Ana Boscán Villalobos de Parra y los 102 años que marcaron su vida

Ana Boscán Villalobos de Parra y los 102 años que marcaron su vida

Ana Boscán Villalobos de Parra

Ana Boscán Villalobos de Parra Foto: Leonel Sandrea

Sentada en su mecedora de bambú, con herramientas en mano, Ana Boscán Villalobos de Parra recuerda lo que ella llama, «el calvario » de su vida, que resultó en el mejor de los destinos.

Ana tuvo una vida como cualquier otra, pero lo que la hace extraordinaria es que tuvo la oportunidad de cumplir más de un siglo de vida.

Un cuatro de marzo pero del año 1918, nació la señora Ana, o Rufina, como algunas personas le dicen por cariño. A los cinco meses de nacida, quedó huérfana de madre y fue criada por su tía, quien ella aún recuerda con amor. “todavía siento el dolor de su partida, la quise como si fuera mi madre.  Ella fue mi segunda madre”, dijo.

“Fui criada en Santa Cruz de Mara cuando eso era puro monte, yo me la pasaba como un animalito, descalza, de aquí para allá y de allá para acá, cargando agua de un jagüey para la tinaja y picando leña para el fogón, esa fue su infancia”, comentó risueña.

“Cuando estaba con quien fue como mi  madre, me la mantenía como un animalito pero era feliz, porque era con gusto mío y era feliz porque andaba con mi familia”, añadió.

A pesar de que su tez está marcada por los años, su mente goza de completa lucidez, por lo que recuerda aquel fatídico día en el que su padre la buscó y la trajo a Maracaibo, para inscribirla en un colegio.

Ana Boscán Villalobos de Parra

La ciudad no era el problema para su siguiente vivienda, sino los malos tratos que en su momento ella recuerda. Añorando que en esa época la hubiesen dejado con su familia materna.

A viva voz comentó que no era bienvenida en la casa de su padre, sin embargo ella ayudaba en los quehaceres de la casa y en los mandados.

Rufina explicaba que las tías de su padre, quienes eran muy católicas la obligaban a ir a misa y a confesarse, cosa que a ella no le gustaba. “El cura me preguntaba muchas cosas que yo no sabía contestar”, alegó.

“Para mí era el sacrificio más grande cuando me mandaban a confesar, cuando me tocaba yo me quedaba en la plaza de Santa Lucía porque nosotros vivíamos en el Empedrao y cuando me llamaban y me preguntaban si me había confesado yo decía que sí y al día siguiente comulgaba. Me pellizcaban para que me parara a las cuatro de la mañana para ir a misa”, dijo.

“Mis tías fueron muy malas conmigo, no me querían como sobrina, como yo no tenía que ponerme, ellas buscaban batas viejas por el vecindario y les hacían vestidos con retasos”, la señora Ana recuerda que la enviaban a la escuela con unas chinelitas de lona y unas medias blancas, por lo cual llegó a sufrir de un insólito bulliying, “las muchachitas me tiraban piedras, me hacían bulla, porque iba como disfrazada”, añadió.

 Mencionó: “Salí de ahí ya grandecita sin saber nada, porque me mandaban al colegio y no asimilaba nada, solo aprendí a medio leer y a medio escribir”.

El vuelto perdido

Como niña juiciosa, Ana debía barrer y acomodar la casa antes de ir al colegio, y relata que ella nunca había sentido las ganas de roban nada, pero un día mientras limpiaba, consiguió encima de la ortofónica una moneda de dos bolívares, la que para aquél tiempo era mucho dinero para ella.

Ese día tomó el dinero y se lo llevó al colegio, ella observaba a las demás niñas que compraban chupetas casi a diario y en esa oportunidad con los dos bolívares podía darse el lujo de hacerlo.

Decidió comprarse la chupeta que costaba medio. “cuando veo que me dan ese vuelto “¿hay Dios mío que hago yo con todos esos cobres ahora? ” se preguntó la niña desconcertada y temerosa.

“Me fui al puente Oleari, me encaramé y tiré el sencillito para abajo, lo bote, yo no iba a llevar eso para la casa porque me iban a preguntar que de dónde saqué yo eso, entonces me comí mi chupetica y boté el vuelto”, relató con la más inocente de las sonrisas.

Ella comenta que no sabe qué pasó con el dinero que botó, pero supone que vigilante que estaba a un costado del puente bajo a recoger el botín.

