Aquel 1 de enero de 1958 que Pérez Jiménez NUNCA OLVIDÓ

Aquel 1 de enero de 1958 que Pérez Jiménez NUNCA OLVIDÓ

En la madrugada del miércoles primero de enero de 1958, cuando apenas comenzaba el año nuevo, Marcos Pérez Jiménez se levantó como siempre a las 4 de la mañana, un hábito que le inculcó su padre desde que era un infante en Michelena, el remoto pueblo tachirense donde nació y aprendió una rígida disciplina que luego le ayudó en sus estudios en la Academia Militar de Venezuela y en su vida personal.

Se había ido a la cama dos horas antes, tras abandonar la opulenta fiesta de celebración del fin de año que ofreció a su gabinete, al cuerpo diplomático y a los empresarios nacionales y extranjeros en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, donde previamente había transmitido, a través de las emisoras de radio, el tradicional mensaje de Fin de Año, el último que daría como presidente de Venezuela.

Esas escasas dos horas de limitado sueño la realizó en su “modesta” residencia del Callejón Machado, en El Paraíso, identificada con el Número Uno, y de la cual se ufanaba decir que la había adquirido con un préstamo otorgado por la Intendencia Militar. Su esposa Flor Chalbaud, y las tres hijas del matrimonio seguían dormidas. Un grupo selecto de agentes de la Seguridad Nacional y varios soldados de la Guardia de Honor, quienes no habían podido dar el abrazo de feliz año a sus familiares, custodiaban con celo los alrededores del mencionado callejón y mantuvieron en vilo a los vecinos del presidente durante toda la noche nueva.

Pérez Jiménez había rehusado una invitación de su hermano Francisco, a la sazón Director del Correo Nacional, para dormir en la fastuosa quinta “Mamá”, ubicada en la Calle Mohedano en la elitista urbanización Country Club, la cual el dictador había ordenado construir especialmente para su madre. El hermano deseaba, una vez terminada la fiesta en Miraflores, compartir juntos lo que restaba de la madrugada del primer día de enero al lado de la progenitora de ambos.

– La masa no está pa bollo, Francisco,  le dijo a su hermano cerca del oído al darle el abrazo de fin de año en medio del ruidoso jolgorio que había en el Salón Ayacucho y que obligaba hablar en voz alta.

– Dígale a mamá, de mi parte, que mañana paso por su casa, agregó.

El rechazo a la invitación no era casual. El general sabía que el ambiente en los cuarteles estaba enrarecido y lo prudente era quedarse en un lugar cercano al Palacio de Miraflores. Se hacía necesario dormir con un ojo cerrado y otro abierto y la casa del Callejón Machado era un lugar seguro y estratégico toda vez que le permitía movilizarse con mayor rapidez ante una eventualidad.

El dictador se vistió a un ritmo más acelerado del acostumbrado, pues había convocado al Estado Mayor a una reunión extraordinaria a las 5 de la mañana en la sede del Ministerio de la Defensa. En el interior de su habitación permanecía colgada del perchero la chaqueta blanca del traje de gala de la noche anterior exhalando vestigios de Old Spice, con las charreteras de filigranas obsequiadas por el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo, y con las condecoraciones y medallas autoimpuestas, entre ellas la «Legión of Merit», la más alta distinción otorgada por los EE.UU. a personalidades extranjeras.  En el pantalón seguía inamovible el cinturón militar de fino cuero italiano con la hebilla de oro que tenía impreso, en alto relieve, el escudo nacional, un objeto apreciado por su dueño pues había sido un regalo de cumpleaños de otro dictador: el peruano Manuel Odria.

Mientras se vestía con el uniforme de campaña, Marcos Pérez Jiménez recordó con precisión todos los rumores e informaciones que había  recibido la noche anterior de parte de su Ministro de Interior, Laureano Vallenilla Planchart, y del Jefe de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada, que le daban cuenta de las conspiraciones que estaban adelantando grupos de militares rebeldes en contra de su gobierno. Vallenilla le había comunicado, casi al terminar la tarde del 31 de diciembre, la detención de dos oficiales: Hugo Fuentes y Jesús María Castro León, ambos acusados por hacer críticas al gobierno ante sus subalternos y por estar detrás de un supuesto plan subversivo.

Y es que dentro de los cuarteles se sentían los murmullos de la rebelión por la molestia general que había causado el plebiscito que Pérez Jiménez ordenó realizar el martes 15 de diciembre de 1957, una artimaña urdida por él con la anuencia de los miembros la Junta Militar para no convocar a las  elecciones populares que, por mandato de la  Constitución Nacional, debían efectuarse el 19 de abril de 1958. La trama continuista de Pérez Jiménez había causado un profundo descontento en un sector  influyente de las fuerzas armadas – sobre todo en los altos mando de la fuerza área – el cual venía exigiendo, a sotto vocce, su salida del gobierno ante su larga y persistente permanencia en el gobierno.  

