Natividad , un cuento del poeta César Bracamonte Jars

Natividad , un cuento del poeta César Bracamonte Jars

Natividad, vio cómo sucumbió el último rayo de sol en el embudo que es el horizonte, sentada en la salita de su casa a través de una ventana tan vieja y sorda como ella y una tapia. Cayó en el ritual de la tristeza sabiendo que ya no habría nadie en la casa que se comiera el carapacho del pollo, el pescuezo y las puntas de las alas. Sinuosa recostó la silla en las patas de atrás y recordó el ruido del llanto de su hijo al nacer, el de sus berrinches mañaneros, el del cordón, ‘ jalando su primer diente y el de la cucharilla navegando en su boca cargada de papilla, el tropezar de ellaconsuprimerdiente. También recordó al padre Facundo, que vino de Argentina hace muchos años a ahogar sus bríos de macho austral en el calor del Caribe, a esta hora debe estar intentando hacer sonar la campana de la iglesia con su badajo decapitado; fue él quien bautizó a su hijo con su nombre de pila: EngelberthEwar JoséPirelaCarrasquero, porque desgraciadamente fue a nacer en tiempos de Starsky and Huch y en este lugar del mundo la frontera es muy porosa y la cultura también.
Murió en el extranjero. Se fue huyendo en el aura que creó el esnobismo de esa hora, y fue a caer en las fauces del más cruel asesino: La Moda, ‘aquí no hay futuro’ fueron las últimas palabras que Natividad pudo leer en sus labios la tarde del único 26 de abril que tuvo el año 2016.
Se le fruncieron los pulmones – me dijo – en su habitual jerga, intentó zafarse el tapa boca con la mano derecha sin enderezar la silla que parece clavada al piso en las patas de atrás, escupió el chimó y me volvió a mirar poniéndose sobre los labios la indumentaria, «después se le desmoronaron como un terrón de azúcar los pulmones, murió en su ley, por terco, huyendo, sin Dios y sin Santa María. Pero ojalá que la Chinita lo ‘aigarecogío en su seno,» apuntó la mujer en sollozos.
Ayer Natividad fue a la iglesia y habló con el padre Facundo, después de haberle pagado las nueve misas de gloria a Engelberth, increpó al representante de Dios, «usté debió haberle dicho que el mismo Dios de allá es el Dios de aquí, pero no, prefirió echarle la bendición y que fuera a morir allá a causa de esa vaina que se come los pulmones, No Joda!!! Ah muchacho pa’ pendejo, por no taparse la jeta». El padre Facundo la bendijo con la señal de la cruz de por medio y la despidió en la puerta no sin antes decirle que las misas serían después de «todo esto». Que se joda, respondió Natividad, pues ese ser nunca hizo caso, ahora que tenga paciencia y espere las plegarias a destiempo, secó las lágrimas con el antebrazo, se tapó la boca y se fue a su casa.
Aquí somos inmortales – me dijo- estemardito calor mata todo. Natividad habla sin modular, su sordera es abismal y su voz retumba en su espacio habitual, recuerda las palabras adecuadas, su ritmo, connotación y fuerza, en su delirio sin timón, escupe y vuelve al sortilegio de taparse la boca, ‘ debe ser como el diablo, como todo en esta vida, entra por la jeta y te hace trizas en el cuerpo y en el alma, Ave María Purísima, que la Chinita nos cubra con su manto y el relámpago del Catatumbo queme esa verga en el aire» expresó, escupió y se volvió a tapar la boca.
Natividad supo lo del deceso de su hijo por un amigo: que al final solo sirviópa’ brasas, que lo tiraron en una fosa común junto a otros y les prendieron fuego para evitar la peste a grandes magnitudes, que debe estar esparcido en el aire como el efluvio de las nueve de la mañana. En las noticias dijeron temprano que llegaron a mil las víctimas de la plaga. Natividad sólo guarda una foto de él, niño, donde recita de memoria lo que precede a la foto y lo que sigue; en ella se ve a Engelberth niño en la plaza República en un triciclo rojo, vestido con un Safari verde de bolsillos medievales, una gorra de marinero azul con rayas blancas y unos zapatos de charol negros, el pie derecho sobre un pedal y una mano saluda a quién tomó la fotografía: en el fondo unos niños de su edad en la misma itinerancia, quizá ellos sigan vivos. También el frente de la antigua sede de: Revelados República y un Chevrolet Chevelle blanco estacionado. La foto la reveló alguien en ese mismo lugar, tiene fechado el dorso: 7 de julio de 1978, y una nota y firma escrita en mala letra que afirma: Te Amo Enyi. Tu mamá.
