"El COVID-19 me espantó el amor": quedar sin novio en cuarentena

«El COVID-19 me espantó el amor»: quedar sin novio en cuarentena

Ilustración: José Gregorio Fuenmayor

107 días han pasado desde que Patricia y Carlos se separaron en cuerpo y alma, él está varado en la Costa Oriental del Lago y ella en la capital zuliana. Ella comenta sobre su historia de amor frustrada por la cuarentena.

Estaban cumpliendo tres años y medio de relación, cinco días antes de que declararan el Estado de Emergencia Nacional, aquel 13 de marzo, un anuncio que jamás pensaron les cambiaría la vida.

El 11 de marzo él pasó El Colosal, rumbo a Bachaquero, una visita de rutina a su familia se convirtió en el inicio del fin para su relación. Allí supo lo que era el amor, la confianza, el enojo, la soledad y la pérdida.

Patricia a su vez, se despidió de él con el cariño que jamás le había demostrado, no sabe si presentía lo inevitable o solamente se sintió presionada por un virus que amenazaba con arrasarlo todo a su paso.

Ese viernes 13, como todos los días, seguían su ritual mañanero, aunque no era la primera vez que los separaba la distancia cada vez que él se iba a su casa,  un mensaje de texto con un buenos días y un emoji enamorado, los despertaba como de costumbre. Ambos se hicieron saber sus planes del día con detalle y se fueron a hacer sus quehaceres.

Ese mismo día en la tarde la noticia corrió como pólvora, «desde el 16 entramos en cuarentena y todo comienza a restringirse», fue lo que escuchó la joven cuando sus tíos hablaban sobre la cadena que dio el Presidente. Ella no prestó atención, pues aún se sentía segura.

¿Vendrá o no?

Pasó la primera semana de cuarentena en la región, Carlos tenía dos días en cola intentando surtir combustible, le resultó una hazaña titánica, pues cuando le faltaba poco para llenar se acababa, las restricciones le prohibían permanecer apostado allí hasta la madrugada.

Pasar de regreso por el puente sería otro obstáculo. Las vías trancadas y las alcabalas a cada tantos metros lo mantenían cercado en la otra orilla del lago. La semana siguiente siguió haciendo el intento de surtir combustible, sin éxito alguno.

De este lado, Patricia se comía las ganas de verlo pero sus pensamientos comenzaron a flaquear. Él desde la distancia comenzó a controlarla, los mensajes que antes venían llenos de amor, ahora eran un reflejo de inseguridad e ira, «¿Con quién estás?, ¿qué haces tanto tiempo hablando con el vecino?, ¿Me extrañas o ya me cambiaste por otro?, ¿Quién te tiene despierta hasta tarde?, seguro son los zamuros que deben estar rondando», eran algunos de los mensajes que ella recibía.

Patricia lo tomaba como un juego, como si solo se tratase de su preocupación hacia ella. Hasta que al fin Carlos llegó a la ciudad, 20 días después.

Muchos de los mensajes en esos 20 días aún retumbaban en su memoria y en la soledad de su cuarto recordó todas las cosas que habían sucedido en años anteriores, que aunque él le juraba cambio, nunca sucedió. Ella era su propiedad, decía él.

La gota que derramó el vaso

A tres días de su llegada, los novios se encontraron, y esos mensajes que solo eran un juego para Patricia, se convirtieron en realidad, él la miraba con otros ojos, ya no era lo mismo, los problemas del hogar los trajo consigo, rabia por la economía, el combustible y las relaciones familiares lo agobiaban y un mensaje que llegó al teléfono de la joven detonó una fuerte discusión.

«Buenos días mi vida, cómo estás?», un cariñoso saludo de uno de sus compañeros de trabajo, sin saber lo que vendría, él la bombardeó de interrogantes, tanta fue su ira al sentirse traicionado que terminó en insultos hacia la chica.

20 minutos más tardes, él se hacía de rodillas rogándole perdón a Patricia. «Mi vida, el jefe pidió que todos los empleados fuéramos a desalojar el local mañana, te esperamos a las 8», citaba el siguiente mensaje. Ella estaba enojada, «¿Donde estaba la confianza que ella sentía por él?», pensó una y otra vez.

Ella pidió que la dejara sola, para que se calmaran las aguas, pero él insistía. Intentaba calmar con besos las heridas que había causado con palabras. Ese día, no solo logró flagelarle el corazón, también su cuerpo. Creyendo que al hacer el amor con ella iba a resarcir los daños, ella se negó en el acto. » ¿Ya no me quieres? ¿te gusta otro?», fueron sus respuestas consecuentes.

Patricia se sintió acorralada, comprometida a satisfacer a su pareja. Acto siguiente, ella yacía al lado de él sintiéndose tal como él la describía, como un objeto, un trofeo que se había ganado, tan sumisa como siempre, tan frágil como nunca.

Las palabras de su madre recorrían su mente: «Las mujeres deben darse su lugar, darse a respetar, nunca permitas que ningún hombre te obligue a hacer nada que tu no quieras». Se levantó de inmediato de la cama y se distanció de él.

El frunció el ceño y ella replicó, que hasta ese momento había llegado la relación, no seguiría soportando malos tratos disfrazados de cariño, él sorprendido le atribuyó su maltrato a la situación que llevaba a cuestas por una pandemia que le estaba comiendo la vida y llenándolo de angustias.

Una semana después de separarse, Patricia recibía llamadas desesperadas de Carlos, entremezcladas con amenazas, hasta que un día con la cabeza fría hablaron sin titubeos, ella le explicó que ya el amor se había acabado, y que la cuarentena que a él lo agobiaba, a ella la hizo reflexionar, allí él sintió verdaderamente la pérdida. Ya han pasado 137 días de cuarentena y Patricia no sabe nada de él.

La protagonista de esta historia, Patricia (seudónimo), comentó a este medio que quería hacer pública su historia, una historia de amor y desilusión que se atenuó en medio de una pandemia, una cuarentena que la hizo reflexionar y explicarle a cada persona que todos llevan una batalla diferente y que se debe aprovechar el tiempo, antes que sea demasiado tarde.

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Any Vargas

Noticia al Día