerda a mi padre y él está presente en esa ‘uvita de playa’, a lo mejor no es la más bonita, la más agraciada, pero es la que tiene el mayor valor sentimental”.

Comparte el trabajo en el Vivero con su esposa Omaira Perozo, ella los riega y atiende en la venta. “Somos ella, mi hijo Miguel Ángel y yo; ellos me ayudan con el riego, el resto de la familia no sabe nada de bonsái”.

En uno de los recorridos que hicimos por el Jardín, Moncada mostró el arbolito de Uva de Playa, acompañado de cinco más de su misma especie, que tienen 28, 35, 37 y 38, y que en total suman 180 años de vida, amor y pasión en una bandeja.

Dice que desde entonces todo lo que llegaba al vivero, él lo quería convertir en bonsái, y se fue llenando y llenando de planticas, ocupando todo cuanto rinconcito había en el vivero por la falta de espacio. “Realmente no sé ahora cuántas tenía, unas 400 o 500 plantas, a lo mejor hasta 800, perdí la cuenta, no lo sé… entonces ocurría otra cosa, mi papá se ponía bravo porque yo ocupaba un espacio muy grande y yo no las quería vender”.

En el año 2012 nace “Higurashi” Jardinería Creativa, con la idea de montar la escuela, el Club del Bonsái y el vivero, a petición de muchísima gente que le pedía desde hace más de 30 atrás que pusiera un espacio para la venta de bonsáis. Dice que en el fondo no quería venderlos porque pensaba que no iba a funcionar. Nadie pagaría lo que eso costaba, no había el mercado para ese tipo de arte en el Zulia, ni la filosofía para tener un negocio de esa área, como lo tiene actualmente Fernando, en el sector Santa Clara del municipio Maracaibo.

Años después, cuando se reunían en el “Club Zuliano de Jardinería de Bonsáis y la Conservación”, todo el mundo llevaba sus plantas y tenían que trabajarlas entre dos o tres personas; entonces llegó la pregunta, ¿hasta cuándo seguirían arreglando plantas de gratis?, y es cuando constituye “Higurashi” Jardinería Creativa, momento cuando empieza con la venta y comercialización de los bonsáis.

El jardín empezó a dar sus frutos muy rápido y no sólo vendía los que él producía, sino que tenía que salir a buscar plantas con alguna forma en especial o suministrarles material a otras personas para que desarrollaran bonsáis y luego traerlos a la venta en el vivero, porque la demanda fue increíble, cuantiosa. “Cuando se vende uno, dos o tres bonsáis lo multiplicamos por años de la planta y eso es valiosísimo”, acota.

Acerca del origen del nombre de Higurashi, comenta que hace como 30 atrás leyó en una revista (Selecciones) que había un japonés de nombre Tadeo Suzuki que recolectaba plantas en los años 1920 y 1930 en la montaña y se los vendía a los bonsajistas de la época; en ese entonces recolectó un pino que cuando se lo pusieron a trabajar lo llamaron Higurashi. “Tomé nota, lo escribí, y en uno de los encuentros con un amigo japonés en el centro de Maracaibo -el dueño de la Casa Sunaga-, por esa atracción que siempre he tenido por la cultura japonesa, le mostré la palabra… Y le pregunté, ‘señor Francisco, mire, qué quiere decir esto (Higurashi) y me preguntó de dónde había sacado esa palabra… Y él de repente me mira y me dice, esto quiere decir algo así como “Vivir cada día…”. A mí se me pararon todos los pelos y dije que el día que tuviese un negocio de bonsáis lo iba a poner Higurashi y fue hasta el 2012 cuando nace “Higurashi Jardinería Creativa”.

