ADIÓS A J.T. Martínez (Por Honorio Castejón Sandoval)

ADIÓS A J.T. Martínez (Por Honorio Castejón Sandoval)

La madrugada del 17 de julio pasado, un frio inmenso recorrió mis venas y erizó mi piel cuando al tomar el teléfono móvil escuché a mi amigo Jaime Gaviria que, con voz trémula, me dijo: “Acaba de morir el doctor Martínez”. Por un momento perdí la noción del tiempo y del espacio y la taza de café negro que en cada despertar energiza mi aliento parecía no tener su poder estimulante. Perturbado miré de un lado a otro y me repuse cuando de repente sentí como la guitarra que duerme en uno de los rincones de mi casa trajo a mi recuerdo los versos de una triste canción que en presencia de mis invitados José Trinidad Martínez, Jaime Gaviria y Pedro Hidalgo Merlyn, interpretara una vez, con su maravillosa voz, nuestro buen amigo Iván Arcaya:

“Cuando un amigo se va,

Queda un espacio vacío,

Que no lo puede llenar,

La llegada de otro amigo.

Cuando un amigo se va,

Galopando su destino,

Empieza el alma a vibrar

Porque se llena de frío”

Repuesto del impacto de la inesperada noticia pude advertir todo lo infausto que había en ella. José Trinidad Martínez, el “Negro” o “J.T”, como indistintamente le llamáramos sus amigos, había partido a su última morada. Hace varios años (2014), en la oportunidad que el mismo fuera recluido en una clínica de la localidad, publiqué en el Diario Panorama de Maracaibo un escrito contentivo de su semblanza intitulado “Los dos Yo de José Trinidad” y entonces dije: “José Trinidad Martínez pertenece a esa pléyade de hombres en cuya personalidad se conjuga la doble dimensión de la existencia humana. El “Negro” -el hombre de carne y hueso- y el Dr. José Trinidad Martínez –el hombre de ciencia-. El hombre de carne y hueso que respira y despierta en él cada mañana; que ríe y llora, siente y padece en el proceso vital de la diaria subsistencia: La familia, el trabajo, los bienes materiales, la recreación, la salud, el bienestar y el amor. Frente al “Negro”, el Dr. José Trinidad Martínez, el hombre de ciencia dotado de esa maravillosa virtualidad que le permite descender a su mundo interno para buscar en sus profundidades los hermosos tesoros que allí se guardan. Hasta la profundidad del alma donde el hombre puede hablar con Dios y consigo mismo, donde el hombre primitivo encontró la savia con la cual inventó la rueda y puso al mundo a girar a su rededor; y donde el artista, el filosofo y el científico encuentran la razón de su actividad creadora”.

Desde aquella ocasión la salud de J.T comenzó a dar muestras de deterioro y ya la vida no fue la misma para él a pesar de su empeño en aferrarse a ella con extrema fortaleza. Gustaba tanto de la vida que en los años noventa, ya en plena senectud, hacía gala de su imponderable longevidad apercibiendo socarronamente a quienes fuimos sus entrañables amigos: “Cuiden y preserven cuidadosamente su salud para que me puedan ver a mi en el año 2000”, meta que pudo superar por veinte años más de lo que estimaba y en cuyo decurso vio desaparecer a todos sus amigos contemporáneos. Provisto de un extraordinario carisma se hizo acreedor de una enorme simpatía entre el incontable número de personas que tuvimos el lujo de ser considerados sus amigos. Sin embargo, cuidaba con riguroso celo su núcleo intimo de amistad de cuya asidua tertulia degustaba complacido junto al autor de esta líneas, y a los contertulios Jaime Gaviria Rincón y Pedro Hidalgo Merlyn, comprometidos todos a llenar de grata compañía al amigo cuya fortaleza física se hallaba en franca decadencia. Poco a poco la casa de Jaime Gaviria se convirtió en el lugar preferido de tertulia para los cuatro amigos sin que éste declinara el amable papel de permanente anfitrión. Pero el inexorable paso de los años terminó por vencer al viejo roble.