En Maracaibo hay más de 50 formas de escribir Engelberth, Natividad corrió con suerte, su hijo lo llevó hasta su muerte (el nombre) bien escrito, dicen que fue un jugador de Gavilanes norteamericano que lo popularizó a principios de los 70’s. Ese fue el ridículo de su padre – afirmó Natividad- mi hijo se iba a llamar Hermágoras en honor a mi difunto abuelo, que Dios lo tenga en la gloria, sin embargo, Liberio, el padre de mis hijos fue y lo presentó solo aprovechando que yo quedé muy mal después de parirlo, sentenció la progenitora.
Natividad no tiene dónde ir, así que, de nada vale hacer énfasis en eso de ‘quedate en casa’. Ve por la ventana la gente pasar, los niños jugar y también, como su sordera avanza y la lleva más adentro, antes solía recordar el trastazo de la puerta, la falla del carburador del carro del vecino, recordaba incluso, el sonido de los pasos de Senovia, su nieta con Síndrome Down. » Hay que cuidarse, afuera está un enemigo que no vemos, se le mete a uno en los pulmones y en las tripas, Ave María Purísima!!! Y lo único que nos puede salvar es la pereza, qué vaina!!! quién lo iba a decir». gritó, pensando que lo hacía en voz baja.
A Engelberth se lo llevó la soberbia -me dijo – ese sí fue pendejo, escupió y una lágrima se quedó en una de las bolsas que la edad le ha hecho debajo de los ojos, tuvo la oportunidad de ser un hombre y él mísmo no se lo permitió, de todos modos de estar vivo, iba a llegar a viejo, pero a hombre nunca, y eso fue culpa mía y del vagabundo del padre, nunca lo dejamos bajarse la bragueta solo, y ahí tenemos el resultado, lo sedujo un pendejo en la televisión y al otro día el ‘Mangas Miadas’ se estaba despidiendo de mí. Le dije que pasara por donde el padre Facundo le di un beso en la frente y se lo encomendé a La Chinita, pero el que es pendejo aquí es pendejo allá y donde sea, y aunque me duele decirlo, a Engelberth lo pudo haber matado hasta una gripe» miró la ventana retiró el tapabocas y escupió como con rabia, el chimó en el piso me dió la impresión de que dibujó una bicicleta.
Antes de salir de la casa, volví a mirar la foto de Engelberth en la mesita de recibo, «estaba ese día cumpliendo 6 años, – me explicó – lo llevé a comerse una barquilla donde los chinos que costaban un real y 3 por 1.25, recuerdo que manchó el Safari en la parte baja de los bolsillos, pero ese día era su cumpleaños, no lo iba a regañar, le dio varias vueltas a la plaza en el velocípedo mientras yo, esperaba al señor de la cámara para que me le tomara la foto, por fin apareció, y le pagué un Bolívar adelantado de los dos que valía el retrato, después nos vinimos acá a la casa y ahí dónde estás parado había una mesa, ahí le cantamos el cumpleaños y le partimos la tortica. Esa tarde para mí, fue mágica, y la única que tuve de manera tan íntima con él. Después creció y lo embelesía cualquier verga, por eso se murió tan joven, la foto, me la trajo el señor días después y le pagué el otro Bolívar restante» concluyó.
A mí me pusieron eso pa’ que oiga – me señaló un estuche de unos lentes de los que cierran a presión, en su interior, unas prótesis de alta voces que rodean la oreja del paciente – eso nunca me ha servido, por eso aprendí a leer los labios, ahora me jodí, con la mayoría de la gente con la jeta tapada no es mucho lo que ‘escucho’, ñoesumadre, es que no pego una, escupió el chimóesta vez hacia afuera de la casa y me echó la bendición desde la puerta, cuando volví a mirar para decirle adiós con mi mano, ya no estaba.