Los pescadores sicilianos desafían el mar, el clima y las cárceles libias

Los pescadores sicilianos desafían el mar, el clima y las cárceles libias

Los pescadores sicilianos desafían el mar, el clima y las cárceles libias. Foto: Andreas SOLARO / AFP

Domenico Asaro no olvida ese día de 1996 cuando las fuerzas libias comenzaron a disparar contra su barco pesquero «Osiride», dando inicio a una persecución de cuatro horas durante la cual una bala rozó su cabeza.

La embarcación había salido de la ciudad siciliana de Mazara del Vallo y estaba pescando langostinos rojos gigantes -muy apreciados- en aguas internacionales, a unos 90 km de la ciudad libia de Misrata, cuando fue capturada. Toda la tripulación, Asaro y sus ocho hombres, pasaron seis meses en una cárcel libia.

Ahora, a los 64 años, «Mimmo», como suele ser llamado, revive ese drama ahora que 18 pescadores de esa misma ciudad del sur de Sicilia se encuentran detenidos desde hace tres meses en una cárcel de Libia tras un incidente similar al suyo. 

Se trata de historias muy familiares para los pescadores de Mazara, ya que generaciones enteras han dependido de esas aguas para su sustento, aunque ahora ven su futuro cada día más amenazado. 

Con la disminución de las poblaciones de peces y la mayor capacidad de los barcos pesqueros, sus embarcaciones han tenido que alejarse del puerto en las últimas décadas en busca de capturas más lucrativas en aguas que Libia reclama como suyas. 

Las tensiones por los derechos pesqueros entre Sicilia y sus vecinos del norte de África, en particular Libia y Túnez, se han intensificado tanto que la han llegado a calificar «la guerra de la pesca». 

«Lo peor es que los pescadores saben cuándo se van, pero nunca cuándo regresan», afirma Mimmo a la AFP mientras observa el mar desde el puerto de Mazara, donde decenas de embarcaciones marcadas por el sol y el agua salada permanecen en el muelle.

 

– «Nunca más» –

 

Los pescadores sicilianos consideran que se puede pescar en las aguas internacionales del Mediterráneo, siempre y cuando se respete el límite de las 12 millas náuticas de la costa que Naciones Unidas considera aguas territoriales de un país.

Libia, que no está de acuerdo con ese límite, reclama una mayor extensión marítima. 

Las tensiones por los derechos de pesca aumentaron desde 2005, cuando el entonces líder libio Muamar Gadafi proclamó que la zona de pesca protegida de su país se extendía a 74 millas náuticas (casi 140 km) de la costa, desafiando las reglas internacionales.

La actual guerra civil en Libia ha exacerbado aún más las hostilidades, e Italia ahora aconseja a sus pescadores que eviten la zona en disputa. 

Según el gobierno local siciliano, que cita al Observatorio de Pesca del Mediterráneo, con sede en Mazara, 300 pescadores sicilianos han sido detenidos en las últimas décadas en el curso de esa batalla por los derechos de pesca.

Unos 150 barcos han sido confiscados y el perjuicio asciende a más de 100 millones de euros (118 millones de dólares). 

La Marina italiana solía patrullar esa área para garantizar la seguridad de las personas a bordo de los barcos. Pero según los pescadores, esa misión fue suspendida por los informes que aseveran que los ataques provienen de patrulleros ofrecidos a Libia por Italia para la lucha contra la inmigración ilegal en las costas europeas.

Después del incidente de 1996, Mimmo tuvo otro en 2010. En esta segunda ocasión logró escapar de un barco militar a unos cincuenta kilómetros de la costa libia, pero los disparos le dejaron 96 agujeros en el casco de metal del barco. 

Dos años más tarde, su pesquero y lo que había capturado fueron incautados cerca a Bengasi, y Mimmo pasó una semana en prisión. 

A pesar de esas dolorosas experiencias, Mimmo, que comenzó a pescar a los 14 años siguiendo los pasos de su padre, continúa lanzándose al mar.

«Por los langostinos rojos gigantes, sí. Pero nunca más cerca de Libia», confesó.

