El cepillao e’ burro (Nirso Varela)

El cepillao e’ burro (Nirso Varela)

En la no muy lejana época en que la subsistencia adquiría cualquier modalidad humilde, la venta ambulante de cepillados, fue una de las más características. La operación la realizaba un vendedor caminando al lado de un flamante carrito tirado por un burro, a través de las calles de los barrios; del rojo, de piña o de menta, según el gusto de cada cliente.
En realidad, no había en aquellos carruajes espacio para el vendedor. El cepilladero tenía que caminar lo mismo que el burro, apretando sucesivamente la perilla de la corneta manual, cuyo sonido fue y es todavía, completamente inconfundible. A locha el cepillado pequeño y a medio el grande, adornado este último en su cúpula, con un torrente de leche condensada.

Si algo jugaba un papel importante en la compra-venta de los ricos cepillados, era precisamente la buena presencia del burro. Para esas faenas, se los procuraba jóvenes, sanos y se sacaban a las calles, en perfecto estado de limpieza y cuidado. Muchas veces le añadían ciertos toques de coquetería, sin faltar por supuesto a la dignidad de tan serio animal. Digo, el cepilladero que consideraba el burro como a su socio, con quien estaba plenamente unido en aquella difícil tarea y con quien compartía buena parte de las horas del día.

Un burro elegante y bien presentado, era suficiente razón para hacer que desaparecieran, los prejuicios de los que sentían asco por comerse un cepillado supuestamente “todo lleno e’ burro”. Tal vez porque no faltaron, aunque fueron los menos, quienes ejercían la noble profesión utilizando para ello, animales llagosos y hasta enfermos. Todavía recuerdo a un cepilladero que andaba siempre de muy mal humor, y su carro con burro y todo con muy mal olor, que atraía la atención de moscas y mosquitos, y fueron siempre sus eternos acompañantes. Y no obstante “el pelusa”, que así lo llamábamos los muchachos del barrio, siempre cargaba sus estucheras de trapo asidas a un delantal que usaba a la altura de la cintura, repleto de “sencillo”.

En algunas ocasiones, para llamar a un cepilladero, había que gritarle muy fuerte, para desencantarlo de la melodía triste de su corneta a dos tonos, algo así como los sonidos de los ataques de asma, amplificados miles de veces. Cuando algún cepilladero paraba su burro atraído por grito de, “ey, cepilladero”, casi siempre las miradas iniciales de la clientela iban a parar a la estampa del burro, un poco por su aspecto de ser sufrido, otro tanto porque el burro es en sí mismo, un animal impresionante, raro, misterioso, y sin embargo, su nombre común, junto al perro, se utiliza para designar despectivamente. Luego el cliente mira la hilera de frascos .con los variados colores de la miel, para hacer la selección.
Pero lo más típico y atractivo, resultaba la forma del carruaje. Consistía en una casita con techo redondeado, o a dos aguas, cuyas ruedas eran dos llantas de automóvil.

Tenía una parte descubierta, la de arriba, donde se colocaban los frascos con sus mieles de colores, perfectamente alineados. La parte de abajo era cerrada, siendo el sitio donde se guardaba el hielo. A los carritos se les ataviaban con diferentes adornos, se pintaban de colores vistosos y se les colocaba en la parte superior delantera o a los lados, un nombre que los identificaba: “El rayo”, La Media Luna”, “El relámpago”, etc. Desde el centro de la parte cerrada de la casita, a ambos lados, salían dos palos fuertes que la unían al burro por medio de fajas y amarras.

En esos palos y al regreso, el vendedor improvisaba un espacio para sentarse, extenuado, halando las cuerdas y echándole besitos al aire al burro para que apurara el paso, al son de, “arre, arre”.
Ya han desaparecido completamente de la escena maracaibera. Quedan solo en el recuerdo de una ciudad que alguna vez tuvo perfil y carácter definido. Lo que no han desaparecido son los oficios humildes, las ventas en la calle de mandocas y empanadas y aun el mismo cepilladero, pero en carros bicicleta que solo conservan de antaño, el sonido de las cornetas y el color de la miel.

El “cepillao e’ burro” como comúnmente se le llamaba, formó parte de las peculiaridades que en el pasado reciente de Maracaibo, le otorgaron actitud única y extraordinaria. .Quede pues, su recuerdo como un testimonio de ese pasado que en muchas cosas fue glorioso.
(Artículo publicado originalmente en el desaparecido diario CRÍTICA de Maracaibo el 17 de abril de 1986. Como homenaje a mi dilecto y recordado amigo, el poeta José Francisco Ortiz)
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