El efecto Cuba y el final del camino democrático (Por Nirso Varela)

El efecto Cuba y el final del camino democrático (Por Nirso Varela)

El triunfo del gobierno en las recientes elecciones parlamentarias, ha sido contundente y decisivo. Seis millones de venezolanos aprobaron con su voto, la destrucción total del país. Esa cifra representa el 20% de la población y el 30% del Registro Electoral. Para el gobierno, sus seguidores y aliados internacionales, son números  más que suficientes, lícitos y moralmente aceptables.

 Después de 20 años en el poder, el triunfo les garantiza que las presentes generaciones de venezolanos y las que están por nacer, jamás conocerán ningún  diputado, presidente de la república,  gobernadores ni alcaldes, que no sean del partido de gobierno. Nadie será de oposición. Con la Asamblea Nacional de 2015,  se perdió el último vestigio de democracia. 

¿Cómo llegamos al final del camino en tan sólo dos décadas, después de 40 años de fructífera democracia representativa, responsable y alternativa? Ante todo, el efecto Cuba. Fidel Castro encontró en Venezuela  un terreno demasiado fértil, en la inconsistencia ideológica de sus nuevos gobernantes, circunstancia que utilizó, para urdir y lleva a cabo, sus veladas intenciones. Tenía en sus manos unas mil firmas de eminentes intelectuales venezolanos (al menos otros 10.000 no alcanzaron a firmar), que en 1989 lo aclamaron como ídolo indiscutible del mundo, y una década después, en 1999, esos  mismos intelectuales se mataban entre sí.

Y Fidel, inteligente,  audaz y cínico,  protagonista de la Guerra Fría,  triunfador contra el imperialismo norteamericano, burlador de la CIA, del Pentágono y la Casa Blanca,  que como dictador de Cuba vio pasar en 60 años por la presidencia de los EEUU, a  Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, y vería a Bush hijo y Obama durante el chavismo, percibió en los personajes públicos venezolanos, unos muchachitos de pecho.

 Hugo Chávez le abrió todas las puertas del Estado, del gobierno y de su corazón. Y los aduladores de Chávez, sin personalidad ni autoestima, enfermos de poder y fortuna, cambiaron según el péndulo de los desvaríos ideológicos del presidente, que unas veces era cristiano y otras ateo comunista. Más sus ínfulas de patriota, bolivariano, historiador de mil luces, orador, filósofo, economista, internacionalista, pelotero, excandidato a guerrillero, iluminado y panfletista de  su breve y fallida escaramuza militar del 4F 92. Fidel manejó magistralmente su indefinida personalidad, sintió los remesones de la tambaleante democracia venezolana, percibió los egos y prepotencia de los adversarios de Chávez y actuó con perspicacia en cada uno de los escenarios. El poder real se instaló en Cuba.

Luego las arengas de odio y resentimientos de Chávez contra sus adversarios, a quienes consideraba sus enemigos. Lo hizo durante años en los “aló presidente”, donde además se administraba la Hacienda Pública, y surgió la nefasta expresión “socialismo, patria o muerte” de la que posteriormente reculó, cuando se vio en trance de morir. Puso en práctica una intensa propaganda a nivel internacional, con recursos del Estado, para hacer creer que él, Chávez, era una “divinidad”, imagen y semejanza del distorsionado juicio que poseía sobre Simón Bolívar.  Venezuela se convirtió en un campo de batalla verbal,  entre figurines adversos y afines a Chávez , y las pasiones se exacerbaron con el paro petrolero de 2002. Por tal aberración, Chávez comenzó a ganar adeptos entre las filas contrarias.

Todo esto trajo como consecuencias el odio que se profesan los venezolanos entre sí. La extinta oposición es la mejor muestra de esta aseveración, con su guerra de egos, que les impidió ponerse de acuerdo en las estrategias esenciales. Fascinados por Chávez,  millones de conciencias se vendieron por comida en los puntos rojos, mientras aumentó la fragilidad ética de empleados públicos, extorsionados y extorsionadores, chantajeados y amenazados, bajo el gozo de las elites de poder, funcionarios corruptos y familias enteras enchufadas.

Se suman a la fascinación, algunos militares cobardes y vendidos (no las FAN como institución), intelectuales resentidos izquierdistas, que perdían la compostura en los actos públicos donde asistía Chávez, aquellos  serísimos “ultra” de la era puntofijista, muy juntitos ahora con colectivos que gozan de inmunidad, impunidad, armas y motos,  a quienes todos temen, conocen y obedecen.

Y lamentablemente, hay que admitirlo, mucha gente que a diario vemos y contrastamos en la calle. Hombres y mujeres muy pobres, ignorantes e inmorales, que venden el futuro de sus hijos por poca cosa. Son  una ínfima parte de  la población, capaces de pasar por encima de sus propias miserias, del sufrimiento de sus enfermos y sus niños desnutridos, de sus  familias mendigas y muertas de hambre, o de los cadáveres de quienes ven morir a diario. Gente que habitan en los campos de concentración de los barrios más humildes y peligrosos del país, y   aún tienen la bajeza de defender a sus opresores.

Chávez llegó a sumar hasta 8 millones de votos en 2006. Pero luego vinieron sus primeras derrotas electorales y el desgaste de sus parloteos, con la implementación de las comunas como forma de organización y control social, poniendo al desnudo, el verdadero destino que deseaba para Venezuela: socialismo a la cubana. Antes de morir, preguntó en un consejo de ministros, ¿…y dónde están las comunas?

Idea abyecta que sus sucesores supieron disipar. Hoy campea en Venezuela el capitalismo salvaje, la hiperinflación, el dólar paralelo galopando a sus anchas y una abstención electoral superior al 80%. Por ahora, la abstención no le hace mella al gobierno, a pesar que los  indicadores oficiales  definen a un  pueblo estúpido e ignorante; un 80% que rechaza al gobierno y no participó, y un 20% de parásitos y borregos, sin sentimientos por lo propio, la familia y la descendencia. Una situación extrema de Síndrome de Estocolmo. Un pueblo  que se come a sí mismo como  pirañas, antropófagos o caníbales. Un pueblo sin identidad histórica con absoluta ignorancia para autodefinirse. Es el pueblo concebido por los “cerebros” del régimen para perpetuarse en el poder.

La abstención dejó de ser  una forma efectiva de pronunciarse en unas elecciones donde el oficialismo no tiene rivales. Los alacranes que se prestaron para secuestrar los símbolos de los partidos políticos, sólo pasarán a la historia por su fetidez y adulterio. Ayudaron a destruir la moral colectiva aceptando que seis millones de venezolanos avalaron el colapso del país y dejaron sin futuro las próximas generaciones. Y que el 80% de la población indujera  con la abstención, la continuidad del gobierno. Sencillamente, en Venezuela ya no hay forma de participar electoralmente. Votando o no votando, siempre se vota por el gobierno. Y esto volverá a ocurrir en los próximos comicios. Llegamos al final del camino.

Ese  “pueblo soberano”  que tratan de vender ante la opinión pública, es en realidad, un caso extremos de control social, como en Cuba. Solo que ambos pueblos reales, Cuba y Venezuela, están de brazos atados. En Venezuela la desesperación de comer algo en el día y no morir de hambre, es la primera prioridad. Pero al fin, la gente muere de simples enfermedades benignas y curables, por no poder acceder  a medicamentos. Ese pueblo que se abstuvo de votar y tratan de mostrar como satisfecho,  comprendió, que sus representantes elegidos en 2015, sólo lo llevaron al final del camino, mientras el gobierno los remitió  a desvivirse por unas dádivas.

                                                                                               [email protected]