“Poco después, otro amigo, Antonio Castellano, el creativo que se encargó de armar el logo y la imagen de todo lo del vivero, investigó y me dijo que esa palabra quiere decir también “El paso de las horas”, entonces no entendía una cosa con la otra y seguí investigando, y después de 6 o 7 años ordené todas esas cosas en una sola palabra para nosotros en el idioma español. La palabra Higurashi quiere decir “Éxtasis”, y hoy día funciona en Venezuela como el único salón o taller de bonsáis o ‘consultorio de plantas’, como yo le digo.

Este hombre, que destella humildad en su honrosa pasión por la naturaleza, ha participado en varios concursos regionales, nacionales e internacionales, siendo galardonado en varias oportunidades. En una oportunidad armó en bonsáis la vía al Laberinto, y la Unión de Ganaderos del Laberinto (UGALAB), le llamó mucho la atención y le hicieron un reconocimiento especial por ese trabajo.

Con mucho orgullo y también con nostalgia se refiere a sus alumnos; dice que su vida es una escuela, por su lado han pasado muchísimos jóvenes brillantes, destacados en ese arte y una de sus mayores satisfacciones es el hecho de hacer de este oficio un arte y el haber ido sembrando esa semilla en muchas personas y generaciones, entre los cuales destaca a uno de los más reconocidos y aventajado, el joven Jarvis Leonar, quien aún se encuentra a su lado.

“Juntos hemos ganado varios premios que le otorgan a los nuevos talentos. Luego emprendimos una nueva cruzada para participar bajo esa misma categoría en México; allí Jarvis obtuvo una excelente participación; no ganó, alcanzó el tercer lugar y luego conocimos que el primer y segundo lugar fueron prácticamente amañados; entonces sentimentalmente Jarvis se ganó su primer lugar. Lo hizo excelentemente. ¡Él es mi pupilo!.

– ¿Cuál es su mayor satisfacción a sus 59 años?

-El haber logrado preservar algunas especies mediante el arte del bonsái, que están en peligro de extinción, es una de mis mayores satisfacciones. “La primera fue una “Labria evenus”, la cual ya casi no se ve. Yo fui la primera persona en el mundo que comenzó a trabajarla. También hemos contribuido con una especie que se conoce como ‘Bolsa de Gatos’, no se da en la ciudad; la preservación del ‘Cují Negro’, que no hay ninguna y es una especie excelente para bonsais”.

Cuenta que, en el caso del árbol ‘El Ucarillo’, no se daba en Venezuela. En una oportunidad fue invitado a participar en una convención en el año 1998, en San Juan de Puerto Rico. Allí, aparte de asistir, le movió el interés de traerlo a nuestro país, y desde allí se dio la propagación de la especie en Venezuela. Dice que actualmente todas las especies de Ucarillo que están en el país son de Maracaibo. “Ya tengo 23 años estudiándola, y de allí surgió mi amor a primera vista para esa planta. Yo la amo y ella también me ama a mí; las cultivo, las siembro, las vendo, las regalo y la satisfacción es que hay muchos Ucarillos que nacieron de esa planta que trajimos de ese viaje.

Destaca que crear o producir un bonsái, es uno de los trabajos más fascinantes; porque a todas las plantas se les debe respeto. “En mi caso yo las respeto a todas, las venero. Uno cuando está trabajando un árbol, entra en comunión con el árbol. Yo cuando lo tocó sé que estoy en contacto con un ser vivo que me está percibiendo lo que yo estoy pensado sobre él. ¿Y cómo me responden?… Pues poniéndose bonitas, porque yo me proyecto en mi mente cómo van a lucir dentro de unos años. Hay una comunicación perfecta entre el árbol y yo. Cuando me toca cortarle algunas ramitas, sé que no se va a poner brava, porque está percibiendo que es para que sea más hermoso para el futuro y así nos responden los árboles, poniéndose hermosos”.

Entre sus sobresalientes ejemplares y más antiguos en el arte del bonsái, Moncada exhibe en su jardín Uvas de Playas, Quiebrahacho, Cujíes en todas sus versiones, Trinitarias, Ficus, Bella Dama, Ébanos, Dividives.

