De Interés: somos responsables de todo lo que ocurre (María Elena Araujo Torres)

De Interés: somos responsables de todo lo que ocurre (María Elena Araujo Torres)

Dicen muchos expertos en materia de conducta humana, que cuando algo molesta de otra persona es bastante posible que tenga que ver con nuestros propios defectos. Es más, hacen la analogía de que es algo así como si se tuviera un espejo enfrente, un reflejo de sí mismo. Acto del que no se tiene conciencia porque se ve el problema es en los otros, nunca en lo personal.

Esta aseveración, sin embargo, no es aceptada por la mayoría de la gente. ¿Cómo me va a molestar lo que rechazo en esa persona, si eso me incomoda tanto? Hasta parece una afirmación absurda.

La experta en comportamiento humano, Catalina Lobo, escribe en su blog Valorarteblog, que continuamente estamos proyectando en el exterior nuestro yo personal. ¿Cómo es esto? Asegura que si con frecuencia pensamos de forma negativa entonces nuestro entorno se mostrará usualmente negativo; si somos amorosos lo más seguro es que estemos en espacios continuamente impregnados de amor. Igual ocurre con la generosidad. Si eres generoso entonces la generosidad será recibida. Lo mismo aplica para la agresividad. “Es muy importante comprender que todo lo que se manifiesta en nuestra realidad es la materialización de nuestras ideas mentales, comportamientos, intenciones y actitudes”, dice Lobo.

Y como ya es sabido por muchos buscadores de la verdad, el origen del mundo que nos rodea está dentro de cada uno de nosotros. En este punto muchos cuestionarán esta aseveración como temeraria o falsa. ¿Cómo voy a tener yo en mi corazón el origen de la guerra, de las enfermedades, de las agresiones sexuales, de la hambruna, del dolor, o, en caso contrario, de la paz, la buena salud, las relaciones sexuales respetuosas, la provisión de alimentos para todas las personas, del bienestar? Aunque estas segundas posibilidades si nos gusten como responsabilidades de todo lo que ocurre en el mundo.

Estemos conscientes o no, sí somos responsables de todo lo que ocurre en el mundo. Cada uno de nosotros. Si hacemos una introspección sin perjuicios, encontramos que todas las energías que movilizan el mundo salen de nuestras intenciones, de nuestras acciones, queramos o no. Si analizamos desde nuestro entorno más cercano lo comprobamos, desde nuestro entorno familiar. Si respondemos a la rabia con rabia, a las peleas con agresión verbal, al odio con odio, en vez de resolver los conflictos los alimentamos. Y no se trata de poner la otra mejilla, se trata de entender de una vez por todas que al devolver pedradas por pedradas, terminamos todos más heridos, resentidos y llenos de odio. En cambio, si analizamos que las partes que consideramos oponentes tienen mucho dolor en su corazón por haber estados inmersos en constantes conflictos en su diario vivir, entonces entenderíamos que bien vale la pena bajar la guardia, calmarse para apaciguar esos dolores. Para pelear se necesitan dos o más. Para sembrar amor también. Basta que uno tome la iniciativa, calme su propio corazón y se trace la tarea de sembrar amor; de abonar con gestos y actitudes el ambiente y las personas involucradas; de hacerlo con paciencia sincera, así como cuando se siembra un árbol, que requiere agua, abono y serenidad. Al transformarse, al sanarse asimismo entonces el entorno se transforma, se sana, tarde o temprano, pero lo hará.

Esta tarea de vida es difícil si nos resistimos al cambio, si vivimos a la defensiva queriendo tener la razón en nuestros planteamientos, si nos creemos mejor o superior a los demás, si creemos que el problema lo tienen los otros y nosotros somos las víctimas inocentes y buenas. Pero si calmamos nuestro corazón, amansamos nuestros pensamientos negativos para convertirlos en positivos, ver y sentir la parte buena de lo que ocurre; si creemos que vale la pena salvar la relación familiar, entonces estaremos dando los primeros pasos para formar parte de esa poca cantidad de hombres y mujeres que han pasado por la vida ofreciendo sus mejores energías para calmar y amar al prójimo, en beneficio de los demás, porque cuando dejamos de priorizar nuestros intereses por el beneficio de los demás entonces estamos formando parte de esas energías que se necesitan para rodearnos de un mundo mejor. Y no es filosofía, ni utopía, es la verdad demostrada por esos grandes hombres que contribuyeron con humildad auténtica para beneficiar a la humanidad.

María Elena Araujo Torres