La venganza del pintor (Cuento, Alberto Morán)

La venganza del pintor (Cuento, Alberto Morán)

 

 

               El afamado pintor Martín Beltrán se propuso seguir a la mujer y confirmó su sospecha; vio que, en la esquina, no muy lejos de su casa, le paró un vehículo que le pareció haber visto antes; ella miró a los lados con recelo, subió y estrechó rapidito los labios contra los del chofer, el auto arrancó sin apresuramiento. El pintor se mantuvo detrás expectante, a veces se le aproximaba en el carro que le prestó a un amigo para que no lo reconocieran, para que nadie sospechara que se trataba de un esposo herido en su orgullo de hombre, que llevaba la pistola en el cojín dispuesto a cobrar con sangre la infidelidad de su esposa, Elida Rodríguez que, acaramelada en el auto que iba delante, descansaba la cabeza en el hombro de Gonzalo Perdomo, un docente de la comunidad con quien recientemente mantenía un furtivo romance. 

Martín Beltrán tocó el freno, casi se “come” el vidrio, giró, el caucho trasero rozó la acera, el frenazo de un vehículo que por poco lo choca sacudió el sector; el artista siguió imperturbable, ahora él se “tragaba” un pare, por fortuna, sin graves consecuencias; el pintor nada más veía estremecido por un temblor en todo el cuerpo, el automóvil donde viajaba la traición rumbo al motel “La Potra Salvaje”. Una obstrucción vehicular hizo detener los carros y Martín Beltrán vio, a través del vidrio ahumado vencido del auto de los amantes, como el docente Gonzalo Perdomo se volteó hacia Elida Rodríguez y le sacaba de raíz los besos que hasta ese día pensaba que solo le pertenecían a él.

Beltrán tomó la pistola, intentó abrir la puerta del vehículo, bajarse y acabar de una vez con aquella amargura que lo destrozaba por dentro, que lo consumía vivo, que le hacía tiras sus sentimientos como una uña desgarra alevosa la cáscara de una dulce mandarina, pero los carros arrancaron y el artista cerró la puerta. Gonzalo Perdomo soltó a Elida Rodríguez. La cola siguió y Martín Beltrán comenzó a considerar la posibilidad de vaciarles la pistola en el momento que desembarcaran en el estacionamiento de la habitación. “Sí, eso haré”, pensó y forzó un rictus vengativo similar a una sonrisa. Antes quería mirarlos a la cara, que lo vieran bien, que se enteraran por qué los iba a matar, que sintieran, aunque fuese unos segundos previos a la muerte, el sufrimiento que él sentía viéndose traicionado detrás de ellos en una vía que los conducía a todos directo al infierno del amor y la traición.

Los carros entraron al motel. Martín Beltrán se quedó detrás con prudencia, los vio girar al estacionamiento de una habitación con la luz verde encendida. El artista calculó que descendieran del carro, avanzó un poco más y les llegó cuando iban a bajar la Santamaría, para quedar escondidos con todo y vehículo en el discreto lecho de los amores de contrabando.

– ¡Elida!¡Gonzalo! –los llamó con voz baja, cortante, filosa, hiriente de rencor. Elida Rodríguez al verlo, se suspendió con una violenta aspiración de la cintura para arriba, pareció levitar mientras se llevaba las manos a la boca. Gonzalo quedó con la vista congelada sobre Martín mirando la mano temblorosa del hombre burlado, lesionado en sus sentimientos. Mirando el orificio de la pistola por donde saldrían las balas que les desgarraría a ellos la piel, la carne, los órganos, la conciencia.

La rabia le hizo expulsar a Martín dos lágrimas lentas que le avivaron la amarga aflicción de su rostro, viró los labios, tensó los músculos del cuerpo levantando el arma en dirección a Elida Rodríguez, pero un manotazo le arrebató la pistola. Tres vigilantes del motel le saltaron encima y se lo llevaron en un duro forcejeo a la administración bajo la amenaza de entregarlo a la policía. Elida Rodríguez y Gonzalo Perdomo abordaron el auto y huyeron a toda marcha.

El administrador, empleados y vigilantes, se fajaron en una discusión con el pintor, hasta advertirle que abandonara el lugar sin más inconvenientes, de lo contario, se verían obligados a entregarlo a la policía. Martín Beltrán con la indignación intacta, se marchó consciente de que, en realidad, ya no le valía de nada seguir discutiendo, si los culpables de su desgracia no estaban ni al alcance de su vista ni a la distancia de dos proyectiles.

