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Foto: Agencias

El 23 de marzo de 2011 murió Elizabeth Taylor, una de las últimas sobrevivientes de aquella época dorada de las intérpretes femeninas en Hollywood, liderada por la propia Taylor, Audrey Hepburn, Marilyn Monroe e Ingrid Bergman, entre muchas otras que con su glamour embelesaban el lente.

Taylor, quien fue reconocida por su espectacular y deslumbrante belleza, con ojos de un raro color violeta, desde la década de 1950 se erigió como uno de los mitos del Séptimo Arte. Fue también sumamente popular por su tormentosa vida privada y su pasión por las joyas.

La diva nacida en suelo británico apenas pudo sobrevivir la prematura muerte de su mejor amigo durante décadas, otro icono pop mundial: Michael Jackson, fallecido menos de dos años antes de la partida definitiva de Taylor, ella a los 79 abriles y también adorada por el planeta hasta el fin.

Precisamente fue en la pintoresca residencia de Jackson donde la actriz se casó por séptima vez en 1991, avivando aún más una de las aristas de su vida privada que menos admiraban sus seguidores: su turbulenta vida romántica.

Muchas veces los escándalos, provocados por varios matrimonios y divorcios, opacaban las innegables habilidades histriónicas que la llevaron a situarse como séptima mejor actriz de las Grandes leyendas de la pantalla dentro de la lista que realizó el American Film Institute (AFI) en 1999.

¿Cómo olvidarnos de su entrañable papel en Quién le teme a Virginia Woolf (1966) o Cleopatra (1963)?

Eran papeles que sólo Taylor podía traer a la vida, ya que se trataba de mujeres de carácter fuerte e irreverente, algo en lo que la pequeña de poco más de metro y medio se especializó y ningún escándalo mancharía esa realidad.

Cleopatra ya le había valido para consagrarse como estrella indiscutible de los estudios 20th Centry Fox, pero aquel retrato de la controversial y a veces cruel Martha de Virginia Wolf le mandó directo a la cumbre del séptimo arte, hazaña que le valió un Oscar como Mejor Actriz Principal ese año.

Muy pocos niegan que es su papel más representativo y además la cinta fue todo un éxito, logrando nominaciones al Oscar en cada una de las categorías en las que podía concursar (llegó hasta 13) y logró dar el envión decisivo a la carrera del entonces joven director Mike Nichols.

A la conquista de Hollywood

Ahora, toda historia tiene su génesis y la de esta icónica actriz no es excepción.

Habría que remontarse al 27 de febrero de 1932, cuando nació en Londres bajo el nombre de Elizabeth Rosemond Taylor, en el seno de una familia de estadounidenses que residía en Inglaterra.

Tal era el carisma y la aptitud histriónica de Taylor a temprana edad que se convirtió en una estrella infantil.

Luego de originar una feroz competencia entre gigantes productoras como Metro-Goldwyn-Mayer y Universal, debutó ante las cámaras con éste último con tan sólo nueve años en el largometraje There’s one born every minute (1942).

Así llegaron progresivas apariciones en filmes infantiles y juveniles hasta que en 1948 se enroló en el rodaje de Conspirator, la cual narra la historia de una joven de 18 años que se enamora de un hombre 20 años mayor que ella y está considerada como su transición definitiva al cine adulto.

Entre sus papeles más destacados, además de Virginia Woolf y Cleopatra, se pueden citar Butterfield 8 (1960) y De repente, el último verano (1959), entre muchos otros que le valieron un total de tres premios Oscar, dos Globos de Oro e igual número de premios BAFTA.

Además, ganó un lauro honorífico del Sindicato de Actores en 1997.

Su carrera se extendió hasta 2003, cuando ya contaba con 71 años y se presentaba esporádicamente en la televisión, debido a su frágil estado de salud que no impidió que en casi seis décadas de trayectoria lograra filmar más de medio centenar de películas.

Los avatares románticos de Liz Taylor, sumado a su activismo para prevenir la enfermedad del SIDA y su apoyo a la religión judía fueron siempre titulares en su vida.

Pero nunca como su etapa dorada allá por los años 50 del pasado siglo, cuando se aseguró un lugar entre las inmortales de esa realidad paralela llamada cine.

 

Prensa Latina

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