El milagro de José Gregorio Hernández a un periodista venezolano

El milagro de José Gregorio Hernández a un periodista venezolano

En el relato que sigue a estas líneas el periodista Ítalo Urdaneta cuenta el milagro de sanidad que vivió y que le permitió acrecentar su devoción por José Gregorio Hernández. El testimonio data del año 2018.

“Soy un periodista que gracias al Todopoderoso y al Beato Dr. José Gregorio Hernández, he llegado a la edad de 60 años. Desde niño he formado parte de la religión católica apostólica y romana. Debo confesar que aun cuando todos los días invoco a Nuestro Señor Jesucristo, a Dios Todopoderoso para que guíe mis pasos, falto con regularidad a las tradicionales eucaristías que todos los domingos se cumplen en los distintos templos de mi entorno, con la excusa de falta de tiempo y planificación.

Vivo aquí en Venezuela, en el estado Yaracuy, específicamente en la ciudad de San Felipe, exactamente en la Urb. Prados del Norte, casa N° 3-27, junto a mi esposa y mis dos hijos menores.

Debo igualmente confesar que lo que hoy escribo en esta página lo hago por voluntad propia, porque me siento en deuda con el Dr. José Gregorio Hernández.

Incluso mis familiares cercanos ignoran que hago este escrito y el por qué lo hago. Pero mi conciencia me dice que es el camino correcto que debo emprender.

A pesar de mi edad debo confesar que siempre he sido, hasta ahora, un hombre sano, sin embargo cinco años atrás, me vi seriamente afectado de salud, que incluso llegué a pensar que iba a fallecer.

La enfermedad que padecí en ese entonces se reflejó de manera inmisericorde estando de visita en Ciudad Bolívar, donde acudí acompañado de mi familia a los actos militares donde mi cuñado el general (EJ) José Gregorio Montilla Pantoja asumió la Guarnición Militar de esa entidad.

Como fueron tres días que pernoctamos en ese bello estado, aprovechamos de visitar el afamado parque La Llovizna, en la ciudad de Puerto Ordaz. Estando allí, en medio de tanta belleza, pude recordar, la tragedia donde fallecieron en el mismo sitio varios educadores entre ellos el esposo de una vecina de mi casa, allá en el Táchira, exactamente en la ciudad de San Juan de Colón, hace más de cuatro décadas.

De regreso al hotel, donde nos hospedábamos en Ciudad Bolívar, ubicado frente al aeropuerto, comenzó toda la tragedia. Mientras mi esposa y mis niños disfrutaban de las bondades turísticas del hotel, yo, por el contrario, me vi en la necesidad de buscar un rincón para buscar alivio de todo lo que sentía.

Recuerdo que apelé a las tradicionales pastillas que pensé calmarían mi malestar. Debo destacar que mi esposa es médico (María Montilla), sin embargo no pudo mermar el quebranto de salud que sentía y que me hacía desfallecer.

No más al llegar a Caracas regresamos a San Felipe. Llegué directo a la cama. Cada vez me sentía peor. Todo indicaba que había contraído la fiebre amarilla. Mi esposa se alarmó. Me hicieron todas las pruebas. Incluso un representante del Ministerio de Salud acudió a mi hogar a practicarme repetidamente los exámenes.

Pero para sorpresas de todos, salieron negativos. Sin embargo, previamente ya había consumido el tratamiento para enfrentar la enfermedad, que minuto a minuto hacía que perdiera mi fortaleza.

Así pasé varios días, sin ninguna mejoría, en mi habitación. Hasta que llegó el momento que sentía que la vida se me iba irremediablemente. Desde luego, mi esposa comenzó a realizarme nuevas pruebas en uno de los más afamados laboratorios de la ciudad.

Los resultados arrojaron que tenía todos los valores prácticamente en el suelo. Baja de potasio, tensión alta, fiebre, junto a otros síntomas que recordarlos aún siento escalofríos, como de hecho los sufrí todo el tiempo que padecí la enfermedad. Sobre todo un dolor de cabeza permanente, que no me dejaba conciliar el sueño.

El resultado final de las pruebas por fin arrojó que había contraído una mononucleosis infecciosa, o mejor conocida como la enfermedad del beso.

El resultado de la enfermedad además me puso de mal humor, pues mi esposa se encontraba perfectamente, lo que quiere decir que debí contagiarme a través de los cubiertos del hotel que pudieran estar infectados o qué sé yo.

