La memoria del señor David en tiempos del covid-19 (Cuento, Alberto Morán)

La memoria del señor David en tiempos del covid-19 (Cuento, Alberto Morán)

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En la semana de cuarentena flexible por el covid-19, el señor David, con 60 años y consciente de la necesidad de ejercitarse, se trazó una rutina en la que cuando no salía a buscar algún producto en la mañana para hacer el almuerzo, se iba de visita a la casa de un familiar que viviera a una distancia que le permitiera llegar -sin morir en el intento-, a un tranco que orgulloso calificaba de atleta en calentamiento. Aunque su esposa Isabel, cuando lo escuchaba reía y decía que del atleta en calentamiento no quedaba ni el arranque, porque a los primeros pasos seguía con el movimiento oscilante de una mesa con los tornillos aislados o los clavos flojos.
De todas maneras, El señor David era una persona sana que, a pesar de los años, tenía el corazón como una bombita de agua con el kit nuevo; tampoco padecía de diabetes, ni sufría descontrol en la presión arterial, ni dolor en los huesos, nada, solo sentía hambre con la mala suerte de que con esta crisis muy pocas veces tenía dinero para comprar comida y saciarse. Durante su juventud, fue un bebedor moderado hasta que conoció a su esposa Isabel; no pudo tomar más una copa de vino ni en el nacimiento de su primer hijo, bajo la cruel amenaza de que si lo hacía, no tendría oportunidad de aportar su cuota celular para fecundar el segundo, que él ya había planificado desde antes del alumbramiento del primogénito.
El señor David tenía fama –y así decían quienes le conocían- de ser un excelente conversador. Nunca se le agotaba el discurso y se ufanaba de una prodigiosa memoria en la que, a pesar de su edad, recordaba eventos de su infancia que contaba con tal detalle y precisión que parecían haberle ocurrido el día anterior. Sobre todo, los de su tío Samuel, un hombre violento propietario de un camión volteo, siempre armado de un revólver calibre 38, pese a padecer trastornos mentales, aunque controlables, pero que nunca los mantenía “a raya” con los fármacos prescritos, por su adicción al licor y a las mujeres. Un enfermo evidentemente complicado, alto fornido, bien parecido, que además hablaba con tal cordura y convencimiento, que nadie podía imaginar siquiera que sufriera alguna afección psiquiátrica.
Esa mañana, al señor David le llegó a su casa gente de improviso. Y pensando en resolver el almuerzo, contó a los visitantes mientras miraba el pote de pintura limpio, desinfectado, sin etiqueta, que había incorporado a las labores de la cocina. Y calculando mentalmente el bastimento que requería agregar el equivalente a un galón de agua a los huesos rojos que ya estaban en la olla sopera sobre el reverbero, acudió en busca de otras ramitas de cebolla y cilantro, otro pimentón y otro cubito de caldo de res.
-Ya vuelvo –dijo y se marchó a un honroso paso largo y vigoroso en las personas de la tercera edad.
Entró presuroso a la venta de verduras directo a las macollas de cebolla en rama y cilantro, acomodadas unas al lado de las otras en un improvisado mesón de madera. En ese momento, un empleado del negocio le gritó: “¡Señor, tiene que usar tapaboca!” y fue cuando cayó en cuenta de que olvidó colocarse esa valiosa prenda indispensable en la prevención del coronavirus.
El señor David pidió disculpas, tomó las verduras, pagó incluyendo el cubito que le entregaron en la caja, y regresó a su casa. Todo estaba casi listo. Solo esperaban que llegara con la cebolla y el cilantro, para añadirle al hervido el pote de agua con el cubito desmoronado y el cuajo.
En pocos minutos, sirvieron. Familiares y amigos comieron a gusto y se quedaron sentados en la mesa comentándole al señor David las andanzas de su tío Samuel. Y él sabía que lo hacían con la capciosa intención de que les contara aquellas historias reales de su pariente, que con el devenir del tiempo por lo increíble se convirtieron en simples chistes de pasillo, pero que en su momento fue la amargura de la familia. El señor David los relataba entre risas y siempre comenzaba por la anécdota que más le hacía gracia a la gente.
