El otro señor, Rafael: Cosas de envejecer

El otro señor, Rafael (Josué Carrillo, cuento)

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A los 66 años se le declaró la demencia senil. También la llamaron el mal de Parkinson y/o el alemánEl señor Rafael estaba medio loco con señas de ir en progreso perdiendo la razón. En el pasado quedaron sus méritos: fue el paño e´ lágrimas de muchos porque «sabía de todo». Habilidoso con las manos y las herramientas. Hacía de carpintero, mecánico de autos, reparaba ventiladores y máquinas de coser. Esto de las máquinas de coser era casi como un don sobrenatural. Nadie entiende como entra la aguja y cose. Así como era de bueno para arreglar los artefactos cuando se dañaban tenía un gran corazón. Ser buena persona le ayudó a siempre tener como comer «los tres golpes» , levantar a sus tres hijos y a su hermano.

El año en que cumplió 66 comenzaron a cambiar las cosas. Su mujer había fallecido un año antes. Los hijos estaban ocupados en sus propios asuntos. Rafael llevaba una vida tranquila sosteniéndose con muy poco. En el solar sembró plátanos, guineos de Guinea, lechozas, nísperos. Una barbacoa le dio pimentones grandes, ajíes dulces y cebollas moradas. 

Con poco se abastecía. Los hijos le llevaban arroz, fideos y costilla de res. Hambre no pasaba. 

La mayor parte del día la pasaba caminando por el barrio. Al caer la tarde, buscaba su plato de comida e iba a comer sentado al borde de la cama.  Frente a él, otro señor Rafael, también comía con similares movimientos. Rafael creyó por mucho tiempo que se trataba de un espejo. Buscaba en la memoria cuándo lo compró, cuándo lo había puesto en ese lugar. 

Ayer por la tarde mientras pasaba un bocado de plátano maduro aplastado con queso rayado, el otro señor Rafael tosió, como no tenía el vaso de agua a mano se levantó y fue por el. 

¡Que verga es!, gritó lleno de asombro.  Estregó los ojos, respiró hondo. El otro señor Rafael tomó agua, le miró sonriendo. Rafael se levantó de un salto y con el plato golpéo fuertemente en la frente al otro señor Rafael. Sangró la herida.

¡Coño no es un espejo!, dijo al ver que no había vidrios. Que la cama morocha era igual a la de él, lo mismo la sábana, la almohada. El otro señor Rafael era también igual a él.

» Ya no te acuerdas de tu hermano», dijo el otro señor Rafael, el hermano gemelo quien no era tan talentoso y no sabía nada de nada,  solamente acompañarle en todas sus locuras y soledades.

Josué Carrillo