El que no come no vota (Javier Sánchez)

El que no come no vota (Javier Sánchez)

 

María se mecía en su chinchorro en la enramada de su rancho en el barrio Chino Julio al norte de Maracaibo, empujándose con su pie a un tablón y escuchando a lo lejos un vallenato que sus paisanos amanecidos en sus patios tarareaban.

¡Parate! que son las seis de la mañana y por ahí anda el bus rojo recogiendo a la gente a la que van a llevar a votar, le repetía Tirso su compañero que saboreaba el último trago de cocuy de la botella que le habían regalado sus camaradas del comando de campaña del partido de gobierno para celebrar el triunfo electoral con anticipación.

El domingo había amanecido fresco con amenaza de lluvia y por la mente de aquella mujer indígena pasaba cualquier cosa, menos ir a sufragar como lo había hecho en otras oportunidades. Su compañero insistía y ella al final le respondió que no iría a cumplir con su deber porque le había tomado la palabra al dirigente Diosdado Cabello que días atrás, según ella, habría dicho: «el que no come no vota» y como llevaba junto a sus hijos días – hasta meses – comiendo una sola vez al día y a veces solo arepas o espagueti sin salsa de los que trae la caja Clap, tenía el estómago pegado al espinazo y no se acercaría a la urna de votación porque se podía desmayar en la cola.


No se levantó de la hamaca, mientras el cornetazo de los autobuses sonaban cada vez más fuerte invitando a la gente a abordarlos para llevarlos a los centros de votación para que cumplieran con el llamado que le hicieron los candidatos propuestos por el partido de gobierno o por los de los llamados «alacranes» que son aquellos que traicionaron a la oposición y se fueron al otro bando «por un puñado de oro» como dice la conocida canción mexicana.

Por la mente de María solo pasaban los precios de los alimentos que el dueño del abasto de su sector había colocado en las últimas 48 horas y que cada 24 cambiaba de acuerdo a como se movía el precio del dólar. Un kilo de carne cuatro millones, un cartón de huevos tres millones, un plátano 150 mil bs, un kilo de tomate 800 mil bs, un kilo de queso tres millones ,un paquete de harina Pan un millón y uno de arroz 800 mil bs.
Ocho productos de la canasta alimentaria cuestan actualmente 18,74 dólares y el aumento de salarios fue pulverizado por el alza de precios.

Atinó a calzar sus cotizas para ver si conseguía una bolsa de leña que ante la falta de gas doméstico ahora la venden hasta en Bs 300.000 para ver qué montaba en el fogón para sus hijos y «matar» el hambre ese seis de diciembre.

Luisa su vecina, la llamó insistentemente a la puerta de su rancho para que la acompañara a cumplir con el proceso electoral pero le repitió muchas veces que no estaba en condiciones de salir porque estaba débil igual que sus hijos, porque no se habían alimentado bien en las últimas semanas.

Pasó toda la mañana pensando que hacer de comida porque lo que le había dejado el marido no le alcanzaba para nada y tal vez sería otro día más de hambre.
Al poco rato su vecina regresó del centro de votación y le dijo: amiga, anda a votar que te da tiempo, no hay casi nadie y además tú estás confundida porque Diosdado no dijo eso que tú dices que «él no come no vota», sino al revés: «el que no vota no come», ¡Chica! y si no votamos no comemos le repitió varias veces.

María le respondió con ira: ¿Más? No prima, si llevo semanas y creo que meses, comiendo arroz solo y una sola vez al día y a veces yuca o plátano sin más nada, porque la caja Clap no llegó más nunca y ni siquiera para estos días que hay elecciones. Votéis o no votéis cada día coméis menos amiga, o es que no te habéis dado cuenta chica, le replicó.

Para nadie es un secreto que
entre los síntomas más dramáticos de la crisis económica venezolana están la escasez de alimentos y los estragos causados por el hambre desde los barrios urbanos hasta los asentamientos rurales en las fronteras del país.

La vida en Venezuela se ha polarizado, ya no entre chavistas y opositores como era hasta hace unos diez años atrás, sino entre la población que logra sobrevivir a la crisis diezmada por una realidad que golpea cada vez con más fuerza y no da tregua desde 2014, cuando se inició el desgaste progresivo del país y los llamados «enchufados» aquellos que de alguna manera se pegan al gobierno y disfrutan de sus mieles.

Como María, miles de miles de venezolanos no ven en unas elecciones parlamentarias una solución a sus principales problemas.

¿A Diosdado le importará si yo voto o no con hambre?, Se preguntó María de regreso a su chinchorro porque se sintió mareada y se respondió al mismo tiempo: yo creo que no.