– ¿Con qué se puede comparar su pasión por este arte?

-Esto yo lo comparo con el amor de una mascota o, yendo más lejos, como el amor de un hijo. Yo tengo muchos amigos que nunca han vendido un bonsái y nunca serán capaces de desprenderse de ellos. Yo tuve que ‘curarme en salud para eso’, pero realmente cuesta muchísimo desprenderse de un árbol al que se le ha dedicado tantos años de vida, la verdad que cuesta muchísimo”.

– ¿Qué tan vulnerable son los bonsáis o los árboles que se seleccionan para ese proceso?

-Lo primero es saber escoger la especie, debe ser de consistencia leñosa y que te permita darle la forma; para eso debe tener tronco, ramas, preferiblemente hojas pequeñas, ya que cuando estamos trabajando un bonsái aplicamos lo que es: escala, proporción, armonía y balanza.

Dice que hay especies que no se adaptan a esa proporción, como por ejemplo los árboles de mangos, porque es imposible reducir el tamaño de sus hojas. “Hay que hacer énfasis en algo muy importante; nosotros los bonsajistas no trabajamos la genética de los árboles. Nosotros trabajamos la estética y por ende no hay una barita mágica, no hay respuesta para que las plantas pongan las hojas pequeñas, no existe, no hay, eso es un mito”.

En cuanto a los bonsáis para la sombra o interiores, explica que la planta se resiente y empiezan a amarillar sus hojas, pero que tiene clientes que los han solicitado para oficinas como un objeto decorativo… “Yo lo vendo porque el cliente lo pide, pero yo no voy a dar un hijo de 10, 15 o 20 años para que alguien, por un desconocimiento, vaya a dañar el árbol en una o dos semanas, solamente por capricho”.

Una de las consultas más recurrentes de sus clientes es el sistema de riego, porque ese tipo de árbol es muy sensible por el tipo de clima de la ciudad. Se recomienda regarlos todo el tiempo o todos los días, en abundancia, porque por lo general los bonsáis viven en recipientes muy bajitos y el agua se evapora con mucha facilidad, entonces hay que hidratarlos a diario.

Pide mucha disciplina para aquellas personas que deseen adentrarse en ese mundo. “Cuando hay que podar, hay que podar, cuando hay que alambrar, se alambra e igual cuando hay que desalambrar, y cuando hay que deshierbar hay que deshierbar y cuando hay que trasplantar, hay que dejar a un lado la pereza; es un arte muy trabajoso, sobre todo cuando uno se llena de muchos árboles, pues las exigencias son muchas, porque los bonsáis son como niños, pero los niños lloran; en este caso los bonsáis no lloran, sino con los años vas aprendiendo el lenguaje de las plantas, y ya cuando alguien me trae un árbol, me dice ‘yo no sé lo que le pasó’, pero el árbol me está hablando, ya sé que se quedó sin agua, lo pasaron de fertilizante o estuvo mucho tiempo en sombra; el árbol me habla, es algo innato, bonito, porque ya uno aprendió a leer el lenguaje de las plantas”.

Concluye que en estos tiempos en Venezuela y en el mundo entero, a partir de esta pandemia del Covid-19, “todo se nos multiplica por 100 o por 1000 y yo encontré en este oficio un verdadero escape. Cuando trabajamos un árbol nos desconectamos, se desenchufan los 10 mil problemas que podemos estar pasando, se entra en comunión con el árbol. Se nos olvida la pandemia, la falta de la gasolina, de que no hay luz; es una verdadera catarsis que no tiene precio, especialmente el arte del bonsái que tenemos que dedicarles tanto tiempo”.

A Moncada lo ubicamos bajando el distribuidor Santa Clara de la Circunvalación número y en sus redes sociales; Instagram: @fermonca / @higurashi_ve. Facebook: Fernando Moncada /@fermonca /@higurashi Jardineria Creativa. Página web: Higurashibonsai.com

Silvia Barboza

Periodista