“Una vez, mi papá y mi tío Samuel llegaron a una casa a ‘echarse palos’, eran como las diez de la mañana. A eso de las tres de la tarde, mi padre loco del hambre, se enteró que donde estaban preparaban unas suculentas parrillas. Pidió una mixta. ‘Con todo’, dijo. El hambre hablaba por él. Media hora después, vio venir al señor con la parrilla desbordante de carne, pollo, puerco, chorizo, queso, yuca, arepas, tajadas de plátano frito, y sentado con el torso erguido a la expectativa comenzó a salivar y a tragar. Pero cuando el hombre hizo el intento de colocar la parrilla sobre la mesa, mi tío Samuel pegó un grito: ‘¡Nooo!’ ‘¡Altooo ahí!’ La gente que estaba bebiendo quedó petrificada. ‘Esto es pa’ Bobi’, advirtió y se apoderó de la parrilla, extendió un periódico en el piso y se la echó al perro”.
La gente reventó la risa y siguió sentada en la mesa esperando más chistes. “Otro día, mi padre compró una caja de cerveza y contrató a dos mujeres, para que sedujeran a mi tío Samuel y en un descuido le dieran a tomar la pastilla que le suministró el psiquiatra. No se la quería tomar y había que dársela así fuera en cerveza, esa era la orden del médico. Y las mujeres realmente le dieron la pastilla, pero se quedaron tomando con él y terminaron haciendo un trío en un motel”.
El señor David continuó sin pausa: “Mi tío Samuel era un hombre con ‘mucha sangre’ para las mujeres. En otra ocasión, llegó a un depósito de licores y se encontró que era atendido por una señora alta, blanca, de piel limpia, delicada, una mujer madura, bella, que heredó el negocio de su marido fallecido. Bebió y siguió yendo al depósito hasta que la consiguió en una disputa de más de 50 hombres distintos que bebían y la pretendían en el establecimiento todas las semanas. Estaban ‘cuadrando’ la fecha del matrimonio cuando mi padre se enteró y buscó a la señora para contarle la verdad y no la pudo convencer…Unos días después, mi tío Samuel la sorprendió con un anillo y se lo colocó delante de todos los bebedores profesándole su amor, pero después que brindaron chocando las botellas de cervezas en medio de semejante algarabía, dijo: ‘me voy’, tomó la carretilla de dos ruedas y gritó ‘cuidado atrás no vaya a ser que le llegue a un loco borracho por ahí’”, y arrancó simulando picar caucho con los pies y haciendo el ruido del motor con la boca.
La gente seguía riendo sin parar. “Una vez, tampoco hallaban como darle el tratamiento y estaba bastante mal; mi padre fue entonces al hospital psiquiátrico y convenció a dos enfermeros, para que lo apoyaran con una camisa de fuerza y de esa forma poderlo recluir. Los enfermeros se negaron, pero mi padre que también era otro hombre alto y fornido, los convenció diciéndoles que él se encargaría de dominarlo y someterlo. Ellos solo tendrían que colocarle la camisa de fuerza. Y así fue. Llegaron a la casa y, al menor descuido, mi padre le llegó por detrás a mi tío Samuel y le aplicó una llave, los enfermeros se le fueron encima y le colocaron la camisa de fuerza. Inmovilizado, lo montaron en un carro y arrancaron rumbo al psiquiátrico, pero en la vía se consiguieron con una patrulla y mi tío comenzó a gritar: ¡me lleva secuestrado! ¡Me llevan secuestrado! La patrulla con el mismo viaje giró en “U”, los interceptó enseguida y se llevó preso a mi padre, a los enfermeros, a todos”.
Con ese relato, el señor David dio por concluida la reunión y se retiró a dormir la siesta. Y cuando despertó, se quedó en la cama pensando, y en esa meditación cayó en cuenta de que ya estaba en una de edad en la que se acordaba cuando la mamá le preparaba el tetero, pero contrariamente, casi nunca recordaba en que parte, apenas unos minutos antes, había dejado la cartera, los lentes o el celular, igualmente corría el peligro de salir de su casa sin el tapaboca que la mayoría de las veces dejaba olvidado.
Con ese pensamiento clavado como una esquirla en la cabeza, decidió levantarse y se mareó. Se colocó las manos en la frente, en el cuello, se sintió caliente y llamó a su esposa. Tres meses después, el señor David le daba gracias a Dios por haber sobrevivido al coronavirus junto a sus hijos, y le pedía que mantuviera a su diestra a la señora Isabel, a quien infectó de covid-19 y sufrió la dolorosa tristeza de verla morir a su lado.

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