Iris, la eterna niña de la cama 18

Iris, la eterna niña de la cama 18

Foto: Archivo NAD

Desde que nació fue condenada a no pisar la tierra. Durante sus 38 años, el mundo exterior fue un murmullo para Iris.  A través del tiempo, quienes la rodearon comprendieron que, también, fue absuelta y enviada con la gracia de la supervivencia.

El 5 de mayo de 1987, una mujer llegó con una nena de 5 años en brazos al Hospital de Niños de Maracaibo. Le dijo al galeno de guardia que la pequeña tenía diarrea, y minutos más tarde se esfumó. Sola. Atrás dejó a Iris, quien la esperó más de 12 mil días postrada en una cama.

En el informe médico que se abrió en aquel momento se anotaron datos que aún permanecen en los archivos del recinto: la mujer dijo llamarse María del Carmen González, de 27 años, y el padre de la niña era un hombre de 29. Iris fue producto de una cuarta gesta no controlada.

Al nacer, el 6 de enero de 1982, pesó 2,600 kilogramos; necesitaba respiración asistida; nunca se había levantado; nunca había hablado; no podía sostener la cabeza. Ingresó a las 2.20 de la tarde con una diarrea aguda, otitis media supurativa y parálisis cerebral espástica, por orden del director del hospital Alfredo González Paz, ya fallecido.

La poca información que se obtuvo de Iris la dio su madre, pero realmente no se supo si era cierta o no. Incluso, mencionó una dirección de residencia: Haticos por Arriba, callejón San Luis, casa 16-52, pero era falsa. Esa semana, Haidee Briceño, jefa del departamento de Trabajo Social en el hospital, visitó siete u ocho barrios y nunca la encontró.

“Aquella tarde la madre desapareció y hasta el sol de hoy no ha vuelto. Hicimos la denuncia por radio, prensa y, después, el 7 de abril de 1989, se colocó en el entonces Instituto Nacional del Menor (INAM)”, recordó  Briceño, quien lleva más de 30 años en el hospital y se convirtió en una de las varias madres adoptivas de Iris.

Fue la misma Briceño quien encontró un importante dato en la vida de Iris. De pista en pista, durante la búsqueda de la madre, halló en un barrio ya borrado de su memoria a una mujer que albergó por un tiempo a González.  Aquel testimonio aseguraba que la progenitora también había sido abandonada de pequeña en un albergue de Santa Bárbara del Zulia. Además, mostró una fotografía que le tomó a Iris, al parecer de 2 años, en una andadera.

Iris tuvo un hogar

Foto: Archivo NAD

Rara vez un hospital deja de ser visto como una antesala de la muerte, un  preludio de buenas o malas noticias, para convertirse en un hogar. Y eso es lo que tuvo Iris: un hogar.

La sala de Servicio Preescolar, Escolar y Adolescente fue su cuarto desde que llegó. Pasó de la cama 6 a la 12, y luego ocupó la 18. Pero siempre en el mismo sitio: pegada a la pared del área de enfermería, para que sus protectoras escucharan el mínimo ruido que emitiera.

Allí estuvo rodeada de otros niños, pero solo ella fue la huésped permanente.  Sus 38 kilos y casi un metro de estatura descansaron sobre la única cama con mosquitero.

Inmóvil, acostada sobre sus piernas por una malformación congénita, con la mirada hacia arriba, perdida, sin expresiones, sin comunicación alguna, Iris parecía haberle jugado una mala pasada al destino: decidió quedarse.

Médicos, enfermeros y todo el personal que la vio ingresar pensaron que no tendría niñez, que no llegaría a la adolescencia y mucho menos a la adultez. “Pero allí siguió durante 33 años. “Ella fue una bendición, nuestra hija, y por algo estuvo presente”, comentó otra de sus madres, Elaine Vielma, jefa de Servicios Generales con más de tres décadas de labor en el hospital.

Una historia que todos recordarán

Foto: Archivo NAD

Alrededor de la cama, que parecía el reino de Iris, donde ningún inquieto niño se asomaba ni halaba el cobertor, las enfermeras, médicos y madres de otros pacientes le festejaban siempre el cumpleaños. Ahí volvían a recordar su historia y un particular episodio: algunas enfermeras, ya jubiladas, vieron en varias oportunidades a una mujer acercarse hasta el pie de la cama y llorar cabizbaja. Luego se marchaba sin decir una palabra. “No sé por qué, pero nunca nadie tuvo la delicadeza de preguntarle a esa mujer quién era”, exclamó Briceño.

La única vez que Iris salió de su casa fue en 2013, cuando conoció calles, autos y árboles rumbo al Hospital Central de Maracaibo, donde vio rostros desconocidos de nuevas personas trajeadas de blanco.

