Guerra de Independencia en Venezuela: ¿triunfo o fracaso? (Nirso Varela)

Guerra de Independencia en Venezuela: ¿triunfo o fracaso? (Nirso Varela)

Padecer la triste realidad de Venezuela hoy en día, destruida y sin remedio, en vísperas de cumplir el bicentenario de su independencia, es revivir los nefastos hechos de la guerra más larga, destructiva, sangrienta e inhumana, que ha sufrido la América en toda su historia. El conflicto bélico se prolongó durante 10 años (1811-1821) en su primera fase, y sumó dos años más (1822-1823) en el intento fallido del Estado español, de reconquistar el territorio perdido, al mismo tiempo que defendía sus jurisdicciones en la Guerra del Sur (1822-1824).
Se ha asociado la Guerra de Independencia venezolana con el final de la tiranía española: “habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía” (Simón Bolívar: 1830). Nos indujeron durante 200 años a juzgar sus resultados y conmemorar la victoria, desde las perspectivas de un lado en particular, sin tomar en cuenta otros puntos de vista más ecuánimes, éticos y humanos. Por ello, es ya ineludible recrear la Guerra de Independencia desde otros contextos y otros enfoques. Y preguntarse, si valió la pena.
Para la institucionalidad oficial venezolana es y ha sido, una epopeya, y así lo ha celebrado con regocijo. Para los españoles, fue una guerra más, de las muchas que libraron en otros mares y continentes, para defender la integridad de su soberanía. En esta ocasión, defendían el orden establecido durante más de 300 años, en unas tierras, que por razón y por derecho, formaban parte de su jurisdicción. Fue la ineluctable respuesta contra las acciones de una insurgencia separatista que pretendía despojarlos de su herencia histórica. Para España fue una guerra de resistencia y reconquista. Para Venezuela, fue la Guerra de Independencia. Y al fin, se impuso el criterio de los vencedores.
La Capitanía General de Venezuela en 1810 formaba parte integral del reino de España. No era propiamente una dependencia, un apéndice, una factoría, ni siquiera una colonia según el código jurídico que regía la Nación española. Hasta ese momento, en 1810, su territorio sumaba 312 años de haber sido incorporado a la soberanía del reino, mediante el proceso de conquista que se inició en las tierras por ellos descubiertas, a finales del siglo XV. Los pueblos originarios fueron derrotados militarmente y exterminados sus núcleos humanos más importantes. Sobre las cenizas de esa destrucción, España levantó una civilización adherida plenamente a su jurisdicción y soberanía, y estableció un Derecho económico, social y jurídico basado en las Leyes de Indias.
Salvo pequeñas comunidades indígenas que lograron sobrevivir dispersas y aisladas, el territorio hoy venezolano era para entonces una tierra virgen, sin habitantes, sin ciudades, sin poblados ni aldeas, sin una sola obra de carácter arquitectónico. Sobre esas inmensas soledades, comenzó la vorágine de los conquistadores por la fiebre del oro y así fueron fundando, a través de los años, las ciudades que hoy constituyen la geografía del país.
Desde ese momento, no se le limitaron solamente a ejercer el gobierno, sino a construir un Estado. Por tanto, los nacidos en tierras venezolanas, llevaban el estatuto de español y súbditos del rey. Se forjó la identidad española de los nuevos naturales de América y se fraguó una cultura venezolana en base a la mezcla étnica, con fundamentos históricos y jurídicos. La inmensa mayoría de venezolanos no se consideraban subyugados por las ordenanzas reales. La discriminación social, racial y los privilegios de clase, eran potestativas de los mantuanos, dueños de esclavos, ricas haciendas y extensos hatos, quienes procuraban en la península, la probanza de sangre, para demostrar que eran españoles puros y dignos de gozar de privilegios políticos.
La civilización que floreció en Venezuela durante 300 años, tenía los mismos atributos contemporáneos que la civilización peninsular. Se realizaron a lo largo de esos años, obras de infraestructura a semejanza del reino: escuelas, universidades, hospitales, alumbrado público, Campos Santos, templos, plazas, calzadas, pavimentos, edificios públicos, mercados, mataderos, puertos, aduanas, navegación marítima, lacustre, fluvial; teatros, elementos estéticos, coros y orquestas. Y en todas las localidades regía un estatuto de policía.
Sobre esta compleja diversidad civilizatoria, vivía la población dividida en castas, según el espíritu de la época, cada quien buscando su subsistencia y estableciendo su morada según sus circunstancias. Esa sociedad crecía y se desarrollaba modestamente, a ritmo mediatizado por el intervencionismo del Estado central en Madrid, pero la población aumentaba y por tanto, progresaba.
Los descendientes de las culturas originarias que sobrevivieron a la invasión española, fueron colocados en el último escaño de la sociabilidad, junto a los negros esclavos. España implementó legislaciones para regular su coexistencia con el resto de la sociedad al interior de las comunidades. De hecho, no fueron pardos, indígenas ni negros quienes se levantaron contra el Estado español. Lo hicieron los mantuanos el 19 de abril de 1810, sin invocar la igualdad social.
La sociedad de castas no acabó con la independencia ni con la implantación de la República. Vale decir que una década después, en 1821, de aquella civilización quedó muy poco por efectos de la guerra. Todo fue destruido y fueron cegadas más de 200 mil vidas para alcanzar la independencia. La esclavitud solo se abolió 33 años después, en 1854, pero a finales del siglo XIX, aun prevalecían relaciones de producción idénticas al esclavismo.
