Simón Bolívar a 237 años de su nacimiento (Nirso Varela)

Simón Bolívar a 237 años de su nacimiento (Nirso Varela)

Se cumplen 237 años del nacimiento de Simón Bolívar en un contexto global de intensos trastornos sociales. Dada la atmósfera de conflictividad que rodea al mundo en estos días, nada raro tendría que sus monumentos sean manchados, derribados o decapitados, en cualquier sitio donde se encuentren. Los extremistas reniegan de Bolívar su estirpe familiar, descendencia de conquistador español, dueño de esclavos y miembro de la oligarquía caraqueña. Juicios apegados a la realidad. De hecho, no todos los progres son revoltosos. Hay resentidos haciendo el trabajo intelectual sucio, para atizar el vandalismo de las turbas saqueadoras.
Y Bolívar, hombre polémico en su tiempo y en los días postreros a su deceso físico, tal vez no escape a esa ola de intolerancia a escala planetaria, que ansía imponer una época de decadencia histórica. Pasados 190 años de haber bajado al sepulcro, en ruinas, sin esclavos, sin patria y sin una tumba propia al momento de ser inhumado, los “críticos” de Bolívar no cesan deponer en tela de juicio, su conducta en algunos sucesos, sobre los cuales nunca hubo consenso de criterios, en las viejas y agotadas discusiones académicas. Cada quien sustenta su verdad.

En torno a Bolívar, cunden los rencores al límite de la ignominia. Le acusan de superficial e inepto en el terreno político, de impericia y mala fe, en los campos de batalla. Hacen caprichosos enroques entre los escenarios más determinantes del proceso independentista, para restarle méritos a su rol decisivo en el desenlace del conflicto. Rastrean los más furtivos errores, debilidades y hasta delirios de Bolívar en su abrupta vida, para hacer a un lado sus incuestionables dotes. Desempolvan odios y pasiones a favor o en contra de uno u otro personaje, sacándole punta a los errores y desvaríos de Bolívar.

Quienes se dedican a “desmitificarlo”, a menudo pasan la raya de lo absurdo y niegan por algún impulso de exhibicionismo, prepotencia intelectual, egolatría exacerbada, ansias de figuración, o de todas a la vez, hasta sus más incuestionables logros. Muy a pesar de ellos, Bolívar es uno de los personajes más estudiados de la historia universal.Redundan a diestra y siniestra. Que Bolívar incurrió en deslices y participó en masacres humanas, se repite desde Juan Vicente González (1810-1866) en su “Biografía de José Félix Rivas”. Que una historiografía tendenciosa ha intentado ocultar los errores y desmanes de los denominados libertadores, ha sido referido desde los positivistas de comienzos del siglo XX. Que ese culto bolivariano haya sido impulsado por los gobiernos de turno para manipular la población, es una verdad ya reconocida. Que tras ese culto se erija una figura de Bolívar mítica, irreal y llena de falsedades, se maneja hace 50 años. El mito Bolívar se infiltró en el siglo XXI para crear una ficción patriotera y desquisiada, sobre la cual los inquisidores no han dicho una palabra. ¿Silencio cómplice o simpatía al “ídolo”?

Bolívar tuvo virtudes y defectos, aciertos y errores, fortalezas y debilidades. No fue un súper humano como lo pinta “el culto para el pueblo” (Germán Carrera Damas) que se desató como ideología manipuladora después de 1842 y lo convirtió en una leyenda cercana a los predios celestiales. No fue un titán en los campos de batalla puesto que la derrota marcó su vida de militar. Y leer las cartas que escribió entre 1822 y 1830, es encontrarse con un Bolívar soberbio encumbrado en el poder. Se muestra altivo, autoritario, censurador de los pueblos. Es el máximo líder del Sur. Solo sus cálculos valen. Las decisiones tomadas en otras instancias son objetadas si no se le consultan. Pero aun así, no es verosímil que ambicionara una corona.

En 1823, con motivo de algunas reformas sugeridas, amenazó con blandir su espada contra el Congreso de Colombia. Exige recursos para continuar la guerra del Sur y asegura que la independencia se perderá si no se atienden sus demandas. Prevé que al libertarse totalmente Venezuela, se desatarán los odios, pasiones y partidos en el “antiguo” país. Igual ocurrirá en Quito, Lima y Bolivia. Contradice al Gral. Antonio José de Sucre el héroe de Ayacucho, regaña reiteradamente al Vicepresidente de Colombia, Francisco de Paula Santander.

Bolívar no ostentó poderes supremos ni siquiera en el cenit de su gloria después de Ayacucho (1824), independizar al Perú y crear a Bolivia (1825) para sumar, junto a Colombia, tres repúblicas fundadas. Quiso imponer la Constitución de Bolivia al Perú, y no lo logró. Planteó unir en un solo país a Bolivia y Perú, y le fue imposible. Concibió la Confederación Perú, Bolivia y Colombia, y resultó en fracaso. El Congreso de Panamá (1826) no alcanzó los resultados deseados. Se dice que planeó invadir a Puerto Rico y Cuba, y el proyecto fue abortado.

Su autoridad no fue del todo respetada. En 1827 Se rebeló en Lima el Coronel José Bustamante, con el visto bueno de Santander y el Congreso Nacional en Bogotá. En el mismo año en Caracas, lo hizo el Gral. José Antonio Páez incitado desde Valencia y el resto del Departamento Venezuela. En 1828 sus enemigos atentaron contra su vida en su misma residencia de Bogotá. En 1829 Perú atacó militarmente a Quito mientras en Medellín, Se alzó el Gral. José María Córdova, un héroe de Ayacucho quien murió en combate contra el Gral. Florencio O’Leary. Y en 1830, Colombia se desintegró en pedazos.