 

– Incautación sospechosa –

 

Todo estaba listo para uno de los siete viajes al año en busca del langostinos gigantes de los pesqueros «Antaris» y «Medinea».

Suelen permanecer en alta mar entre 30 a 40 días y llegan a pescar alrededor de 35 toneladas de camarones por barco cada año.

Cada viaje a mar abierto requiere adelantar unos 50.000 euros (60.000 dólares), desde combustible hasta nuevas redes y salarios. 

Pero los camarones, esos deliciosos Aristaeomorpha Foliacea, de color rojo vivo que se encuentran a 600 metros debajo de la superficie, valen la pena, ya que aportan unos 50 euros (unos 60 dólares) al kilo al por mayor. 

Pero la noche del 1 de septiembre pasado, ante los nueve pesqueros apareció un barco de la guardia costera libia con sus luces apuntando contra ellos, mientras veloces botes de goma daban vueltas a su alrededor. 

Siete pesqueros lograron escapar, pero dos fueron capturados y sus tripulaciones encarceladas. 

«Estábamos todos allí, pudimos ver todo», cuenta Giuseppe Giacalone, de 56 años, que presenció cuando se llevaron a su hijo Giacomo junto con otros siete italianos, seis tunecinos, dos indonesios y dos senegaleses. 

«No sabía qué hacer. Hubiera preferido ir en su lugar», dice.

 

– «Liberen a nuestros pescadores» –

 

Acusados de pescar en zonas protegidas de Libia y de ingresar en la zona militar de Jalifa Haftar, hombre fuerte del este de Libia. 

El incidente ocurrió el mismo día en que el ministro de Relaciones Exteriores de Italia, Luigi Di Maio, habló con el primer ministro libio reconocido por la ONU, Fayez al-Sarraj, enemigo acérrimo de Haftar.

Según medios italianos, el mariscal Haftar quiere canjear a los pescadores encarcelados por cuatro libios detenidos en 2015 en Italia y condenados a 30 años de prisión por tráfico ilegal de personas. Pero Di Maio adelantó que no cederá al chantaje. 

Las familias están convencidas de que son víctimas de una lucha de poder, ya que Haftar presiona para proteger sus intereses económicos, sobre todo en el sector petrolero. 

«¿Y quién paga por todo eso? Los pescadores de Mazara», lamenta Giuseppe Giacalone. 

Desde que los pescadores fueron detenidos, sus familiares han ocupado el Ayuntamiento de Mazara. Allí han colgado pancartas gigantes que rezan «Liberen a nuestros pescadores». 

Otros acampan día y noche frente al parlamento italiano en Roma para pedir noticias de los familiares porque no saben nada de ellos, a pesar de las afirmaciones del gobierno de que son bien tratados.

«Las esposas de los pescadores pedimos ayuda internacional. No confiamos más en el gobierno italiano», explicó una de ellas, Paola Bigione, ante el ayuntamiento. 

Di Maio aseguró que el regreso de los pescadores a Italia es «una prioridad absoluta» para el gobierno.

– La pesca «destroza» –

 

Al mediodía, la llamada musulmana a la oración resuena por las sinuosas y casi vacías calles del centro de Mazara.

A pesar de los azulejos coloridos y alegres que adornan las paredes de la Casba, el barrio árabe, se viven meses difíciles. 

El desempleo es alto entre los 50.000 residentes y la mayoría de los que están en edad de trabajar se han mudado, ya que la época de oro de la legendaria industria pesquera, que empleaba a la mayoría de los sicilianos e inmigrantes tunecinos de la ciudad, se terminó.

En la década de 1980, la flota de grandes pesqueros de Mazara contaba con 400 embarcaciones. Hoy en día, quedan solo 80. 

Los barcos grandes ya no pueden acceder al canal desde el puerto de la ciudad porque dejó de ser dragado hace décadas.

Desde el puerto, «Mimmo» describe cuenta cómo medio siglo de vida en el mar y el tiempo pasado en las cárceles libias lo dejaron diabético.

La vida de un pescador de Mazara «te destroza», dice. 

«El agua salada destruye el metal. Imagina lo que le hace a una persona», comenta, mientras muestra el casco oxidado y desgastado de un barco pesquero.

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AFP