Elida Rodríguez se quedó a vivir con Gonzalo Perdomo, Martín se internó en su taller de pintura.  Y no tardó mucho en anunciar una exposición a cielo abierto en la Plaza Bolívar de la comunidad.

La exposición tuvo muy buenas críticas, pero desató fuertes comentarios en el sector. Martín Beltrán reía gozoso. La gente de diferentes estratos sociales de la comunidad llegaba y se posaba frente a una de sus pinturas y no paraba de reírse y hacer comentarios burlones.

Durante la exposición, Gonzalo Perdomo llegó a la Unidad Educativa y enseguida lo llamaron de la dirección. La directora lo esperó con una carta en la mano. El docente la tomó, la leyó girando la cabeza de un lado a otro sin poder creer lo que leía.

– ¡¿Qué ocurrió?! ¡¿Qué esgrimen para despedirme?! –preguntó con admiración.

– ¡Ah! ¡¿Y no lo sabes?! ¡¿No has estado en la exposición de pintura que el artista Martín Beltrán tiene en la Plaza Bolívar?!

– ¡No, no! Yo no tengo ni quiero tener ningún tipo de relación con ese señor –respondió desconcertado el docente.

-Me extraña que no lo sepas, eso lo sabe toda la comunidad, es más, es tanto el escándalo que llegó hasta el Ministerio.

– Pero ¿qué ocurre?

-Mejor ve a la Plaza Bolívar y entérate personalmente. Y vamos a dejarlo hasta aquí, tengo que atender a un grupo de representantes que te están protestando y no te quieren ni cerca de la Unidad Educativa.

Perdomo corrió a la plaza y encontró a Martín Beltrán riendo y festejando con vecinos de la comunidad su obra titulada: “La docente de los cuernos afilados”; la pintura se trataba de Gonzalo Perdomo maquillado como una mujer, y vistiendo un traje femenino de gala azul luciendo una enorme cornamenta de venado sobre su cabeza.

La gente que conocía al docente calló y se echó para atrás. Martín desencajó del cuadro una foto tipo carnet de Gonzalo Perdomo que encontró en un bolso de Elida Rodríguez, y se le fue encima a su rival escarbando debajo de la camisa y apretando la cacha de su pistola en la cintura.

Gonzalo Perdomo y Martín Beltrán frente a frente se miraban sin pestañar, sus ojos de odio irradiaban un destello que hizo más tensa y reverberante la mañana.

-Estoy desarmado –dijo Perdomo con vos pausada, pero sin ningún atisbo de miedo en el pronunciamiento de sus palabras.

-Escucho propuestas de varones –dijo Martín Beltrán, firme, decido, dispuesto a todo, en ese mismo instante de ser posible.

-Nos vemos el domingo a las ocho de la noche en la Doble Vía –dijo Gonzalo Perdomo también firme, decidido.

-Duelo como en el oeste americano en pleno siglo XXI –ironizó Martín Beltrán.

-Los hombres son hombres en cualquier siglo –respondió Gonzalo Perdomo tajante.

– No puedo esperar tanto tiempo, tengo que matarte ahora mismo – aclaró Martín Beltrán.

-Necesito un arma, no soy hombre de armas- dijo el docente.

– Bueno, la verdad es que yo tampoco mato cabrones desarmados – dijo el pintor ansioso de que llegara el día. Esperemos el domingo y vas porque la próxima vez, te mato donde te encuentre.

Gonzalo Perdomo dio la vuelta en medio del bisbiseo de la gente, que escuchó y vio con el odio y la determinación con que se miraron y se hablaron.

Lo más duro para el docente fue contarle a Elida Rodríguez lo de la pintura y el duelo a muerte que le propuso su exmarido. La mujer se negó de plano.

– ¡Es una estupidez!

-Después de esa pintura, no puedo hacer otra cosa. Es ese cornudo o soy yo.

-Se la hicimos Gonzalo, por Dios, reflexiona –dijo Elida intentando que desistiera de la idea y entendiera la reacción de Martín Beltrán herido en su orgullo de hombre.

– ¡¿Y qué me quieres decir con eso, que tengo que calarme a ese cabrón toda la vida?! –ripostó el docente.

-Por favor, seamos conscientes, además, yo no dejé a Martín para quedar viuda por reacciones violentas de un machista –dijo ella nerviosa y evitando caer en un arrebato de ira.

-No tengo más alternativa –dijo el docente argumentando que dio la palabra de hombre y no iba a quedar como un cobarde.

-Si tienes más alternativas –lo contrarió ella.

– ¡¿Cuál, dime cuál?! –preguntó él.

-Vete de viaje.

– ¡No! ¡Nunca! –reaccionó Gonzalo Perdomo impenetrable.