A pesar de todo, Bolívar no fue un hombre común y corriente, ni un mediocre, como pretenden sus más enardecidos infamadores. Ganó las batallas más importantes y decisivas. Diseñó un proyecto independentista y lo llevó a la práctica. Entre 1813 y 1820, fue considerado un súbdito rebelde, un sedicioso, un insurgente según el lenguaje realista; y un revolucionario liberal, un patriota, según el criterio republicano. En 1820 el Mariscal de Campo Pablo Morillo, le otorgó beligerancia como presidente de Colombia, título otorgado por el Congreso Constituyente de Angostura en 1819 y con el cual se presentó en Santa Ana de Trujillo, para firmar el tratado de armisticio y regularización de la guerra.

No fue socialista ni antiimperialista como alucinan algunos anarquistas trasnochados. Sus acciones como “reformador social” fueron estrategias de guerra. Bolívar fue “el hombre de las dificultades” como se definió así mismo en 1824, o en vista de su lúgubre vida, el hombre enfrentado a sus adversidades. Pudo escapar al asedio de la muerte cada vez que la retó en los frentes de batalla; sorteó con éxito las vicisitudes que dejaron en el camino a otros, como Antonio Nicolás Briceño, Antonio Ricaurte, Miguel Sáez, Vicente Salias, José Félix Rivas, o Manuel Piar, éste último, otro infortunio atravesado en su azaroso destino. Por ese episodio, racistas confesos lo han tildado de racista. Nunca se sabrá si Piar hubiera dudado en fusilar a Bolívar. En cambio, Rivas desconoció su autoridad en 1814, asumió las riendas del mando hasta la batalla de Urica, donde cayó en combate José Tomás Boves, pero resultó destrozado el maltrecho ejército republicano. Rivas fue capturado mientras huía y llevado al último suplicio.

La gran ambición de Bolívar siempre fue, ejercer como el máximo jefe del movimiento independentista. Y logró su cometido por encima de rivalidades, envidias e intrigas de sus aliados circunstanciales. Fue el líder que ostentó el título de Libertador desde 1813, contra todos los tropiezos que se cruzaron en su camino. Impuso su liderazgo en Haití, Margarita, Carúpano y Cariaco en 1816; en Barcelona y Guayana en 1817, en los llanos de Apure en 1818. Pese a ver fracasada su entrada a Caracas tras la derrota en La Puerta en su segundo cara a cara con Morillo, fue ratificada su autoridad en el Congreso de Angostura de 1819.

Desde allí traza la ruta de su mayor odisea militar en territorio colombiano. Al frente de su ejército, remontaron el Orinoco, cruzaron los llanos en época lluviosa, ascendieron el gélido Páramo de Pisba, combatieron en desventaja en Pantano Vargas y Boyacá, llegaron triunfantes a Bogotá y retornaron a Angostura en diciembre del mismo año 1819. Muchos murieron en el paso de los Andes, otros en combate y en las refriegas sobrevenidas durante el viaje. Cientos desertaron. Recorrieron de ida y vuelta, cerca de 4 mil kilómetros a pie, lomo de mula y caballo, para ratificar la unión de Nueva Granada y Venezuela en la Ley Fundamental de Colombia el 17 de diciembre de 1819.Salvo las metáforas con que algunos autores adornar estos sucesos, los hechos se ciñen a la más estricta realidad. Hay coincidencia entre crónicas, testimonios, relatos, diarios, periódicos, cartas, gacetas oficiales, biografías, autobiografías y otros documentos impresos y manuscritos que han tratado el asunto en 200 años de labor historiográfica.

Humanizar o desmitificar a Bolívar no significa negarle sus más reconocidas cualidades. Ya han dicho que fue un hombre de poco vuelo intelectual. Sus escritos dicen todo lo contrario. Bolívar fue un Estadista, un ideólogo consumado, un pensador a tiempo completo. Lo demuestran sus mejores epístolas, el Manifiesto de Cartagena (1812), La Carta de Jamaica (1815), el Discurso ante el Congreso de Angostura (1819), el Discurso ante el Congreso Admirable de Colombia (1830). Exhibe una argumentación irrefutable contra sus adversarios venezolanos o neogranadinos. Es un hombre de ideas profundas, fina inteligencia, buen escritor, mejor orador. Es erudito a ciencia cierta, políglota, conocedor del terreno donde se desenvuelve, calculador y con francas señales de visionario. Rasgos excepcionales de un ser terrenal, no un semidiós. Dice Germán Carrera Damas, “Bolívar hizo mucho para ser un hombre y muy poco para ser un Dios”.

Bolívar escapó a todo atentado contra su vida. Nadie alcanzó a herirle físicamente. Pero al final de sus días, no pudo contener las campañas de prensa que lo acusaban ante la opinión pública, de déspota, autoritario, usurpador, tirano, dictador, ególatra, ambicioso y criminal entre otros epítetos, calcados a través de los años por sus recurrentes enemigos. Renunció al poder y procuró una muerte digna en el destierro impedido de regresar a su tierra natal por sus propios coterráneos. A su muerte en Santa Marta en 1830, siguió el ostracismo que borró su memoria durante 12 años. Al renacer en 1842 bajo el manto de un culto palaciego, nunca cesaron, al unísono, escritos mordaces contra su persona, vida y obra. Hasta el día de hoy, no han podido roer su gloria.

 

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