Érase una vez Maracaibo (Nirso Varela)

Érase una vez Maracaibo (Nirso Varela)


Describir el lado humano de la ciudad, que se mantuvo en pie hasta hace apenas seis años, parece una evocación extemporánea. Sin embargo, en medio del prolongado descalabro social, la gente se persuade, cada día más, que en Maracaibo todo llegó a su final. No habrá vuelta atrás. A simple vista se vislumbra, tal cual corren las aguas, que las cosas empeorarán en los próximos años. Por eso, muchos huyen desesperados, vuelven por donde vinieron, a riesgo incluso de perder la vida.
Ha comenzado un tiempo donde lo habitual ha desaparecido. La población agoniza en el desespero de granjearse un bocado de comida. El afán del 80% de maracaiberos es, qué hacer, con los cuatro dólares mensuales a que han reducido, sus otrora bien remunerados salarios, por obra de quienes usurpan desde la pequeña isla. No por el bloqueo imperial. Esa vetusta versión cubana, tan vergonzosa como humillante, solo busca perpetuarlos en el poder, como en Cuba.
Todo se debe al control social. Los maracaiberos moran en una ciudad muerta, están controlados por la hiperinflación, las menudas cajas de carbohidratos clap, las dádivas del carnet de la patria, la escasez de transporte colectivo, los mortales racionamientos eléctricos, las perennes colas para surtir gasolina, los diarios latigazos del dólar paralelo, la sumisión e indiferencia de sus gobernantes, y las continuas amenazas de prisión contra los ciudadanos. Todo un informe forense.
Por eso, ni las peligrosas trochas que enlazan fronteras, ni las extensas caminatas con morral a cuesta, ni pernoctar a la intemperie con frío o con calor, ni la mortal pandemia del coronavirus, ni el desprecio que inspiren en cualquier sitio donde lleguen, son impedimento para que miles de personas tomen la arriesgada decisión de buscar en tierras ajenas, otro camino en sus vidas.
Hace apenas seis años Maracaibo aún mostraba rasgos de progreso y bienestar. Sobre las cenizas de aquella ciudad, hoy silenciosa y silenciada, se levanta la historia de un pasado reciente, a estas alturas, memorable. Lo que ayer parecía un exceso de delirio y frenesí, hoy es un caos de angustia y desesperación.
Pese a sus carencias y reclamos, Maracaibo fue un pueblo feliz. El aspecto más notable del maracaibero, era su manifiesta alegría, su inclinación por los disfrutes de la vida, la recreación, la diversión y el esparcimiento, donde todos participaban. Cada quien en su mundo. La gente viajaba a Panamá, Miami o París; a La Puerta, Paraguaná o Margarita, o iba a Quisiro, “Caimare Chico”, o “Los Bucares”.
Al referir esto, hay que recordar cómo los terminales de pasajeros en Los Haticos y en Las Delicias, y el aeropuerto “La Chinita”, estaban repletos todos los días del año. Las carreteras que conducen a Los Puertos de Altagracia, Coro, Valera, Barquisimeto, y las que van a La Cañada, Perijá, La Concepción y El Moján, parecían autopistas urbanas atestadas de vehículos que iban y venían.
En el día a día de la ciudad, todas las horas eran “pico”. Maracaibo fue una ciudad dinámica, activa, viva, alegre, entusiasta, bulliciosa y trabajadora. Un carnaval perenne donde la clase media consumía y gastaba a manos llenas, con especial énfasis en las temporadas de asueto. Esto lo vivieron y gozaron a plenitud, los operadores del letargo actual, y sus secuaces.
La extinta clase media representaba el 80% de la población en sus diversos estratos socioeconómicos, si entendemos que en los barrios vivía una alta proporción de familias acomodadas. Todos gastaban e invertían según su nivel. Los menos pudientes, poseían al menos una tarjeta de crédito bancario y un teléfono móvil. Un docente promedio de Educación Media, ostentaba varias tarjetas de crédito, vehículo y celular de alta gama. Ganaba más de 600$ al mes.
