Coronavirus de amor (Cuento, Alberto Morán)

Coronavirus de amor (Cuento, Alberto Morán)

 

Imágen de Niú

Aquiles llegó del trabajo y pasó con su bicicleta por la sala de la casa como acostumbraba, para colocarla a buen resguardo en la parte posterior de la vivienda. Silbaba la indescifrable canción que siempre silbaba cuando estaba contento.

– ¡Ay mijo!, traes el tapaboca de hallaquita, ve que ese coronavirus cada vez mata más gente.

-Me lo quité llegando, mami.

-Tienes que tener cuidado, recuerda que cuando pase todo esto, debes viajar a cuidar a tu esposa y a tu hija. Esas mujeres te adoran. Si no por mí, hazlo por ellas.

Aquiles andaba de un lado a otro entretenido con el mismo silbido. Entró a su cuarto y siguió al baño. La señora Elena se dio cuenta, porque le escuchó los “bufidos” de animal salvaje del primer pote de agua helada cayéndole en el cuerpo.

Más tarde, Elena entró a la habitación de su hijo con la comida, pero Aquiles estaba rendido en su cama aun con el cabello húmedo. La mamá no lo quiso llamar. Prefirió esperar que lo despertara el hambre. Y preocupada llevó de nuevo las arepas untadas con una pizca de mantequilla a la cocina y, vertió al termo, la taza de café negro de la mañana que recalentó para la cena. Las arepas, aparte de que se pondrían duras, ni con un microscopio de alta precisión se le podría ver en un rato una molécula de mantequilla, alimento con el que Elena, todas las tardes, se hacía la falsa ilusión consoladora de que las proveía de un suculento y jugoso relleno, aunque se tranquilizó con la certeza de que, en otros hogares a esa hora, ni habría, quizás, un grano de maíz para hacer una arepa y menos mantequilla. De todas maneras, Aquiles durmió corrido toda la noche y no “pasó bocado”.

En la madrugada, Elena despertó. Y sin poder conciliar el sueño, decidió hacer el esfuerzo de ver la hora dispuesta a levantarse. Miró el celular, pero no hallaba como penetrar la luz de la pantalla.  La señora parpadeó, se frotó los ojos, volvió a mirar y creyó ver las seis de la mañana. Le extrañó que a esa hora Aquiles no anduviese haciendo ruidos por toda la casa.  Se puso de pie y fue a su cuarto. La luz estaba encendida. Aquiles en la cama estiraba el cuello boqueando mientras su pecho saltaba con la aceleración de los sollozos de un niño llorando de veraz con sentimiento.

– ¡¿Mijo que te pasa?!

-No puedo respirar mamá.

– Pero ¿qué tienes? ¿Qué sientes? – le preguntó la señora Elena y siguió con su auscultación de madre angustiada colocándole la mano en diferentes partes del cuerpo-: ¿te duele algo?

-Sí, mami, me duele el pecho, la espalda-. Aquiles continuaba boqueando como buscando atrapar alguna partícula de oxígeno en el aire.

Elena le colocó las manos en la frente y se la sintió caliente.

-Ay mijo estos son los síntomas del coronavirus ese – se lamentó-. Te advertí que usaras el tapaboca. ¿Ahora qué hago? ¡Dios mío! No hay gasolina, la gente tiene los carros en cuatro bloques, sin cauchos, sin motor.

-Pero no tengo tos – dijo Aquiles casi sin poder hablar.

-A muchos no les da tos mijo –le aclaró la mamá mascando su dolor, triturando su desesperación, evitando ser presa de una angustia total.

– ¡Puedes oler, mijo! –le preguntó. Aquiles desorbitado negó con la cabeza y quiso decirle algo, pero su pecho hizo una fuerte contracción y las palabras se le quedaron trabadas y sin sonido en una dificultosa aspiración.

El grito de auxilio de Elena estremeció el sector. Los vecinos –algunos ya caminando por el frente de la casa de la señora en dirección a sus trabajos- se detuvieron sorprendidos. Elena en bata de dormir irrumpió al frente de la vivienda buscando ayuda.

– ¿Qué le pasa señora?, la gritaron algunos curiosos.

– ¡Mi hijo se muere!

– ¿Qué tiene su hijo?

– ¡Ay Dios mío! ¡El covid-19 ese! – dijo y la gente se paralizó.

– ¡Ayúdenme, por favor, auxilio! – gritaba la señora Elena, pero los transeúntes seguían inmóviles, petrificados, hasta que llegaron dos amigos de la infancia de Aquiles en una bicicleta de reparto, lo levantaron y enseguida lo montaron a manera de racimo de topocho en la angosta e improvisada cesta de metal, para llevarlo al hospital centinela. Elena quedó sola, íngrima en su casa, ninguna vecina se atrevía a darle siquiera un consuelo. Nadie se le acercaba. Sólo la madrina de Aquiles tuvo el valor de entrar con ella a la vivienda. Elena no paraba de llorar. Vio que Aquiles no iba respirando. El pecho después de tanto saltar ahora tenía la tranquilidad de una superficie de agua estancada. Aunque cuando lo llevaban le sintió el cuerpo tibio y eso le daba alguna esperanza en medio de tanta tribulación.

-Yo siempre le decía que usara tapaboca y no hacía caso- reprochaba una y otra vez la señora.

-Ay comadre Elena y ese coronavirus sí es peligroso. Y la gente haciendo fiesta, reuniones, anda como si nada en la calle. El mismo beso de saludo. El mismo abrazo. Cualquiera le habla a uno en la cara casi escupiéndolo.

La señora Elena avanzó al cuarto, se sentó en la cama y observó que la vieja laptop de Aquiles quedó abierta sobre la cama. Y leyéndola se llevó las manos a la boca, luego a la cabeza con gestos de incredulidad y negación.

– ¡Yo no sabía nada!, expresó aterrada.

– ¿Qué dice esa laptop?, le preguntó la comadre con desenfrenada curiosidad absorbiendo el terror que le veía a su comadre.

-Peor todavía comadre. Lea.- dijo Elena sin ánimo, sin fuerzas, como si ahora fuera ella quien perdía la respiración.

-Y la comadre de Elena leyó el triste mensajito de whast app, en el que Patricia le escribe a su esposo Aquiles, que en ella la distancia sí hizo el olvido. Que ya no la busque. Perdería el tiempo. Cuando más necesitada estaba, apareció Lucho y ocupó su vida solitaria llena de penurias y calamidades. Que ella no quería, lo rechazaba y lo rechazaba, pero Lucho insistió hasta que, sin saber cómo, se enamoró de él.

En eso, llegaron los amigos de Aquiles sudorosos, pareciera que no hubiesen pedaleado sino corrido al lado de la bicicleta, y dieron la trágica noticia: “paro cardiorrespiratorio”.

Aquiles obviamente no sobrevivió al desengaño, al desamor de Patricia, que le resultó peor que el covid-19, el cual, detectado a tiempo, es posible superar con éxito.

 

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