Ernesto Cardenal, Misa en verso libre (Alexis Blanco)

Ernesto Cardenal, Misa en verso libre (Alexis Blanco)

POETA Ernesto Cardenal Martínez (Granada, Nicaragua, 20 de enero de 1925) construyó su propia liturgia liberadora. Poeta, sacerdote, teólogo, escritor, traductor, escultor y político de notable vinculación con los preceptos de la Teología de la Liberación. Un sabio que, en 1980, recitó en el Teatro Baralt sus poemas.

Descansa ya en el vasto lecho del Dios que con tanto amor invocó siempre este shamán que quiso enseñarnos a mirar a través de El telescopio de la noche oscura o a cantar esos, sus ahora eternos Cánticos cósmicos.
Porque, en definitiva, serán esos 30 libros traducidos a veinte idiomas los que mantendrán siempre brillando la estrella infinita de Ernesto Cardenal, este poeta de tierra y vértigo que nació en una mansión de la natal Granada, émulo de otro grande vate, su maestro, Rubén Darío. Exhibió desde niño su vocación de mirador profundo de las cosas elementales de la vida, cuando asistía a confesarse, todos los santos sábados, a la la iglesia de San Francisco, al lado de su residencia en abundancia. Adelantó su formación en la ciudad natal, pero luego marchó a México, del 42 al 1946, una experiencia definitiva. Allá, en la facultad de filosofía y letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, comenzó a entenderse como hombre de letras comprometido con la sociedad en la cual nacen y crecen esas mismas letras. Entonces llega a Nueva York y los íconos de esa cultura propician en él la convicción necesaria para volar en su propio credo. Esa Oración por Marilyn Monroe es un canto infinito a la liberación del alma. Después el poeta joven viajará por España, Suiza e Italia, tallando en su piel los caminos misteriosos que conducen a la fe digna.

Efervescente espíritu de Cardenal ese que regresa, en julio de 1950, para combatir al dictador Anastasio Somoza García. Al fracasar el golpe, Cardenal decide ingresar, en 1957, a la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky, Estados Unidos. Al contactar allí a Thomas Merton, maestro de novicios, su vida cambiará para siempre. “Su muerte es la pena mayor que he tenido en mi vida religiosa (o en mi vida toda, yo creo). Él era para mí un padre. Espiritualmente hablando…”, contaría luego. En 1959 estudia teología en Cuernavaca y seis años más tarde, en 1965, fue ordenaso sacerdote. Una iluminada certeza.
Desde la estación Facebook del maestro poeta Armando Rojas Guardia, escuchamos su voz mezclarse con las olas que rozan alguna bella orilla del archipiélago de Solentiname, musitando una suerte de oración virtual en contexto: “El encuentro con Ernesto ostentó la naturalidad de los objetos más elementales. Lo ví aparecer, de pronto, en el recodo de una calle de San Carlos: blue jeans, cotona blanca, inmaculada, viejas botas hogareñas, boina negra. La mirada serena, un poquito risueña siempre, con un dejo de ironía en los ojos verdes. La barba, de profeta bíblico. Una voz muy grave y armoniosa, como la de un tío bueno; la que, al hablar, despliega todo el registro musical de las inflexiones propìas del habla nicaragüense…”.
(…) Óseo, no muy alto, más bien menudo, como una garza erguida. Lo saludaste en el aire tenso y feliz de los hallazgos que nos marcan para siempre. Y las mejores palabras para definirlo son estas: nunca he conocido mayor refinamiento espiritual dentro de una tan noble rusticidad. Su trato resulta tan pasmosamente sencillo, tan rodeado de un aura colorista y popular, que logra crear en torno suyo un clima automático de fraternidad sin poses. Pero no dejo de pensar, ante esta sencillez sin mediaciones, que el hombre de la cual emana posee una humanidad densa y elaborada; no solo por su inmensa cultura sino también por las exigencias a las que somete su espiritualidad…”
Y entonces resplandece el vate caraqueño, honrando a su maestro nicaragüense y su espiritualidad: “Ella ha conocido e internalizado los rigores de la disciplina monástica (pudo fructificar en un libro de delicadísima prosa: «Vida en el amor»)». Algún día no muy lejano se hablará de Ernesto, no tanto como del poeta político que también fue, sino sobre todo como el mayor, el más importante místico cristiano de América Latina en toda su historia. «Telescopio en la noche oscura» hace más que demostrarlo, es decir, lo muestra.
Esas pocas líneas quieren ser un homenaje a su crucial presencia en mi vida…”, cierra el autor de El esplendor y la espera, quien dicta en Caracas su taller sobre “la cosmovisión religiosa de Ernesto Cardenal, tal como se refleja en «Coplas a la muerte de Merton», «Cántico cósmico» y sobre todo «Telescopio en la noche oscura» (poemario que recoge una personalísima experiencia mística traducida al idioma mental del mundo contemporáneo). Haremos referencia, en el curso del taller, a obras en prosa de Cardenal que iluminan su trayectoria espiritual y , por lo tanto, el desarrollo de su propia percepción religiosa del mundo: «Vida en el amor» y los tres tomos de sus memorias: «Vida perdida», «Las ínsulas extrañas» y «La revolución traicionada». Ernesto Cardenal es el místico cristiano más importante de la historia espiritual de América Latina…”, reitera.

