Un amor en el exilio que trasciende más allá del tiempo y las fronteras

Un amor en el exilio que trasciende más allá del tiempo y las fronteras


Foto: Cortesía

Desde el 2010 muchos venezolanos han salido de país por diversas razones, dejando atrás la vida que conocen; trabajo, amigos, familia y amores; siendo este último el más difícil de recuperar en el proceso, pues la crueldad del tiempo y la distancia sólo son capaces de vencerla los que albergan en su alma un fuerte y profundo sentimiento.

Lorena y Leonardo experimentaron un amor juvenil como cualquiera, casi siempre dulce, pero con uno que otro trago amargo, con risas, llanto, chocolates, flores, canciones, padres en desacuerdo, infidelidades… en fin, nada fuera de lo común, incluso, una migración de por medio, que los obligó a vivir un amor en el exilio.

La pasión por el mundo de la comunicación social sincronizó con el destino para que Lorena y Leonardo se conocieran en una universidad de Maracaibo en 2011. Ella tenía 21 años y estudiaba periodismo, él un poco menor, tenía 19 estudiaba artes audiovisuales.

Ambos iniciaron una relación  amorosa en junio de ese año, apenas cuatro meses después que se conocieron, ella no quería una pareja que la distrajera de sus metas, él atravesaba por el divorcio de sus padres y lo único que le importaba era darle fuerzas a su madre; sin embargo, no podían persuadir que el destino los uniría. Era inevitable el brillo resplandeciente en sus ojos cada vez que la veía sonreír y vaya, esa chica sonreía en demasía y ella solo se deleitaba y se perdía en su brillante mirada.

Algo más que las ganas de comerse al mundo los hacía afines, eran hijos únicos, no tenían hermanos y en su fantasía de una vida juntos, bromeaban sobre tener hijos sin tíos, pero ese sueño se empañaba con cada pelea que ella tenía con su madre, a quien no le parecía suficiente él para su hija. Lorena después de cada altercado con su madre, intentaba separarse de Leonardo, ya que para ella era más importante su madre que cualquier otra cosa, incluso, que el amor de su vida. Leonardo no se rendiría, no permitiría que le arrebataran a “su negra” –como de cariño le decía-, luchaba y luchaba para que Lorena entendiera que él la amaba con fuerzas y que nadie la amaría así; ella no lo dudaba, estaba segura, por lo que la idea de terminar  se esfumaba.

En medio de la separación de los padres de Leonardo, Lorena fue su mayor apoyo para lidiar con eso, cuando todo se tornaba oscuro, él solo salía a buscarla para refugiarse en sus brazos que parecían medicinales, le quitaban el dolor a su alma y borraban sus lágrimas.

Un día como cualquiera, un pequeño detonante, desencadenó una gran pelea por la que Leonardo se fue muy enojado, tal fue su rabia, que en esta oportunidad no buscó los brazos de “su negra”, encontró el refugio en Paola y en ella, un cuerpo en el que cometió una infidelidad, que al momento que Lorena lo supo, su alma se rompió en pedazos, haciendo difícil el perdón, pero lo hizo, pues él también quedó devastado y ella solo pudo pensar en toda la felicidad que antes de eso él le había dado y que por un error, aunque grave, no era suficiente para terminar una relación que pare entonces ya tenía casi dos años.

Luego de superar esa dura etapa, Lorena y Leonardo continuaron la relación, una unión tan ejemplar, que muchos de sus amigos los envidiaban; pero pese a la fuerza de su amor los problemas económicos llegaron y a él ya se le hacía insostenible costear la universidad que, desde hace un semestre había dejado y peor aún, ya no podía estar en la tierra que le vio nacer.

Una buena oferta de trabajo surgió para Leonardo, pero fuera de Venezuela, muy lejos, en Costa Rica; pero solo tenía una semana para disfrutarla con Lorena y prometerle que estarían juntos; y así fue, en agosto de 2013 se marchó y aunque triste fue la despedida, no hubo lágrimas, solo besos y una sonrisa acompañada de una frase que marcó a Leonardo: “Nos vemos al rato”.

Al llegar a Costa Rica lo esperaba su padre, quien ya tenía otra pareja que lo recibió con los brazos abiertos y lo hizo sentir en casa, pero su negra no estaba y sólo quería dormir abrazado a ella. La comunicación por video llamada servía para mantener la relación, se sentían conectados aunque les hiciera falta el calor del otro.

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Pasaron los días, semanas, meses y años, tres años; y por difícil que fuera seguían juntos, él no podía volver a Venezuela, ella no quería irse por cargas familiares, intentaron superarlos, pero la soledad estaba ansiosa de una compañía, una que para él llegó y en el fondo, ella la quería. La relación terminó, sin embargo, cada noche ellos se mensajeaban, cada vez era más claro entender que estaban hechos el uno para el otro, aunque las circunstancias los impedían; ella también consiguió otros brazos, pero ningunos le daban tanto calor como los de Leonardo. Para ninguno, otros cuerpos sirvieron para olvidarse.

A inicios de 2019, cansados de no tenerse se conectaron de nuevo, e iniciaron una relación a distancia, pero se cansaron de darse amor a través de la pantalla y llegaron a un acuerdo, a un punto medio; él salió de Costa Rica, ella de se fue de Venezuela, y ambos lograron encontrarse en otra tierra. Un amor que trascendió más allá de los kilómetros y los seis años que estuvieron separados; un sentimiento que fue tan real, que venció cada barrera, que el entorno y destino quisieron interponer.

Noticia al Día/ Urbina Hernández

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