De Interés: cuando el río suena (María Elena Araujo Torres)

De Interés: cuando el río suena (María Elena Araujo Torres)

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Históricamente existe la práctica del rumor. Rumores como sinónimos de brollos, secretos (con el consabido no se lo digas a nadie), dejar correr la bola, estrategia comunicacional. El caso es que el hombre siempre ha sido partícipe de esta práctica social por diferentes razones. Es casi imposible que alguna persona pueda confirmar su total falta de participación, ya sea como difusor o receptor de este tipo de mensajes.
En todo caso, sea por la razón que fuere, el rumor como práctica social ha dejado más sinsabores que beneficios a la humanidad, sobre todo porque se involucra a personas en situaciones supuestas que usualmente resultan en argumentos negativos sobre su conducta. Lo peor del caso es que quienes disfrutan esparciendo rumores es poco probable que practiquen la introspección como primer paso para señalar al prójimo.
Tradicionalmente se conoce el brollo como cuentos negativos acerca de la conducta ajena, ya sea la hija del vecino que “se la da de mosquita muerta, no rompe un plato” pero…; la sexy compañera de trabajo que ascendió muy rápido de cargo, sin méritos o talentos laborales; el antiguo compañero mala conducta de escuela que nunca sacó buenas notas pero que ahora de adulto se volvió rico de la noche a la mañana. En fin, todas esas historias que conocemos y hemos escuchado en determinados momentos, sin percibir tal vez que escuchando o con simplemente asentar con la cabeza ya estamos participando ante la maledicencia contra otras personas.
Y no es que pasemos por la vida como ascetas o santos inmaculados, es que es de vital importancia ser prudente ante la descalificación del prójimo. Los rumores han desatado destrucción de familias; odio entre quienes han sido buenos amigos; incluso, a la cárcel han ido a parar personas inocentes señaladas como culpables sin pruebas algunas, muchas veces castigadas bajo encierro mientras esperan ser juzgadas por delitos no cometidos.
Hoy en día la moda del rumor reina a través de las redes, vías por donde el desprestigio se ha convertido en entretenimiento; por donde es “normal” acusar a determinadas personas de estar involucradas en delitos o conductas reñidas contra las llamadas buenas costumbres, sin empacho alguno. Esto es, distinto a lo que conocemos como notitia criminis (cuando realizan una investigación legal con base en una noticia publicada por un medio de comunicación social). Según descripción conocida legalmente: “es la noticia criminal, la cual, como su nombre lo indica, es la forma indirecta en que un funcionario de instrucción, se entera de que se ha cometido un hecho que choca con la ley, y que éste además, puede ser calificado como delito, cuyo daño público deben salvaguardar, por el bien común de los integrantes de la sociedad”.
Difamar como estrategia comunicacional entonces parece estar de moda, siempre y cuando el dedo acusador se dirija opuesto al calumniador, quien inmaculado se pavonea con autoridad para acusar a diestra y siniestra a quienes no sean sus afectos, muchas veces por razones de egolatría; “hacer justicia”; disfrutar exponiendo al escarnio público a sujetos que no son de su gusto; y, otra larga lista de razones que se retuercen en sus siquis.
Para ser autoridad en materia de denuncia o señalamientos de conductas inapropiadas del prójimo hay que tener pruebas y disponibilidad de presentarlas legalmente cuando sea menester, de lo contrario el portavoz se define como brollero, malintencionado, perverso, con afán de dañar a otro. Sería el río que suena porque usualmente trae piedras.
María Elena Araujo Torres

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