Letras huérfanas (Josué Carrillo)

Letras huérfanas (Josué Carrillo)

Mis escritos defectuosos han tenido o tuvieron manos afectuosas que los bañaron y entalcaron como a niños recién nacidos. Empecé en el periodismo con una pésima ortografía, tan deficiente, que treinta y tres años después, sigue cayendo en terrenos malditos. 

En los primeros tecleos vigilante estuvo, la señora, Celia, junto a la amiga y espectacular diseñadora, Mercedes Marín, luego, Maritza, Neira y Humberto. De alguna manera la vida se las ingenieba para acercármelos. Por las extintas Crítica y La Columna,  La verdad estuvieron haciendo los curetajes a mis textos. 

Ya en Panorama  los correctores eran fantasmas. Uno sabía que había vigilancia y cacería de palabras a las que se les había cortado el rostro o espacios donde una laguna hacía insalvable la transición de un verbo o dejaba sin sentido lo que debía ser una pregunta.

Algo me dijo que Neira Rosa Rosales Urdaneta estaba en ese tren de guardianas del lenguaje. 

La señora, Celia, Mercedes, Maritza, Neira, Humberto adivinaban mis caídas. Sabían de los tremendos líos con la «z» y la «s» , de cómo la «b» era un desconcierto. De tanto leer, al siguiente día, los textos purificados, pasados por el crisol de esos amigos del alma, pude comenzar a escribir seis líneas respetables. Nunca podré saber cómo se fueron borrando los errores.

A Neira hoy le escribo para dibujarle una rosa blanca. Esas mujeres quienes me han querido, Maritza, incluso, esperaban por mis textos para que la historia en verdad tuviese un parto natural.

Quemada la etapa de reportero, vino aquella de articulista en La verdad. Lesbia Coneo, esa negra de cariño maternal recibía los artículos. No era común que los periodistas tuviesen espacios para opinar, mucho menos yo, que me daba por escribir de los perros y alguna conversación en el bus. Se leía con devoción al Dr. Américo Negrete, sus crónicas de color local, sentimientos hondos, estaban solas en la pradera cundida de jalabolas del gobierno que eran las páginas de opinión de aquel entonces.

Hay un señor alto, de caminar desordenado, lentes pulcros y a media nariz, de cuyo nombre no recuerdo. También corrigió un buen tiempo mis textos de periodista.  No tengo en la mente su nombre, pero, si el recuerdo de su cara, su voz.

Tal vez este texto les extrañe. Requiera de sus inquisitivos ojos. No sé, tal vez, en lo adelante, cualquiera cosa que escriba, denotará sus ausencias. Una coma se dejará llevar por el río de lágrimas que me causa ya no estar en las redacciones donde era «una joven promesa del peridismo», donde me gocé la irresponsabilidad de vivir el hoy sin pensar en el mañana, este mañana en cual me toca andar sin ellos. 

Gracias, Celia, Mercedes, Maritza, Neira, Humberto y El flaco …. 

Josué Carrillo