Relato de migrantes (I): De Maracaibo a Perú se van cargados de sueño y llegan hasta sin maletas

Relato de migrantes (I): De Maracaibo a Perú se van cargados de sueños y llegan sin maletas (+Videos)

Foto: Cortesía/Composición Oriana Reyes

Ríos, montañas y desiertos en condiciones infrahumanas pasan los migrantes venezolanos para formar un nuevo futuro

«El dicho reír para no llorar, nunca fue más acertado, las risas no faltaron en el viaje a pesar de todo lo que pasamos» comentó José Gregorio Fuenmayor, un joven venezolano de 22 años de edad que decidió dejar todo lo que conocía atrás para intentar conseguir una nueva vida.

José emprendió su viaje la segunda semana de enero desde Maracaibo con destino a Perú, su madre y amigos lo esperaban, aunque no perseguía el sueño de conseguir trabajo, vivienda y comida estable por un tiempo, pensó en aventurarse a buscar una nueva calidad de vida en otros horizontes, al igual que muchos jóvenes que han salido de esta tierra.

«Prevenir es mejor que lamentar»

Hacía ya un tiempo que José estaba reuniendo para marcharse, de dólar en dólar que ganaba como diseñador gráfico, fue alimentado la alcancía porque sus amigos les advertían que era mejor irse preparado por cualquier contingencia, a quedarse sin nada en el camino.

Un viaje de seis días por tierra lo separaba de su destino. Ese era el conteo que llevaba en mente al partir.

290 dólares era la suma que le pedían para el traslado, una noche en una cuarto de hotel, y el almuerzo para dos días era el paquete de viaje, casi como un «full day» de turismo, pero en medio de la pandemia, con fronteras cerradas, sin papeles en regla y con las ansias de salir. Un viaje que le cambiaría la vida por completo.

Inicia el viaje de las trochas interminables

La salida de Venezuela fue muy rápida, dice José, a mediodía ya estaba en Maicao esperando que se llenara el bus para comenzar la verdadera travesía.

Jóvenes, adultos y niños en brazos pasaban los mal llamados caminos verdes entre Colombia y Venezuela, José dice que es imposible determinar la cantidad de viajeros, pero aseguró que todos salían por una razón, «para tener calidad de vida», o por lo menos eso decían.

¿Cuál es el camino correcto?

Hay varias formar de salir desde Colombia. Al ser un territorio tan extenso nunca faltan rutas de escape. El camino de José hace escala en Bogotá, Cali, hasta Ipiales; el límite fronterizo con la República de Ecuador.

Con una bolsa de pan en mano, jamón, queso y mantequilla José amortigüó los primeros días. «En Cali fue que pudimos tener una comida decente», aseguró.

Una montaña por delante

Tres días habían pasado en carretera, los pasos fronterizos se hacían cada vez más fuertes mientras más se adentraban a las formaciones montañosas de la cordillera andina suramericana. El famoso «sueño americano» se habría traspolado del norte al sur para muchos latinoamericanos, sobre todo para los venezolanos.

El paisaje era maravilloso, relató José. Montañas verdecitas y un ambiente frío los acompañaba en el viaje. Para pasar por Rumichaca, el paso fronterizo entre Colombia y Ecuador, tuvieron que subir montañas y pasar un río, algunos pagaban motos, otros les tocaba el trayecto a pie con las maletas a cuestas, muchos iban deshaciéndose del peso en el sendero. «El objetivo solo era llegar, nadie prestaba atención de con qué llegarían».

«La clave del viaje es organizarse, aunque igual no es suficiente. Aunque lleves dinero a veces no tienes dónde comprar, porque el sendero es desierto», comenta José. «La mayoría de las personas con las que logré viajar venían del Zulia, unas de Maracaibo, algunas de San Francisco, y otras de la COL, muchos por reencuentro familiar y otros  a probar suerte», añadió.

José comenta que es muy importante la comunicación y para eso es primordial y mucho más cómodo cambiar/comprar una línea en cada país por el que se pase. A él le tocó así, y en varias oportunidades tuvo que socorrer a compañeros de viaje para que dieran razones a sus familiares en Venezuela.

Las mil y una noches

Como salidos de cuentos de Disney, José comenta que las noches eran sus aliadas y a la vez sus enemigas, pues era en la oscuridad cuando emprendían sus viajes que traspasaban fronteras, se camuflaban bajo las estrellas y avanzaban más rápido, aunque el frío y el hambre pegaba con fuerza en el estómago.

Cada paso fronterizo estaba estrictamente vigilado y militarizado. A plena vista los migrantes pasaban de un lado a otro bajo los ojos acuciosos de las autoridades, «no muchos hacían contacto visual y a los que veían sospechosos o muy nerviosos los paraban para pedirles papeles o revisarlos», dijo José.

Al pasar a Ecuador, Tulcán los recibe hambrientos, cansados y moribundos, de allí quienes tiene el privilegio toman la orden de cualquier trochero para que los pase a su próximo punto, «ellos (los trocheros) te caen como mosca de cada lado de la frontera», relata José.

Un bus te lleva directo a Quito y de allí tomas otro para Huaquillas (Frontera con Perú). Entre los viajeros se ayudaban para cargar maletas y niños,  en un largo tramo deben dejar los vehículos y les toca caminar por un sendero, primero son prados verdes y luego de un maizal, el desierto se abre ante sus ojos, es casi el último paso para llegar a su destino.

José dice que llegar hasta Tumbes (Perú), fue una experiencia extrema, huían de los cuerpos de seguridad, viajar con desconocidos que terminaban siendo familia, pasar hambre, sed y dejar muchas cosas en su trayecto, lo hizo reflexionar sobre la necesidad de toda esa gente que llegó y que se quedó en el camino para salir de su país.

Luego de estar en el territorio peruano, para él fue un paseo, de Tumbes viajó a Lima y luego a Cusco, su destino. Con voz quebrada finalizó, «a pesar de todo nunca faltó una sonrisa entre nosotros, para no volvernos locos», y soltó una carcajada.

 

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Any Vargas

Noticia al Día