La propuesta de una vida nueva

El aprecio de sus tías no afloraba hacía ella. Rufina comentó que en varias oportunidades las oía  vociferar: “Viniera Antonio José (su hermano) para que se llevara a esta muchacha de aquí”.

Milagrosamente su hermano apareció y le propuso que se fuera con él, Rufina sin aguantar dos pedidas saltó de la emoción y dijo: “sí, yo me voy”.

Ana Boscán Villalobos de Parra

Vuelve a Santa Cruz con su hermano, donde le gustaba estar. “Allí empecé a crecer, me desarrollé” entonces volvió papá a irme a buscar”, siguió su relato.

 En ese entonces regresó a Maracaibo, pero a casa de unas tías por parte de madre, “esas me querían más”, explicó.

Rememoró aquél momento en el que volvía a ser “secuestrada”. “Un día llegó papá otra vez, que era el que siempre me echaban la burra pal monte, me decían”. Emprendió viaje con él, esta vez la querían para que ayudara a una prima con su hijo, Rufina no se quiso quedar allí y con dos bolívares más cogió un carro y fue a parar a Cañada Honda a casa de su hermana.

Así estuvo en un vaivén por varios años, hasta que se empoderó y dijo que no, “esto no va conmigo”, comentó. Con dos hermanos acomodados, Rufina “rodó” de un lado para otro sin descanso, “yo no sabía ni los años que tenía, porque yo no tenía mundo, no tenía sentido de vivir”.

Con los pies en la tierra

En el momento que dejó de ser errante, Rufina conoció a quien sería el padre de sus nueve hijos. “Cuando tenía como 14 o 15 años cerré los ojos y me fui con él. Con él me fue de lo mejor, porque él fue un hombre ejemplar, un hombre que me quiso, y con el tuve nueve flores que el señor me dio a mí”, añadió.

Afirmó:  “Mis hijos todos son buenos, cinco varones y cuatro hembras, aunque se murió uno, y allí empezó mi vida para mejor,  él me trató bien y a la final nos casamos”.

Carlos Parra fue el que le tocó a ella, comenta con mucha seguridad, pues era  el hermano de su cuñado.

“De ahí tuve mi primera hija (20 años) y mi vida cambió”, su esposo en aquel entonces trabajó en los campos petroleros y terminó su calvario.

Trabajo como caído del cielo

Sin estudios profesionales y ya casada, Rufina incursionó en el mundo de la modistería, ella misma cosía su ropa y los vestidos de sus hijas. “Mis nietas se enguayababan con los vestidos que yo hacía y eso me fue llevando a un nivel alto y comencé a ser la modista de todo el mundo por ahí”, dijo orgullosa.

Su esposo le compró una máquina y llegó a hacer hasta vestidos de novia. Hoy en día, aún cose y teje chinelitas, pero la mejor modelo y maniquí es su propia figura, las hijas de la señora Ana señalaron que la vestimenta de su madre ese día era confección completa marca “Rufina”.

Ana Boacán Villalobos de Parra

“Todo lo aprendí sola, veía los figurines y veía la moda y me las ponía a hacer. Lo único que no tenía desde pequeña era una instrucción buena, sino hasta dónde hubiera llegado yo”, dijo entusiasmada.

Cuando al fin tuvo poder de elegir qué quería hacer tomó el camino cristiano evangélico hasta este tiempo.

Historia política

Rufina con más de 100 años logró vivir la que muchos solo conocen en los libros de história, hoy ella comenta lo que recuerda de la vida política en Venezuela.

“Yo iba al catecismo en la catedral y el padre Olegario Villalobos nos decía que rezáramos mucho por Juan Vicente Gómez,  después Eleazar López Contreras, luego Medina Angarita…”, siguió pensativa.

“Con ningún presidente me la he llevado bien, porque ninguno me ha cuadrado, él único que me cuadró un poquito fue Carlos Andrés Pérez, el único gobierno que me agradó , porque vi producto de él y tuvimos buena situación nosotros”, añadió.

Ana Boscán Villalobos de Parra

Actualmente Rufina goza de una vida plena en compañía de sus hijas, ella agradece a Dios por su cumpleaños número 102 y afirma su fe en él.

“Sin Dios no se mueve ni la hoja de un árbol, tenemos que confiar en él y esperar, que sea él quien disponga de la vida de uno. Me siento muy bien, porque parece que para mí no pasan los años, porque parece que mantengo la voluntad”, finalizó con una amplia sonrisa.

 

 

Any Vargas

Foto: Leonel Sandrea

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