Luis Ángel viendo marcharse al Niño Jesús

Luis Ángel viendo marcharse al Niño Jesús (Cuento infantil, Alberto Morán)

Luis Ángel viendo marcharse al Niño Jesús. Foto: Referencial

Desde que llegó diciembre, Luis Ángel comenzó a pensar cómo hacer para que el Niño Jesús no le trajera el regalo tan tarde la Nochebuena. Estaba desesperado por tener una bicicleta y aprender a conducirla. Y entre más se acercaba el día, mayor era su ansiedad.

Una vez se acostó con esa idea en la mente y soñó con un angelito de alas grandes, inmensas, quien le dijo que era amiguito de todos los niños del mundo, y había bajado del cielo para decirle que el 24 se acostara antes de la hora acostumbrada; así amanecería más rápido y al despertar tendría el regalo debajo del arbolito.

A Luis Ángel le pareció genial la propuesta y tan pronto despertó, tomó lápiz y papel, para redactar la carta pidiendo el regalo, bajo la rigurosa advertencia de que el caucho trasero de la bicicleta, trajera las rueditas pequeñas a los lados que evitan las caídas de los aprendices como él.

El pequeño aún no escribía muy bien, y ante la incertidumbre de que el Niño Jesús no le entendiera, después que garabateó la misiva, en la misma hoja, dibujó una bicicleta con las ruedas, previendo que se pudiera confundir y le trajera otro regalo, o simplemente se le olvidaran los cauchitos de soporte.

Desde ese momento, no dejó de pensar en la carta, el regalo, el Niño Jesús, y en acostarse más temprano para que amaneciera enseguida; esa angustia lo acompañó hasta el 24. Al oscurecer quería irse a la cama de inmediato recordando lo que le dijo el angelito, pero sus amiguitos no paraban de jugar, de reírse, de comer caramelos, de divertirse con las luces de bengala y los fuegos de artificio. Llegó la media noche y seguían en su casa con la misma algarabía, no tenían la menor intención de marcharse a sus respectivas viviendas.

Luis Ángel iba y venía a la sala, observaba debajo del arbolito, y no llegaba el Niño Dios; tanta previsión y siempre recibiría el regalo tarde, como le ocurría todos los años, se lamentaba; ante tal situación, pensó irse a la cama y abandonar a sus amiguitos, pero el escándalo tampoco lo dejaría dormir. Y desistió de la idea.

Luis Ángel siguió ansioso, impaciente, hasta que el cansancio lo hizo sentar y se quedó un momento entretenido viendo a sus amiguitos jugar; de repente, se acordó, corrió nuevamente a revisar el arbolito y ¡sorpresa!, allí estaba la bicicleta.

Y convencido de que el Niño Jesús debía estar cerca salió corriendo a buscarlo. Siempre quiso conocerlo, abrazarlo, jugar con él; pero su mamá y su papá le decían que era imposible, el Niño Dios bajaba a escondidas, dejaba los juguetes sin que los niños lo vieran y regresaba rapidito al cielo, sin embargo, ahora sentía que lo tenía cerca, demasiado cerca, imposible que estuviera lejos, no hacía mucho tiempo que le había dejado la bicicleta.

Además, debía andar llevando el regalo a otros muchachos del sector.

El Niño Jesús le era inconfundible, debía estar como lo veía en los pesebres, en los arbolitos o en cualquier adorno navideño, de pañales y descalzo, pero todos los pequeños que observaba en los alrededores se encontraban calzados y de pantalones, suéter o camisa, sin embargo, lo buscó hasta que se cansó en las casas vecinas, pero no lo pudo ver.

Luis Ángel volteó desanimado para regresar, cuando escuchó un ruido, algo así como un grueso chiflido y seguidamente una fuerte explosión; miró hacia arriba en dirección al origen del estruendo, y con la luz de una estrella multicolor que iluminaba el cielo, vio que el Niño Jesús se iba sobre las alas del angelito, ahora más grande, más inmenso; Luis Ángel quedó maravillado, y sin salir del asombro los observó extinguirse en el resplandor pirotécnico de la noche oscura.

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Alberto Morán