Los regalos navideños recibidos por algunos presidentes

Los regalos navideños recibidos por algunos presidentes

Los regalos navideños recibidos por algunos presidentes. Foto: Cortesía

Todos los presidentes de este o cualquier país suelen recibir obsequios durante su mandato por diversos motivos. Sus homólogos, embajadores, amigos políticos de afinidades ideológicas y los que no también, artistas, intelectuales, empresarios y, por supuesto, los ubicuos chupamedias y cabilderos que buscan favores a cambio, suelen entregar obsequios a los primeros magistrados. Eso es una costumbre aquí, en Estados, Unidos, en Rusia, en China y hasta en Kurdistán.
En la historia venezolana existen numerosos episodios y testimonios que dan cuenta de los obsequios extraños y curiosos que recibieron algunos de nuestros presidentes durante sus mandatos, así como de sus reacciones una vez que abrieron los empaques y desanudaron los consabidos lacitos. Todos ellos están registrados en la memoria del anecdotario nacional.

Por ejemplo, siempre se ha dicho que del primer lote de neveras marca General Electric que llegó por el puerto de La Guaira por allá en 1926, fue escogida una – la que tenía por supuesto menos raspones por el largo viaje en barco – y la enviaron directamente al despacho del Benemérito Juan Vicente Gómez ubicado en Maracay, ciudad donde estaba el bunker desde el cual el caudillo andino controló al país durante gran parte de su prolijo mandato.

Como sucedía a menudo en esos tiempos de presos con grillos en los pies y de exilios voluntarios: toda novedad que llegaba al país tenía que ser presentada primero al presidente antes de exhibirlas para le venta en las vidrieras de las tiendas de Caracas o en alguna otra ciudad del interior. Las neveras no fueron una excepción, por lo que su importador, que había sido el Almacén Americano de Williams Phelps, debió someterse a la liturgia oficialista de rigor que establecía presentar ante el dictador aquella maravilla y explicarle, además, su funcionamiento.

Cuentan que el patriarca de los Phelps evadió su presencia en el acto y delegó la responsabilidad de aclarar las virtudes del refrigerador en uno de sus vendedores estrellas, pues quería evitar que Gómez no entendiera su enrevesado español.

Los testigos presentes en el acto comentaron que Gómez al ver la nevera en su despacho fijó la mirada en el logo de la General Electric que estaba adherido en la parte superior izquierda de la puerta del aparato. Se dice que no apartó ni un solo momento sus ojos de lince de ese monograma identificativo mientras duró la explicación. Una vez que el vendedor terminó su exposición, el Benemérito, con su habitual parsimonia, le dijo lo siguiente: “Mire, le agradezco el regalo pero me da la impresión que se equivocó de destinatario. Esa nevera es para el General Electric, llévesela por favor a ese digno militar y dígale al señor Phelps que si desea regalármela me traiga una que diga General Gómez. Ah, y que le ponga además en la puerta unas charreteras verdaderas”.

De Antonio Guzmán Blanco, por ejemplo, se dice que en una ocasión el embajador de Francia le obsequió al llamado Ilustre Americano – quien era un adicto francófilo – una cajita enchapada en oro para el rapé (tabaco molido aromatizado) cuya tapa llevaba impresa en alto relieve la imagen de Juana de Arco. Guzmán agradeció el presente, pero le hizo saber personalmente al diplomático que hubiese preferido la imagen de su esposa, Ana Teresa Ibarra, en la tapa de la caja para llevarla siempre consigo.

Isaías Medina Angarita fue el primer presidente venezolano que realizó un viaje oficial a los Estados Unidos. Allá lo recibió su homólogo Franklin Delano Roosevelt en los tormentosos momentos de la Segunda Guerra Mundial. Se dice que Medina llevó a la tradicional cena de recibimiento una muestra de artesanías andinas que entregó a Roosevelt, y éste, en reciprocidad, le dio una daga de oro con su nombre estampado en un costado pero con un insólito error: en vez de tener escrito Isaías correctamente, aparecía Easy, que en inglés significa fácil.

La gira terminó sin inconvenientes, pero cuando el presidente venezolano venía a bordo del avión que lo trajo de regreso al país, miró la daga y llamó a su canciller Caracciolo Parra Pérez, a quien le dijo: “Quédese usted con esta vaina, el toche de Roosevelt cree que yo soy un gocho fácil”.

Rómulo Gallegos no tuvo mucho tiempo en el poder para recibir regalos, más bien lo que obtuvo en el breve lapso de su mandato fueron conspiraciones y decepciones. No obstante, ya estando en el exilio, en la Habana, adonde fue a parar luego que lo derrocaron los militares encabezados por Carlos Delgado Chalbaud, llegó un día a su residencia una curiosa caja bien empaqueta procedente de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, que contenía una estatuilla con el símbolo de ese prestigioso centro de estudios.

El presente era el que le correspondía por haber sido distinguido con el Doctorado Honoris Causa que se le confirió justo en noviembre de 1948, mes cuando fue derrocado. Las autoridades rectorales de la Universidad de Columbia esperaron varios meses para conocer su paradero, hasta que se enteraron por su embajador en La Habana que el autor de Doña Bárbara residía en la capital cubana.

Todo lo contrario en este sentido fue Marcos Pérez Jiménez, quien sí tuvo tiempo para dar y recibir regalos. De éstos últimos se hizo famoso el que le otorgó por los “favores concedidos” la empresa Creole Petroleum Corporation: una motocicleta marca Halley Davison de alta cilindrada parecida a la que manejaba el actor James Dean, la cual el general de Michelena se llevó a la isla La Orchila, lugar donde al decir de propios y extraños organizaba unas francachelas de antología. Existen testimonios gráficos de esa isla en las que aparece Pérez Jiménez persiguiendo mujeres extranjeras con esa soberbia motocicleta.