– ¡No seas estúpido, chico! –volvió a decir ella impotente, viendo que no lograba persuadirlo.

-Te repito: ¡ese cabrón no me hará a mí la vida imposible! –dijo Gonzalo Perdomo indignado…

-Le quitaste la mujer ¡no! –le volvió a recordar ella-. ¿Te parece poco?

– ¡¿Es que lo vas a defender?! Si quieres te regresas con él ¡ya! ¡De una vez!

– ¡Por favor, Gonzalo! No seas infantil, además bien sabes que no puedo regresar.

– ¡Por favor ¿qué?! –respondió Gonzalo Perdomo desafiante, pero Elida no se dejó arrastrar por la rabia de él y siguió en tono conciliador.

-Vete de viaje, tienes visa, pasaporte, todos tus documentos en regla. Si de verdad me amas, vete. Te instalas, yo arreglo mis papeles y te alcanzo.

A las ocho en punto del domingo en la noche, tal como estaba previsto, Martín Beltrán, ahora en su vehículo, aparcó en la llamada Doble Vía, un tramo de carretera poco concurrida; empuñó su pistola y enseguida divisó las luce de un carro en sentido contrario que, por la hora, no le cabía dudas de que se trataba de Gonzalo Perdomo.

El auto le llegó a cierta distancia. Martín le apagó y le prendió las luces. Y Gonzalo Perdomo le respondió también apagando y prendiendo las luces, mientras bajaba el vidrio. “Ah y vienes a una cita con la muerta de lentes y gorra de pelotero, seguro que quieres impresionar a San Pedro”, le dijo el pintor. Gonzalo Perdomo no respondió.

Martín Beltrán estaba enardecido, ansioso por disparar, “a los tres cambios de luz el que dispare primero” le gritó, “así que vete despidiendo de los cuernos de esa zorra, porque si no fuera porque te haré el favor de matar, te darías cuenta de que ella te hará lo mismo, te pegaría el cacho parejo, pedazo de cabrón”.

Gonzalo Perdomo tampoco contestó y, conservando su serenidad, sacó una mano por la ventana del auto y la empuñó con el pulgar levantado en señal de aprobación.

“No te deja hablar el miedo, ¡cobarde!”, le gritó Martín Beltrán impaciente y comenzó la cuenta: un cambio de luz, dos cambios de luz; estás a un cambio de luz con vida, si quieres dejarle dicho algo a la puta de tu amante, me lo dices y yo se lo comunico…

Gonzalo Perdomo seguía en silencio…Martín se quedó pensando con la cacha de la pistola empuñada, mientras unos puntos de sudor le comenzaron a brotar de la frente; de repente, hizo el tercer cambio de luz. Ambos listos con las puertas abiertas, se lanzaron de los carros violentamente; otra vez frente a frente, ahora envueltos por el velo tenue de una noche fría como la misma muerte; Martín Beltrán disparó primero, acertó. Gonzalo Perdomo se fue de espaldas y lo contuvo su vehículo, se trastabilló, caminó hacia adelante, dio media vuelta y cayó largo a largo bocarriba en el asfalto con la gorra a un lado.

El pintor hizo otro tiro, otro, otro. Dejó de disparar, se acercó cauteloso, lleno de miedo, de incertidumbre; miró, remiró, observó bien, no lo podía creer, estaba estupefacto, intentaba inútilmente convencerse de que ese que estaba tendido en la carrera no era Gonzalo Perdomo, sino su ex esposa vestida con la ropa de su amante, que a esa hora esperaba una llamada de ella ya instalado en el exterior. 

 Martín Beltrán le quitó los lentes, Elida aún con los ojos semiabiertos lo miró y le dijo:

-Perdóname. Y él reteniendo un copioso invierno en sus pupilas y represando un grito de dolor en la garganta, dijo:

-Me traicionaste.

-Pero aquí estoy pagándote la traición.

– ¿Por qué me engañaste? –preguntó él más desesperado por saber el porqué de la infidelidad de ella, que por haberle disparado.

-No sé, -dijo Elida Rodríguez y volteó los ojos, hizo una arcada que la sacudió toda, tosió y expulso un chorro de sangre por la boca.

-Si sabes –le gritó el esposo-. Dime, pero Elida quedó en silencio.

Martín Beltrán comenzó a estrujarla y a preguntarle con insistencia en medio de un llanto desenfrenado: ¿por qué me engañaste? ¿Por qué me engañaste? ¿Por qué, si nos amábamos tanto?, pero ya Elida Rodríguez no lo escuchaba, acababa de fallecer.