El largo periplo de noventa y seis años de vida se fue imponiendo lentamente hasta derrotar al hombre de carne y hueso, al “Negro”, llevándose consigo la esbelta semblanza del Dr. José Trinidad Martínez, sin que sus amigos de siempre pudiéramos despedirlo como Dios manda en el lecho en el cual falleció cobijado por sus hijos en el hogar que había construido junto a su esposa Alicia. Tres días después de su muerte nos reunimos los miembros supérstites del núcleo íntimo dispuestos a brindar un tributo póstumo a nuestro querido J.T. Esta vez la silla que él de costumbre ocupaba en la mesa de tertulia se hallaba vacía, en silencio, denotando la ausencia impredecible del viejo galeno. Pedro Hidalgo quiso ser el primero en anticipar su prosa: “Nubes densas ocultaron las estrellas e hicieron la noche más oscura, anunciando el dolor de la partida del doctor Martínez. El Catatumbo se hizo a un lado y lo vio pasar descargando con furia su energía; la misma que desbordara al momento que sus predios lo vieron nacer. Su regia vitalidad fue menguada lentamente por los años y sus pasos mesurados, sin prisa, parecían anunciar el viaje sin retorno. A su partida, me parece escuchar la coral de lamentos y el gemido plañidero de miles de recién paridas ahogados en el grito vigoroso de los recién nacidos gracias a su docta y eficiente atención. El doctor Martínez, como siempre hube de nombrarlo, se fue sin decir adiós dejando la historia vivida al calor de una actividad polifacética llena de cultura vernácula y de sabor zuliano. Profesional insigne, maestro de generaciones, cultor de profesionales que esparcidos por el mundo practican sus enseñanzas sin secretos ni menguas tutoriales; político, deportista, escritor y condición de padre para todos los hijos putativos. Se fue y, no pudiendo decirle adiós, mis ojos -aunque jagüeyes resecos a nuestro paso por la vida- desbordaron sus lágrimas en un sentimiento indescriptible. Hasta siempre amigo Dr. Martínez”.

De seguidas continuó Jaime Gaviria:

“Conocí al Dr. J.T Martínez a mediados del año 1958 cuando inicié mis estudios de ingeniería de petróleo en Maracaibo. Desde un primer momento fomentamos la amistad que mantuvimos inquebrantablemente por más de sesenta años. Una amistad construida sobre aquél modelo de cultura familiar que obligaba a respetar a toda persona mayor, a nuestros padres y al hermano mayor. A pesar de la menor edad que me separaba del Dr. Martínez pensé, en principio, que nos aproximaba el hecho de que ambos proveníamos de distintos pueblos zulianos: El de Santa Bárbara del Zulia y yo de Los Puertos de Altagracia, complaciéndonos hablar del problema que conlleva la adaptación a la vida de la ciudad y las formas de superación basados en el estudio y el esfuerzo personal. Por otra parte pensaba que nos aproximaba el hecho de que él buscaba sentirse joven con mi amistad y, por mi parte, el hecho de aprovechar su enorme experiencia profesional y su impronta personal. Con el tiempo llegue a la conclusión de que en verdad todo aquello era la base de nuestra gran amistad, sobre todo la coincidencia sobre la manera de interpretar el mundo y las relaciones humanas. En este momento viene a mi mente el día cuando contraje matrimonio con Silvia, mi difunta esposa. Una de las mesas contaba con la presencia del Dr. J.T Martínez, Dr. Pepe Ordoñez, Dr. Humberto Fernández Auvert, Dr. Sixto Márquez, Dr. Nelson Ortega y del Dr. Antonio Mario Periche. Me parece ver en escena a J.T como centro de atención de todos aquellos distinguidos profesionales. La compenetración entre nuestras familias tuvo carácter especial. Mi esposa era tratada por él como una hija, yo como su hermano y mis hijas como sobrinas. Yo abrigaba la misma consideración sobre los suyos y esa recíproca relación dio base a una amistad sometida a toda prueba. Durante años el desayuno los días domingo en mi casa llegó a tener carácter ritual para el Dr. Martínez. La cena resultaba más frecuente, dos o tres días a la semana, acompañados de los amigos de siempre Pedro Hidalgo y Honorio Castejón. En su última enfermedad no lo vi postrado en su lecho. He preferido recordarlo como un roble, siempre de pie. Si en este momento J.T pudiera escucharme, le pediría cantara a Dios “Pinocho en el Hospital de los Muñecos” que tanto degustaba y que para él significaba un canto a la medicina”.