“Presentaba inapetencia, por lo que se le colocó una vía para una infiltración, que derivó en una infección de piel y tejido blando en un dedo de su mano derecha, lo que ameritó traslado a un centro de salud de adultos. Fue en el Central, donde le practicaron una cirugía para drenarle el líquido”, explicó otra de sus madres adoptivas, la pediatra Nelly Petit, jefa de la sala de Servicio Preescolar, Escolar y Adolescente.

Mientras le practicaban exámenes y cicatrizaba la herida, allá permaneció Iris el mes y medio más triste de su vida. Solía llorar, a pesar de que las enfermeras del Hospital de Niños iban a cuidarla también. Sabía que no estaba en su cuarto.

“La otitis y parálisis debieron resultar por una hipoxia feto-neonatal, y pese al estado neurológico en el que se encuentra, ella sabía dónde estaba, no hablaba pero emitía sonidos; no caminaba, pero sí escuchaba”, expuso Petit.

Aparte de la cirugía y los dolores comunes por la enfermedad en el oído y por la menstruación, que eran las únicas ocasiones en las que se expresaba a través del llanto, Iris nunca estuvo grave, o no permitieron que lo estuviese.

De vuelta a su hogar, la pequeña con cuerpo y edad de mujer cambió el semblante, y se le tuvo que abrir un segundo expediente de ingreso. Pudo presumir de ser la única con dos historias médicas en un mismo sitio.

Como toda reina, Iris tuvo su escuadrón protector

Foto: Archivo NAD

En los 33 años que estuvo encamada, solo una pediatra exigió que saliera del hospital para ser ingresada a uno acorde a sus necesidades especiales, a un centro de salud para adultos. Esa galena señaló que Iris pudo tener una existencia diferente si en su momento se le hubiese practicado un tratamiento de fisiatría riguroso; aunque ya nada de eso importa.

Y como los guerreros defienden a su reina, o, mejor dicho, como la familia defiende a un hijo, el personal del hospital se alzó por dos sencillas razones que recordaron Briceño, Vielma y Petit: quién iba a estar dispuesto a recibir a un paciente en esa condición y quién iba a estar dispuesto a vivir con el remordimiento de conciencia de que Iris muriese de tristeza si la sacaban del único hogar que había conocido.

Además, cualquiera vería complicado que encontraran enfermeras como Xiomara Valdéz y Johany Leal, otras de sus madres adoptivas, que limpiaran a Iris, la afeitaran, bañaran, le cambiaran los pañales, los centros de cama y le colocaran cremas y colonia.

Valdéz y Leal, junto a cuatro enfermeras más que se dividían en dos por turno, y algunos médicos residentes, se encargaron de que a Iris nunca le saliera una escara, de mantenerla acicalada, perfumada y que cumpliera su estricta dieta de alimentos en forma de papilla.

En ocasiones, eran ellas mismas quienes montaban a Iris en una silla reposera y la llevaban en las mañanas hasta un espacio abierto del hospital para que el sol acariciara su rostro por unos minutos.

“El primer ángel que tuvo fue el doctor Alí Torres Morales (segundo director del hospital después de su ingreso, ya fallecido) quien luego de ver cómo ella se desarrollaba en ese ambiente, dijo: ‘no se va, se queda con nosotros, será la hija del hospital’. Luego se formó la Sociedad de Amigos para ayudar a Iris, compuesta por miembros de la institución quienes colaboraron con sus cuidados”, contó Petit.

Iris fue la hija amada por todos

Foto: Archivo NAD

Pero Iris no fue una paciente. Fue, como sentenció Alí aquella vez, una hija adoptada, una niña, o al menos así la vio todo el personal de este centro de salud, ratificó con ímpetu el galeno Víctor Román.

“Cuando un director recibía el hospital también aceptaba a Iris, sabía que venía con ella, porque era parte de la institución”, afirmó Aura Rincón, quien estuvo en una época al frente del recinto.

Uno de los problemas que afrontó Iris fue la carencia de documentos personales, legalmente, no existía. No tuvo cédula de identidad, ni partida de nacimiento, lo cual anticipaba dificultades cuando falleciera.

 “Adentro de las cuatro paredes que fueron su mundo, nadie la olvidó, nunca le faltó amor”, aunque fuera de este lugar la gente no supiera de su existencia.

La familia que le llegó aquella tarde del 87 no sabe si ella querría que se recordara su historia, pero sí sabe que su vida fue para inspirar. En su infancia perpetua, Iris vivió siendo amada y cuidada, quieta, en su cama… la 18.

 

 

Texto y Fotografía: David Contreras

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