José López, a 29 años de la tragedia del bus que cayó al Lago de Maracaibo: "Sigo sobreviviendo cada vez"

José López, a 29 años de la tragedia del bus que cayó al Lago de Maracaibo: «Sigo sobreviviendo cada vez»

La caída del Expresos Maracaibo al Lago enlutó a muchas familias zulianas. Foto: Cortesía

«A 29 años de la tragedia del bus que cayó al Lago de Maracaibo me toca recordar aquellos momentos terribles que estremecieron al Zulia, ahora desde la situación traumática que estamos pasando todos en nuestro país”.

El 5 de abril de 1991, 48 personas fueron víctimas de la imprudencia expresada en la alta velocidad y la falta de mantenimiento de una unidad de transporte y que coincidieron en la pila 66 del Puente “General Rafael Urdaneta”, un viernes después de Semana Santa, a las 11:30 pm.

Más de 50 pasajeros, de manera sorpresiva, fueron sacudidos en medio de la oscuridad, cuando recién salían de Maracaibo. El asombro y el estupor prolongado se hicieron palpables, mientras el autobús  se aproximaba en caída libre a las aguas del Coquivacoa.  Se avizoraba el  terrible desenlace que empeoró al sumergirse estrepitosamente  y debilitarse la carrocería por la fuerza del agua que hizo retorcer el techo, exponiendo a los pasajeros sumergidos a la corriente interior,  provocando que las personas tuviesen menos posibilidades de hallar una salida  que les permitiera alcanzar la superficie del Lago.

En importante tener en cuenta que 1991 fue un año de muchos siniestros en el estado Zulia: la caída del avión de Aaeropostal el 5 marzo, el choque de dos expresos en la carretera de la Lara-Zulia, resultando calcinadas ambas unidades con pocos sobrevivientes, entre otros hechos fatídicos.

Agencias

Solo una decena de pasajeros le ganó a la muerte aquella noche del 5 de abril.  Nueve salieron por la ventanilla del puesto que ocupaban, logrando romperlas con la fuerza que genera estar entre la vida y la muerte o porque  el impacto logró despejar esa posibilidad en plena inmersión; el décimo pasajero, que viajó en los últimos puestos de la unidad, se salvó al descapotarse la parte trasera del bus, permitiéndole salir con fuerza, quedando sumergido “a la buena de Dios”,  para luego ascender, como regresando de un largo viaje signado por la oscuridad.

Muchas personas que transitaban en ese momento por el Puente sobre el Lago, se dieron cuenta de que algo terrible había pasado y de inmediato  asumieron el sentido de ayuda y el interés de hacer algo para poder rescatar a los sobrevivientes, que apenas se medio veían chapotear entre el marullo y la noche cerrada.

Según reportes y testimonios recogidos a lo largo de todos estos años, solo pudieron subir 3 personas al puente con la ayuda de mecates, los cuales fueron utilizados para halar entre varios y así conseguir  salvarlos. Los siete restantes fueron rescatados por pescadores.

Entre esos afortunados citamos a Jorge Romero,  un deportista karateka de 15 años, un señor oriundo de Colombia de más de 40 años, y un estudiante de comunicación social  de la Universidad Cecilio Acosta de 20 años, José Antonio López, quien años después culminó su carrera y empezó a entender que la misericordia de Dios se hallaba cerca y su presencia estuvo presente en todo momento.

Muchas ideas han transitado por su mente desde entonces,  pero lo que sí ha logrado entender con claridad es que  después de vivir semejante “milagro”  es mucho a lo que se está dispuesto por la vida; el temor, la pena y la inseguridad quedan encajonadas muy por debajo del respeto, la seguridad, determinación, confianza, responsabilidad, persistencia, paciencia y entusiasmo.

«El encuentro con cada día que pasa en nuestro país me compromete a no ser menos ante las dificultades que se me presentan».

«El haber vivido y sentido la noche, sumergido en pleno lago, no no permite que disminuya el ánimo, ni la alegría, ni el entusiasmo ante una oscurana de varios días en casa, el mal comer, o que las cosa no estén saliendo como se esperan».

Cortesía

«La vida es bella y sus dificultades se nos presentan para ayudarnos a crecer como personas, como profesionales y como cristianos; que no solo creemos en Dios, sino que lo amamos a través de las personas que tenemos alrededor. Solo así asumimos el compromiso de crecer espiritualmente con la garantía que llegaremos muy lejos».

Aquella noche oscura, cayendo al vacío para luego volver a la vida, fue un renacer que merece ser contado.

 

 

 

 

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José A. López Linares