En los años de 1990, la inmensa mayoría de maracaiberos tenían residencia y vehículos propios, cuentas bancarias, créditos comerciales e hipotecarios, conexión a internet, televisión por cable, declaraban sus rentas, pagaban impuestos y servicios públicos, renovaban su identidad en la DIEX, y se divertían.
En paralelo, todas las universidades, colegios e institutos universitarios, públicos y privados, rebasaban la admisión de alumnos. El conglomerado URBE en el sector Plaza de Toros, asemejaba una feria popular intransitable desde tempranas horas de la mañana. Igual las entradas por Ziruma y “Maicaito” de la Facultad de Humanidades LUZ y los alrededores de las Facultades de Ingeniería y Medicina.
Año tras año egresaban miles de nuevos profesionales, en tanto los estudios de postgrado en las diversas especialidades, aumentaban exponencialmente su matrícula. Hay que agregar, el creciente público asistente a eventos culturales de todo tipo. La vida cultural y espiritual también se expandía. En Maracaibo circulaban 5 diarios regionales, todos los periódicos de difusión nacional, e infinidad de revistas venezolanas y extranjeras. Las librerías de la ciudad, eran sitios de encuentro de intelectuales y noveles lectores.
Llegado el nuevo tiempo, donde la “síntesis” resultante de la contradicción “tesis” y “antítesis”, es simplemente la vida en penumbras, lo que más añora la generación que vivió la transición de una ciudad a otra, es el servicio de energía eléctrica. La vida en penumbras evoca aquella ciudad que tenía en ENELVEN (la del Kilovatico) una de las empresas de electricidad más eficientes de América Latina.
En aquel Maracaibo totalmente iluminado, nunca se producían apagones ni bajones, ni se sometía a la población a la inhumana tortura de 10 horas sin electricidad todos los días, a 40º bajo sombra, ni antes ni después del sistema interconectado del Gurí. El aire acondicionado dominaba los ambientes comerciales, institucionales y privados. ENELVEN exhibía en su sede de Amparo, una impresionante flota de vehículos para el servicio público capaz de solucionar una avería en tiempo record.
En Maracaibo la gente no emigraba y por el contrario, llegaban extranjeros y venezolanos de otras regiones en busca de oportunidades. El calor no era impedimento aunque vinieran de los Andes. Se instalaban para siempre. En la ciudad existía un anticuado, pero eficiente, abundante y muy barato sistema de transporte colectivo, constituido por “carritos por puesto”, Autos Libres (taxis), microbuses, autobuses y “piratas”, que llegaban a todos los rincones.
Y no había escasez de combustible, medicinas, ni dinero en efectivo; florecían los comercios y centros comerciales, la banca, las universidades; nuevas urbanizaciones, zonas residenciales y soluciones habitacionales. Había sí, muchas cosas por hacer y reformar, tanto en servicios e infraestructura, como en educación y en la conducta ciudadana. Los típicos problemas sociales del crecimiento urbano, no habían sido atendidos en forma adecuada.
Ahora, imaginar el futuro casi sin escuelas, liceos ni universidades, solo con optimismo, resulta aterrador. Las aulas vacías son anteriores a la pandemia. Maracaibo aspiraba mejoras en el corto, mediano y largo plazo, pero los excesos de políticos enriquecidos y ambiciosos y el desenfreno de la corrupción administrativa a la vista de todos, alejaron los votantes de las urnas electorales y el “socialismo” se infiltró con sus fantasmas.
En lo más hondo de su conciencia histórica, los maracaiberos no apoyan ideas radicales de izquierda o de derecha, ideologías brutales ni líderes aturdidos y vanidosos. Pero la complicidad de políticos “opositores” de mediana estatura, legitimaron los actuales gobernantes. Y lo seguirán haciendo mientras sus intereses personales estén por delante.
Ante la debacle definitiva, la extinta clase media la asume con dolor e impotencia. Los llamados “bolichicos” y “enchufados” con morbosa satisfacción. Y la gran mayoría de maracaiberos, rezan, intercambian oraciones a través de las redes sociales, se aferran a sus creencias religiosas y esperan un milagro de Dios.