El resultado de ese plebiscito se convirtió en un fraude descarado que el propio dictador se había ocupado de legitimar, con verdadero cinismo, en su alocución de fin de año. “Las cifras demuestran  – había dicho en su alocución – que votó las más alta proporción de electores que se conoce en la historia del país; el porcentaje de votos favorables también es el más alto; y el porcentajes de votos negativos es el más bajo en Venezuela en contra de un gobierno”.

Para darle mayor fuerza al fraude cometido, Pérez Jiménez resaltó en la alocución de marras que (…) La oposición perdió porque siguió empleando métodos caducos en una Venezuela evolucionada y transformada políticamente. A una acción del gobierno técnica, eficaz y civilizadora, solo pudo enfrentar campañas de desprestigio y de calumnias, fruto de su tremenda debilidad, de su reconocida ineptitud y de su desprestigio”.

La convocatoria ilegal del plebiscito y su resultado amañado, más los argumentos expresados en su alocución para justificar un hecho de flagrante violación constitucional, acentuaron el malestar y el descontento en la mayoría de la oficialidad de los cuarteles, donde además se rechazaba la cruel represión que aplicaba el régimen a sus opositores, así como la desmedida corrupción de sus funcionarios y colaboradores cercanos.

EL PRINCIPIO DEL FIN

La caravana presidencial salió del Callejón Machado las 4.40 de la madrugada del 1 de enero con destino al  Ministerio de la Defensa, siguiendo la ruta que le marcaban dos potentes motocicletas, mientras otras cuatro, de similar condición, marchaban a la zaga. En el interior del auto presidencial, un Cadillac Fleetwood Sixty Special, color negro, iban Marcos Pérez Jiménez, Laureano Vallenilla Planchart – quien diez minutos antes había llegado a la residencia del dictador para estar presente también en la reunión prevista – el  edecán Ramón Hernán Mármol Luzardo, y el Jefe de la Casa Militar, coronel Alberto Paoli Chalbaud.

No había transcurrido media hora de reunión con su Estado Mayor, cuando desde la sede del Ministerio de Relaciones Interiores recibe Pérez Jiménez la información de que en la Base Área Boca de Río, situada en Palo Negro, Maracay, un grupo de militares se había sublevado. El movimiento lo lideraba el Capitán de la aviación Martín Parada con el apoyo del Coronel del Ejército Hugo Trejo. Le notifican, además, que los sublevados habían tomado unos aviones y que los tanques del cuartel Urdaneta se dirigían a Los Teques, por la Panamericana, con rumbo a la Base Aérea de Maracay, epicentro de la insurrección.

Pérez Jiménez reacciona como un lince y dicta instrucciones para sofocar la rebelión. Ordena identificar a los involucrados y reforzar los cuarteles, mientras sus colaboradores leales salen raudos a ocupar los puestos de comando  para organizar planes de contención.

Quince minutos después de conocer la noticia de lo que acontecía en Maracay, y cuando su reloj Rolex estaba a punto de marcar las 6 de la mañana,  Pérez Jiménez, y el vicepresidente de la Junta de Gobierno, Luis Felipe Llovera Páez, ven con ojos de asombro por la ventana de la sala principal del Ministerio de la Defensa un avión caza Vampiro que cruza entre las Torres del Centro Bolívar, pilotado por el mayor Edgar Suárez Mier y Terán. Era uno de las doce aeronaves pilotadas por los oficiales sublevados que volaban sobre los cielos de Caracas esa mañana del miércoles primero de enero de 1958. Los aviones descargaron sus ametralladoras contra el Palacio de Miraflores ante el asombro de la población de Caracas, que recién despertaba de la resaca de fin de año.

– La vaina como que es en serio, dijo Llovera Páez con evidente estupor

– Creo que es una asonada, respondió serenamente Pérez Jiménez. Esperemos  que se trate de una explosión aislada de golpe muy localizada. Creo que la podemos disolver sin mayores consecuencias.

– ¿Y después de esta asonada qué puede venir…? Se preguntó intrigado Llovera Páez.

– Después de esta asonada lo que puede venir es un gran carajazo, respondió con sorna Pérez Jiménez.

El movimiento insurreccional fue sofocado antes del mediodía, pero dejó en evidencia de que el gobierno no contaba con el apoyo monolítico de los militares, así como la existencia de  grandes fisuras en el seno de las Fuerzas Armadas. La asonada conjurada marcaba el principio del fin para el gobierno dictatorial de Marcos Pérez Jiménez.