Ese Evangelio en Solentiname instaura a Cardenal en un línea social de coherente acción reivindicativa. Ahí fundó, con los pescadores y artistas ingenuos, con la gente del pueblo, digamoslo simple y llano, una cátedra de vida honorable y mística, poética.
Una humildad sin fisuras, sobretodo cuando, en 1983, durante su visita oficial, el entonces Papa, Juan Pablo II, le espetó duramente sus convicciones, el hecho de que “propagara doctrinas apóstatas y formara parte del gobierno sandinista…”. Al año siguiente, Wojtyla lo “suspendió a divinis” del ejercicio sacerdotal al poeta, junto con su hermano, Fernando. La justicia le honra ahora.
La década de los 90 encuentra a Ernesto creando, junto con el actor austríaco Dietmar Schönherr, la Casa de los tres mundos, en Granada. En paralelo rompe con Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional.
El poeta cuya oración puede incluir mensajes de amor de notable calado popular: “Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido: / yo porque tú eras lo que yo más amaba / y tú porque yo era el que te amaba más. / Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo: / porque yo podré amar a otras como te amaba a ti / pero a ti no te amarán como te amaba yo.”.
Esta oración extendida rinde tributo al hombre que de manera insólita tuvo esa revelación exquisita y sagrada, ese llamado de Dios. Por momentos dicha ascesis es una de las noticias esclarecidas del evangelio según Cardenal. Esa historia la contaría aquella tarde en el Teatro Baralt

Es la voz misma del inspirado seguidor de San Juan de la Cruz. Es su epígono orando: “Yo pregunto / ¿cómo será la belleza que tú amas? / ¿cómo serán mis ojos que tu ves? / ¿la cara que te encanta? Yo tengo un amor secreto / que ninguno ve. / Tan secreto lo tenemos / que sólo a mí me ven. Electricidad es una manera de hablar. / Lo igual se repele y lo opuesto se junta. / Como macho y hembra. Pero / positivo y negativo es una manera de hablar. / Yo te amo como opuesto, / y no es una manera de hablar…”.

En 1980 estuvo en Maracaibo, y sobre el escenario del Teatro Baralt los asistentes pudimos elevarnos en la voz del artífice que ahora, quizás, haya vuelto a intentar caminar sobre las aguas: “Como cristiano tengo que ser optimista y también como revolucionario (…) Como cristiano porque el Evangelio nos enseña que va a venir el reino de los cielos a la tierra. Y como revolucionario porque Marx nos dicho que algún día habrá un comunismo perfecto en la Tierra”.
Utopía fermentada desde los púlpitos de la conciencia: “Yo le diría lo que se ha dicho desde hace tiempo: el Evangelio, el anuncio del reino de Dios, del reino de los cielos en la Tierra. Y recordar de nuevo lo que anunció el marxismo: una sociedad nueva, justa y sin clases. La sociedad comunista perfecta… que viene a ser lo mismo que el reino de Dios en la tierra. Yo no tengo otra cosa que predicar que el cristianismo y el marxismo, que para mí son la misma cosa..”, decía aquella tarde de 1980, en el Baralt. “Es un poeta muy sabio”, coincidimos.

Alexis Blanco [email protected] Foto Agencias

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