Rómulo Bethancourt fue un presidente muy reticente a recibir regalos. Y no le faltaba razón, ya que en su mandato estuvo hostigado por la subversión armada de los años sesenta, de modo que para él abrir un paquete era un grave riesgo así estuvieran bien envueltos y con el nombre del remitente. El atentado con bombas en Los Próceres del que salió con las manos quemadas lo llevaron a tomar precauciones.

Los mandatarios que lo conocieron sabían algunos de sus gustos personales, sobre todo los literarios, y solían sorprenderlo con libros. De igual modo, estaban enterados de su afición de fumar tabaco en pipa, por lo que casi siempre le llegaban de todas partes cachimbas de diferentes formas que le agrandaban el ego. Cuentan que John Kennedy en su visita a Caracas a principios de los años 60 le trajo una pipa como regalo. Otro que le envío una fue el célebre primer ministro inglés Sir Winston Churchill.

Que se sepa Bethancourt nunca puso objeciones a los presentes que recibía de las distinguidas personalidades que lo conocían. Su mayor extravagancia al respecto era que toda pipa que llegaba a sus manos, pipa que ordenada ensalmar o curar, labor ésta que la cumplía a pie juntillas el Negro Encarnación, el popular personaje adeco que por muchos años fue el portero de la sede nacional de Acción Democrática en Caracas. También era proverbial su actitud de quebrar sus fumarolas en la mesa de su despacho cada vez que agarraba una arrechera, sobre todo cuando éstas provenían de los cuadros juveniles disidentes de su partido. Las cánulas de las pipas que rompía le quedaban en sus manos quemadas.

Del presidente Rafael Caldera se conoció que durante su primer mandato recibió en su despacho a la pareja de sexólogos norteamericanos Master y Johnson, autores de un best seller en los años setenta que causó furor en los medios intelectuales y universitarios. Los sexólogos le obsequiaron el libro con una dedicatoria, no obstante, colaboradores cercanos del presidente Caldera comentaron después que éste ni se molestó en leerlo. Luego se supo que el polémico texto, cuyo contenido era irreverente para un militante del Opus Dei, le fue enviado a través de terceros a Rodolfo José Cárdenas, dirigente nacional de Copei, quien en esos tiempos se había granjeado la fama de ser un casanova impenitente. Los copeyanos viejos dicen que el libro de marras lo conserva como una reliquia Andrés “Pepi” Monte de Oca.
Tal vez uno de los más polémicos obsequios navideños entregados a un presidente venezolano haya sido el que recibió en la navidad de 1988 Carlos Andrés Pérez de manos de Fabio Ochoa Restrepo, el padre de los hermanos colombianos Fabio, Jorge Luis y Juan David, fundadores del célebre Cartel de Medellín, organización dedicada al tráfico de cocaína y que operó en Colombia hasta 1992. A principios de diciembre de 1988, una vez electo para ejercer su segunda presidencia, Carlos Andrés Pérez recibió en San Cristóbal una bella yegua bautizada con el nombre de Porcelana, la cual para ese momento estaba valorada en 20 millones de pesos que equivalían a cerca de 80.000 dólares aproximadamente.

El valioso equino fue un quebradero de cabeza no solamente para Carlos Andrés Pérez, sino incluso para su partido Acción Democrática, toda vez que sirvió de argumento para sospechar que había una relación con los hermanos Ochoa a quienes se les señalaban de financiar la campaña electoral del líder político. Carlos Andrés fue un furibundo amante de los caballos y solía en sus tiempos libres montar en algunas de las haras que se encontraban en Caracas o en Maracay, así como en las fincas de sus amistades ubicadas en el estado Táchira, en especial en la ciudad de Rubio, donde nació y vivían algunos de sus descendientes.

A finales de su primer mandato, y en plena campaña electoral que, como es conocido, en nuestro país se suelen realizar en diciembre, Carlos Andrés Pérez recibió la visita de su homologo norteamericano Jimmy Carter, quien permaneció dos días en nuestro país. En el intercambio habitual de presentes, y durante un acto que tuvo lugar en el Palacio de Miraflores, Jimmy Carter puso en manos del Gocho una caja de cartón de lujo que llevaba impreso en alto relieve en su parte superior el logo de la antigua empresa procesadora de maní y otros derivados de este cacahuate de la familia del presidente norteamericano. Nuestro presidente en reciprocidad le dio un cuadro de nuestro artista cinético Jesús Soto.

Cuentan que Carlos Andrés Pérez dejó el obsequio de Carter en el escritorio de su despacho en Miraflores por varios días y no había mostrado mayor curiosidad por abrir la caja y descubrir su contenido, hasta que en el tradicional agasajo para los periodistas de la fuente de política, que por tradición tenía como escenario su oficina, el reportero J.J. Lossada Rondón, conocido como el Gordo J.J., y quien por años cubrió para el diario El Nacional las noticias palaciegas, expresó que el buen whiskey se debe tomar con buen maní.

CAP escuchó al reportero y recordó la caja con el maní de factura Premium que la Familia Carter suele producir en cantidades mínimas y exclusivamente para clientes de alto nivel económico. Fue hasta su escritorio, tomo la caja y se dirigió a donde estaba Rondón.

– Tome, Jota Jota – le dijo al reportero quien no ocultó el sorpresivo regalo.

– Esto me lo dio Jimmy Carter cuando estuvo aquí. Usted tiene razón. Un whiskey es mejor con maní. Disfrútelo que a los gochos no nos agrada el maní sino el casabe andino.

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Vinicio Díaz Añez