Durante los 300 años de civilización en América, las potencias enemigas de España, le arrebataron por la fuerza parte de su territorio ultramarino. En el caso de Venezuela, perdió la isla de Trinidad en manos de los ingleses, y Aruba y Curazao, con los Países Bajos. El Estado español venezolano defendió su territorio contra corsarios y piratas que ingresaban a sus ciudades y poblados, las cuales saqueaban e incineraban, dejando estelas de muertes y destrucción. Pero las comunidades volvían a recuperarse con el impulso de los cabildos y volvían a preparar la defensa contra nuevas incursiones. En los cabildos, se fue forjando un sentido de pertenencia territorial.
Finalmente, Francia invade la península en 1808, depone a los reyes y asume por la fuerza la corona para dominar el vasto reino que incluía, sus posesiones americanas. De nuevo el Estado español, disminuido al extremo, asume la defensa de su Nación, en Sevilla y luego en Cádiz, y prepara la resistencia en sus territorios ultramarinos. Así llegamos al 19 de abril de 1810. España en total desventaja, ocupada en llevar adelante la defensa de su territorio europeo contra los franceses, tiene que afrontar, paralelamente, la protección de su jurisdicción en la Capitanía General de Venezuela, contra un movimiento secesionista, surgido en las mismas entrañas de sus instituciones. Ese proceso de ruptura en adelante se llamó movimiento independentista.
En las primeras de cambio, en el caso de Venezuela, España perdió el 70% de su territorio, quedándole solamente Guayana, Coro y Maracaibo. Las fracciones insurrectas, reunidas en la Junta Suprema de Caracas, luego de elegir diputados en las provincias separadas, convocan un Congreso Constituyente y declaran la Independencia el 5 de julio de 1811. Crean sus propias instituciones, su propio Estado jurídico, con la Constitución de 1811. El territorio queda dividido de facto en dos Estados y se pone en curso ese mismo año, la guerra entre dos Estados en un mismo territorio: el Estado español representado por la Capitanía General de Venezuela, establecido en una sociedad con perfecta identidad jurídica e histórica; y el otro Estado, la República de Venezuela, que se creó desde la insurgencia que desconoció la jurisdicción a la cual había pertenecido, y proclamó la República, estableciendo sus propias normas jurídicas.
El nuevo Estado es una República con todas las de la ley, pero sus habitantes no eran afectos en su totalidad al nuevo orden. Para muchos, era un territorio usurpado ilegalmente a España. Por ello algunos historiadores ven en la Guerra de Independencia, una guerra civil. Es posible en los primeros años de lucha, pues se trata de dos ejércitos enemigos que en sus filas, cuentan con mayoría de soldados venezolanos. Pero las oficialidades de ambos bandos, representaban leal y afectivamente, a los Estados en pugna, no reconocidos ninguno de los dos, por la otra parte. Fueron irreconciliables desde un principio.
Los ejércitos no se formaron por la afluencia voluntaria de personas dispuestas a combatir por determinados ideales. Los contingentes de ambos bandos se formaron mediante la recluta compulsiva, obligados a combatir por una causa desconocida. Luego, es difícil apreciar una guerra civil, con una España liberada de los franceses en 1814, acarreando en una flota, 15 mil elementos de tropa peninsulares, armados hasta los dientes, para “pacifica” los “súbditos rebeldes”.
La Guerra de independencia terminó con 323 años de jurisdicción española en Venezuela. Y al imponerse una nueva legitimidad con la Constitución de Colombia sancionada en Cúcuta 1821, las acciones posteriores de los realistas, fueron de reconquista. Es decir, pasaron de la defensiva en que actuaron durante 10 años de guerra, a la ofensiva, para intentar recuperar un país que sentían, les pertenecía y les fue arrebatado. Esa ofensiva solo alcanzó a desestabilizar la nueva república en el occidente de Venezuela, y finalizó con la batalla naval del lago de Maracaibo el 24 de julio de 1823. Diez días después, francisco Tomás Morales firmó la Capitulación con dignidad de último Capitán General de Venezuela. La pérdida del territorio, quedaba consumada.
Lo más destacado de la Guerra de Independencia es la “sacra” figura del caudillo. Del caudillismo derivan los males que han sumido a Venezuela, tanto en el pasado como en el presente, en el atraso y la pobreza. Jamás hemos vivido una primavera política sustentable después de la guerra de Independencia. Las mejores épocas, como la era democrática 1959-1999, fueron marchitadas por las ambiciones de los caudillos o quienes se presentaron como tales.
El fracaso de la guerra de independencia, fue por las excesivas ambiciones de los caudillos. Bolívar se cerró a ver otras opciones, distintas a las que le dictaban su inteligencia. Y de Bolívar pasamos a José A. Páez, José T. Monagas, Antonio Guzmán Blanco, Joaquín Crespo, Cipriano Castro, José V. Gómez, marcos Pérez Jiménez, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Carlos a. Pérez y Hugo Chávez. Tres murieron ejerciendo el poder (Monagas, Gómez, Chávez). Todos tienen en común, haber gobernado más de una vez y querer perpetuarse en el poder. Han sido doscientos años de caudillismo y doscientos años de fracasos. Desde ese punto de vista, la Guerra de Independencia, resultó un rotundo fracaso.
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