Se acerca Halloween y con él la pregunta: ¿por qué sentimos miedo?

Se acerca Halloween y con él la pregunta: ¿por qué sentimos miedo?

Foto: Luis Fernando Herrera

No todas las personas reaccionan de la misma manera a una experiencia que provoca cierto terror y en Halloween mucho menos

Maquillaje, películas de terror, trucos y sustos se viven los días de Halloween, disfraces de personajes con quien nadie quisiera encontrarse y escenas con las que asustar a desconocidos o amigos son algunos de los protagonistas de esta época del año y con ellos también los días de terror para algunas personas

Así como Halloween, en la vida diaria se puede vivir esa reacción que comienza en el cerebro y se extiende por el resto del cuerpo, de modo que éste se pueda ajustar a una mejor defensa o reacción.

Existen una serie de miedos, comunes en casi todos los seres humanos, como son el miedo a la muerte, a la mutilación o incluso la sensación de soledad, y muchos otros menos generalizados que solo afectan a determinadas personas, o que afectan en mayor o menor medida en función de cada personalidad, así como están los que definitivamente no sienten terror alguno y por el contrario les da placer ese sentimiento.

 

Miedo y placer

 

A lo largo de la historia de la humanidad, millones de personas han sucumbido a un placer paradójico: acercarse a lo desconocido y disfrutar con el temor que les produce.

Aunque el objetivo último de la sensación de pánico es el desasosiego, muchas personas son capaces de deleitarse con el miedo si lo experimentan en una situación controlada, por ello llenan las salas de cine cuando alguna película promete vivir el terror.

 

Estructura del miedo

 

La respuesta de miedo se inicia en una región del cerebro llamada amígdala cerebral. Este conjunto de núcleos con forma de almendra en el lóbulo temporal del cerebro se encarga de detectar la importancia emocional de los estímulos, hasta qué punto algo nos llama la atención.

La amígdala se activa siempre que vemos un rostro humano con una emoción. Esta reacción es más pronunciada con el enfado y el miedo. Un estímulo amenazador, como la visión de un depredador, provoca una respuesta de miedo en la amígdala, que activa áreas que participan en la preparación de funciones motoras que intervienen en la lucha o en la huida. Y también provoca la liberación de hormonas del estrés y estimula el sistema nervioso simpático.

Esto produce cambios fisiológicos que nos preparan para ser más eficaces ante un peligro: el cerebro se vuelve hiperalerta, las pupilas y los bronquios se dilatan, la respiración se acelera, el ritmo cardíaco y la presión sanguínea aumentan, el flujo sanguíneo y el flujo de glucosa hacia los músculos esqueléticos se incrementan y los órganos no vitales para la supervivencia, como el sistema gastrointestinal, se ralentizan.

Además, una parte del cerebro llamada hipocampo está estrechamente conectada con la amígdala. El hipocampo y el córtex prefrontal ayudan al cerebro a interpretar la amenaza percibida y participan en el procesamiento del contexto a un nivel superior, que ayuda a una persona a saber si la amenaza que percibe es real.

 

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Luis Fernando Herrera

Noticia al Día