Gilberto, te confieso: Yo no toco piano

Gilberto, te confieso: Yo no toco piano

Foto: Cortesía / Luis Vera

A principios de la década de los ’80 fui presa de un “nosequé” que me valió no pocos regaños y castigos en casa. La llegada a los escenarios de la agrupación juvenil ‘Menudo’ me sacó de mi habitual rol de niña “bien portada”.

En esa época eran frecuentes las visitas al país del quinteto puertorriqueño y si se deslizaba la posibilidad de que la gira incluyera a Maracaibo, se desataba la locura entre mis compañeras del colegio.

Tocaba inventar reuniones en casa de alguna de las chicas para hacer alguna tarea, cuando la verdadera misión era ponernos las mejores pintas e ir a recorrer los grandes hoteles de la ciudad, con aires de mujeres de mundo, en la búsqueda de Menudo.

Lograr una sonrisita, un saludo a lo lejos, un autógrafo, una foto, o un infartante beso en la mejilla, era el objetivo que desde ya debo confesar nunca se alcanzó.

Sin embargo, en una de esas aventuras, logramos toparnos con un galán entrado en años, pero galán al fin. Se trataba de Gilberto Correa, quien departía relajado a las orillas de una piscina, con amigos y sus anfitriones zulianos.

Ante nuestro tímido pedido de una dedicatoria en unas libretas de Hello Kitty o My Melody, el animador sensacional accedió con total gentileza.

Cuando correspondió mi turno, con expresión sorprendida y sonrisa de promo de crema dental, Gilberto Correa elogió mis finos y largos dedos, que entre mis coetáneos -para ese entonces- eran motivo para chistes y bromas pesadas, como aquella de decir a coro “E.T. Phone Home”, cuando mis manos quedaban expuestas.

A Gilberto le parecieron lindas y a partir de aquel momento se ganó mi gratitud eterna.

Sin embargo, en medio de la breve charla, Gilberto señaló que “parecían manos de pianista”, a lo cual yo -sin pensar- respondí: “Es que yo toco piano”.

– ¿Ah, siii… y que piezas prefieres tocar?

– De todo, música clásica, todo tipo de canciones (Esto mientras sentía que mi cara cambiaba de colores, mi cerebro trabajaba aceleradamente y mis piernas temblaban sin parar)

– ¿Y dónde aprendiste, en el conservatorio?

– No, yo sola, en mi casa… de oído

– ¡Bravo, qué maravilla… Te felicito, sigue así!, me decía, mientras con sus gestos me hacía saber que aprobaba “mis logros”.

Transcurridos unos 40 años de aquella «hazaña» infantil, pienso que –quizás- Gilberto simplemente quiso ser caballeroso y condescendiente, pero que no me creyó ni papa.

Hoy debo confesar a Gilberto y a quienes me leen, que en mi vida he tocado algún instrumento musical, pese a que he querido hacerlo. No tengo la concentración, habilidad ni la gracia necesarias, por eso mi fascinación ante los grandes ejecutantes.

También debo admitir que, después de aquel episodio, veo mis manos con aprecio y aceptación. Años más tarde decidí ser periodista y tocar las teclas de la computadora es mi pasión.

 

P.D.  Gilberto recupérate pronto. Dios te cuide.

 

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F. Reyes

Noticia al Día