Se está acabando la COMIDA ... ¡Dios proveerá!

Se está acabando la COMIDA … ¡Dios proveerá!

«Dios proveerá» es la frase que por tercer día consecutivo llega a mi mente y se refleja en el corazón.
Es el día número 22 de la cuarentena social colectiva que nos mantiene encerrados por seguridad ante una amenaza, que sigilosamente y sin aviso alguno se va adentrando en nuestra población, en medio de esto me doy cuenta del lado más frágil del venezolano.

En los últimos tres días me percaté de que el aislamiento que para algunos es voluntario y para otros obligatorio, resulta ser una bendición o una maldición dependiendo del lado en que te encuentres.

La cuarentena que nos protege de los peligros del mundo exterior, amenaza con destruir el poco grado de vergüenza que le queda a los maracaiberos para desarrollar sus actividades cotidianas con menos preocupación.

2:00 pm la necesidad llama a mi puerta

La cuarentena ha descontrolado mi horario de comidas, si antes me daba el lujo de fijar las tres papas a horas específicas, hoy prefiero pararme un poco más tarde para disminuir las cantidades y ahorrar el alimento que es vital para mi familia.

Cada día el valor de los productos aumenta sin control y ya todo el dinero que teníamos lo gastamos comprando para no tener que salir más de casa, ahorrar no es una opción porque con lo que compraste hoy, comprarías menos cosas mañana.

Actualmente a las 2: 00 pm, nos sentamos a la mesa para almorzar, y me resulta muy curioso que estos últimos tres días alguien distinto toque a mi puesta a pedir un poco de comida.

El primer día una señora de tez morena, aproximadamente de unos 30 y tantos años de edad, robusta y con gotas de sudor que recorrían su frente, pedía a través del tapabocas,que le cortaba la respiración, cualquier cosa que le ayudara a darle el sustento a su madre en cama, por su parte, ella inquebrantable pegaba gritos desde la cerca pidiendo desesperadamente ayuda.

» Señora, por favor, ¿tiene comida que me dé para darle a mi mamá? Yo soy una persona especial (hablando de su condición de salud que se notaba desde que llegó a la reja) y no puedo trabajar», repetía una y otra vez desenfrenadamente.

Sus chillidos interrumpieron mi almuerzo, y llegué a sentirme indignada, unos segundos después mi padre me miró con ojos compasivos y pronunció esa frase que en este tiempo es un alivio para el alma, » Dios proveerá «.

De inmediato pensé en qué le podría ofrecer a la señora, pues la comida que preparamos resultó siendo muy justa y ya no quedaba nada en las ollas.

Miro hacia el gabinete y vi medio paquete de harina de maíz asomándose entre los condimentos. – por lo menos una arepa que se coma – pensé. Me dirigí hasta la puerta y extendiendo la mano intentando no tocar a la señora, pues vivo en una paranoia, le entrego la bolsita con la harina, ella guarda cuidadosamente el empaque en una bolsa y con ojos humedecidos me da las gracias y se marcha vociferando : » Dios se lo pague».

Caso parecido ocurrió el segundo día, pero esta vez más tarde. Un señor alto, rojo por el sol de las 3 de la tarde se asomaba por las pérgolas intentando visualizar a alguien dentro de la casa, no pasarían unos pocos minutos cuando logramos hacer contacto visual, también pedía para comer. Se podría pensar que era un vagabundo por su ropa curtida y barva desaliñada, pero al asomarme por la ventana no tenía semblanza de pertenecer a las calles.

También armado con tapabocas y guantes, desde el portar solicita alimento. «Lo que sea señora, es para mi y mis hijos», argumenta.

Mientras pensaba qué hacer porque no tenía ya nada para darle y las ollas de nuevo estaban limpias, solo se me ocurrió despojarme de los únicos 5 mil bolívares en efectivo que me quedaban en la cartera, era todo lo que tenía pues no sabía cuándo volvería al banco a sacar dinero, pero en mi mente retumbaba una y otra vez la frase que me enseñó mi padre: «Dios proveerá «.

Me asomé hasta el portón y entonces lo vi, un señor bien parecido, de ojos verdes aceituna, con la cara arrugada por el trabajo y los años de sabiduría, observé que tomaba de las manos a dos niños pequeños, un poco mal vestidos, pero parecían sanos. Extendió su brazo por la reja, tomó el dinero, hizo la señal de la cruz, dio las gracias y se marchó.

Ya al tercer día, no creía posible que esta circunstancia volviera a pasar, sin embargo mientras comía, otro señor se asomó por la cerca, esta vez solo esperó parado a que alguien se volteara a verlo, yo lo divisaba de reojo, no sabía si él se daba cuenta de ello.

Mi padre volteó la mirada hacia la puerta principal, y allí estaba el hombre erguido. «¿Tendría algo de comer para darme señor, por favor?», preguntó a mi padre, él me miró y en ese momento supimos que «Dios proveerá » sería también la frase de este día.

Calmadamente me levanté de la mesa y en un envase de mantequilla que había guardado en la platera eché parte del menú del día, las lentejas con arroz no eran mis favoritas, pero ese día rindieron como para un batallón, pasé la viandas improvisada a mi padre para que se la acercara al señor, rápidamente se dirigió hasta la cerca, le ofreció el alimento, agradeció y se marchó.

Mi padre me describió a un sujeto moreno oscuro, un poco desnutrido pero con vestimenta pulcra como si acabara de lavarla, con modales como si estudiara etiqueta y zapatos lustrados. El hombre apenado tomó con rapidez, la comida, esperanzado como quien pensara que sobreviviría un día más.

* La triada perfecta y la cruz misteriosa*

Hoy, mi padre y yo hicimos comida de más. Sentados a la mesa, esperábamos a que otro posible viajero tocara nuestra puerta, pero no sucedió, está vez fue un familiar que se había quedado sin comida, lo invitamos a almorzar y así terminó la hora de la comida.

Tres días consecutivos, tres personas y realidades distintas, cuatro con la mía, afloraron el sentido de la solidaridad con el prójimo en tiempos difíciles, no estoy segura de si esos tres personajes eran religiosos o si el inicio de la Semana Santa propiciara un sentimiento de apego espiritual a alguien, pero lo que resultó misterioso y común fue que en cada situación el agradecimiento llegó luego de la señal de la cruz.

Esta cuarentena ha resultado una prueba para el ciudadano común y ha evidenciado que tiene una influencia significativa en la sociedad dependiendo del lado que lo mires, la desconfianza quedó atrás cuando lograr observar que hay algo más allá que puede cambiar por una buena acción, por más pequeña que fuera y una vez más en mi mente pensé que no importa lo poco que tenga, pues «Dios proveerá «.

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Any Vargas
Noticia al Día