Y, en efecto, desde ese miércoles primero de enero de 1958, y hasta el jueves 23 de este mismo mes, el gobierno perejimenista recibió presiones no solamente de los sectores militares descontentos, sino también de todo el país. La acciones de protestas civiles se suceden unas tras otras bajo la organización de la llamada Junta Patriótica, que había sido creada en julio del año anterior presidida por el periodista Fabricio Ojeda.

El viernes 4 de enero la Junta Patriótica pone a circular un manifiesto llamando al pueblo a la insurrección. Seis días después convoca a una gran concentración en la Plaza O’Leary de El Silencio, a la que asisten más de 10 mil personas. Pérez Jiménez forcejaba  una negociación desde hacía una semana con algunos representantes de las Fuerzas Armadas y del sector civil para mantenerse en el gobierno. Se le había exigido enviar fuera del país a su Ministro de Relaciones Interiores, Laureano Vallenilla Planchart, y al temible Jefe de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada. Ambas peticiones fueron cumplidas y los dos funcionarios salieron del país el martes 21 de enero, el mismo día en que todos los diarios nacionales se declaran en huelga.

El miércoles 22 de enero, a las 12 del mediodía, estalla una huelga general en todo el país. Las calles quedan desoladas tanto en Caracas como en la mayoría de las ciudades del interior. Este  mismo día, la alta oficialidad que se oponía al gobierno se concentra desde la mañana en la Academia Militar. Desde  allí decide nombrar una Junta Militar de Gobierno que le solicita a Pérez Jiménez la renuncia.

De momento, el dictador no accede a la solicitud de la renuncia. Estaba a la espera de información que le asegurara cuáles de las fuerzas se mantenían leales a su gobierno. Estando en ese trance recibe un plan del Comandante del Batallón Caracas, Coronel Simón Alberto Medina Sánchez, para retomar por la fuerza a la Escuela Militar.

– Prefiero irme antes que matar cadetes, fue la respuesta contundente que dio al Coronel Medina Sánchez.

Cerca de las nueve de la noche recibe la noticia de que la Marina de Guerra y la Guarnición de Caracas se habían pronunciado en contra de su gobierno. La información la esperó en el Palacio de Miraflores, donde se encontraba en compañía de Luis Felipe Llovera Páez y otros colaboradores militares y civiles leales.

– Bueno, mi general, el cogote no retoña, tenemos que irnos”, atinó a decir Llovera Páez, cuando comprendió que sus días como gobernantes habían acabados.

– Así es Luis Felipe, asintió con resignación  Pérez Jiménez. Y agregó:

– Como te había dicho, después de la asonada viene el carajazo, y nos lo dieron…

Pérez Jiménez y Llovera Páez permanecieron en el Palacio de Miraflores más allá de la medianoche gestionando un arreglo con el grupo de militares rebeldes que pedían sus renuncias. Como no se les ofreció garantías de preservarles la seguridad, las de sus familiares y la de algunos de los colaboradores más cercanos, ordenaron al mayor José Eusebio Coba Rey, piloto del avión presidencial, dirigirse hasta el aeropuerto de La Carlota para preparar de manera acelerada la huida del país.

A las dos de la madrugada del 23 de enero de 1958, el avión presidencial Douglas C-54 Skymaster, conocido como La Vaca Sagrada y pilotado por el propio Cova Rey, despega del aeropuerto de La Carlota sin la iluminación de la pista para evitar que la aeronave fuera reconocida, pues habían recibido información sobre el emplazamiento de una batería antiárea en un lugar estratégico no identificado. Una vez en el avión ocuparon los asientos de pasajeros el general Pérez Jiménez, su esposa, sus tres hijas y su suegra, el general Llovera Páez, su esposa y sus dos hijos,  los ministros Pedro Gutiérrez Alfaro, Antonio Pérez Vivas, Raúl Soulés Baldó, y el empresario y testaferro Fortunato Herrera, conocido como “El Platinado”.

Un sonido estruendoso anuncia el despegue del avión. Al quedar al ras de la pista se va de un lado, endereza su curso y finalmente levanta vuelo circundando El Ávila hasta perderse en las tinieblas. Su destino es la entonces conocida Ciudad Trujillo, o Santo Domingo, donde otro dictador esperaba a los furtivos pasajeros para ofrecerles asilo, el mismo dictador que le había regalado a Marcos Pérez Jiménez los entorches de filigrana que lució en su última fiesta en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores.

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Vinicio Díaz Añez