Antes de conocer el diagnóstico recuerdo que mi hijo mayor vino a visitarme a mi casa. Le dije casi como si fuese un susurro que si no me hospitalizaban ese día, tuviera por seguro que al otro día se «tomarían el café», pues de verdad me sentía a punto de fallecer.

Fue allí cuando que mi esposa entendió que la cosa era grave. De inmediato me internaron en una de las clínicas más prestigiosas de San Felipe. Allí pernocté casi tres días. Solo recuerdo que me pusieron un suero. Mi estado de salud, en ese momento, estaba peor.

En la Clínica permanecí siete días. A lo largo de ese tiempo no conciliaba el sueño, aun cuando permanecía con los ojos cerrados. Esta situación empeoró el cuadro clínico. Me era casi imposible consumir también los alimentos.

Fue entonces, en medio de tanta angustia y malestar, y semidormido, cuando en una de esas noches vi al pie de mi cama la figura de un médico con su bata blanca.

Al principio no supe descifrar de quien se trataba, pero recuerdo que luego de verlo junto a mi cuerpo, examinándome y tomándome las manos, pude apreciar parte de su rostro. Fue allí cuando pude determinar que era la figura del Dr. José Gregorio Hernández. Solo recuerdo además que dijo vas a mejorar. La figura del Beato, de repente, se desvaneció.

Al amanecer no recordaba nada, pero de verdad, sin apenas darme cuenta, sentí que amanecí mejor. A medida que iba avanzando el día de repente me vino todo a la memoria. Me sorprendí mucho, incluso sentí susto. Fue cuando comprendí que esa figura era, sin duda, la del Dr. José Gregorio Hernández.

Una vez que la clínica se consumió todo el seguro, por solo colocarme una solución isotónica, regrese a mi hogar. Estando en mi casa comprendí que debía levantarme, y tomar la calle de nuevo, a pesar de que me sentía muy débil aún.

Fue así como después de este hermoso episodio comencé a recuperar de nuevo mis energías, hasta recobrar completamente mi salud. Desde luego, los 15 días que pasé sin dormir afectaron mi sistema neurológico. Pero allí vamos, a toda carrera, pa’viejo.

Desde entonces he llevado ese secreto encerrado en mi corazón. Hoy lo expongo, porque siento que estoy en deuda con el Dr. José Gregorio Hernández.

Incluso, en aquel momento me comprometí visitar la imagen del Dr. Hernández en Isnotú, su pueblo natal, pero desgraciadamente no lo he hecho. Espero hacerlo muy pronto, al lado de mi familia, pues claramente estoy en deuda con el Santo bondadoso.

Pido a su Santidad el papa Francisco, tomé en cuenta esta modesta revelación, que por primera vez la hago pública, incluso, para mi familia. El Dr. José Gregorio Hernández es, sin duda, un Santo Milagroso».

PD. Para rematar debo confesar que en una losa del baño de mi habitación apareció una imagen que no me deja ninguna duda que es la figura del Dr. Jose Gregorio Hernández

Atentamente, Lic. Italo Urdaneta – C.I: 4.111.251

 

Oración y certificación médica de la sanación

El presente relato que habla de otro de los muchos favores concedidos por el Médico de los Pobres, fue dado a conocer a Monseñor Tulio Ramírez Padilla, vicepostulador de la beatificación de José Gregorio Hernández.

“Para contribuir con la causa recomendamos lo siguiente: Cuando tengan problemas acudan a nuestro Jesucristo presente en los sacramentos: la reconciliación, la unción de los enfermos, la eucaristía. Siempre hay tiempo para Dios, si nos organizamos un poquito y ponemos buena voluntad. La oración es indispensable, es recomendable que se haga en familia con perseverancia, así mismo la petición debe ser hecha a Dios y José Gregorio, a lo sumo se puede incluir a la Santísima Virgen”, respondió en su oportunidad el prelado.

Agregó que “si en otra oportunidad se le concede la gracia que pide, por favor notifíquelo prontamente, en especial si la situación era grave y usted observa que la sanación fue muy rápida y sin necesidad de tratamientos médicos. En esos casos son indispensables pruebas médicas de que estaba enfermo y ahora sano”, una recomendación que aplique a todo aquel que desee someter a consideración del clero algún hecho milagroso.

 

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