Al final me correspondió la palabra:

“Yo diría, queridos hermanos, que la ausencia del Negro deja más que un lugar vacío cuya nostalgia podríamos obviar en esta mesa simplemente quitando de nuestra presencia la silla que siempre ocupaba. Pero me pregunto ¿Como borrar de nuestro memoria la imagen inquieta del amigo que recorrió diariamente nuestro pensamiento por más de cincuenta años y quedó clavada para siempre en nuestro recuerdo? Su permanente reminiscencia, debo decir, brota de esa personalidad que moldeaba su admirable formación médica y su sorprendente actitud filosófica concentrada en frases concretas y conclusivas, cargadas de milenario saber. En mi mente quedó grabada una de sus frases lapidarias cuando al dirigirse a un amigo que afanosamente trataba de justificar ante nosotros una conducta ímproba le increpó: “La defensa, cuando nadie te acusa, es tu propia acusación”, cerrando definitivamente el asunto. También recuerdo cuando decía: “Lo más detestable en un hombre es no tener instrucción. Pero peor todavía es no tener cultura”. Confieso que a partir de ese momento pude
distinguir la instrucción de la cultura como dos atributos distintos, esenciales a la existencia humana. De los viajes a diferentes partes del mundo no podré olvidar jamás el que disfruté junto a J.T y mi recordado amigo Nerio Fuenmayor en la década de los 70. Comprendió la ruta: Maracaibo – NewYork – Paris – Rio de Janeiro – Cali – Barranquilla – Maracaibo. Con seguridad la extraña ruta fue programada por el “Negro”, pues, solo él restaba importancia en llegar por tierra a Maracaibo desde Maicao luego de haber volado en el Concorde cuya velocidad supersónica fue un verdadero acontecimiento en la aviación civil.

Pero de todo el inmenso mundo de los afectos, el que más me comprometió frente a J.T, fue la oportunidad en que presenté ante el Aula Magna de la Universidad Rafael Urdaneta la obra “Tras las Huellas de Doña Elba” (2016), en honor a mi madre. A él correspondió la apertura del acto y a mí, como autor, el cierre del mismo. Cuál no sería mi sorpresa cuando el discurso del Dr. Martínez era tan semejante al que yo me proponía dar, que me dejó sin palabras teniendo que recurrir apresuradamente a la improvisación como se lo hice saber a la audiencia allí reunida que con sus risas y aplausos, me permitieron salir airoso del compromiso. No obstante el pequeño trance, aquello me llenó de profunda gratitud, pues, comprendí que J.T tenía sobre mi difunta madre el mismo elevado concepto que respecto de ella tenemos sus once hijos. En pocas palabras, nuestro amigo, el doctor Martínez, fue un hombre instruido y culto. Su “otro yo” lo hacía aparecer, además, habilidoso. Yo presiento que el “Negro” partió primero que el Dr. Martínez hacia la última morada seguramente con el propósito de ubicar a Sixto Márquez y a Nerio Fuenmayor para brindarle en su compañía una amigable recepción a su homologo, el doctor José Trinidad Martínez.

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