Sirios usan cáscaras de pistacho como combustible para protegerse del frío

Sirios usan cáscaras de pistacho como combustible para protegerse del frío

En su salón, en la localidad de Tal Al Karama, en el noroeste de Siria, Abu Walid instala una estufa artesanal y echa algunas cáscaras de pistacho para atizar las llamas y calentarse.

Esta técnica para mitigar el frío en invierno, cada vez más extendida en la provincia siria de Idlib (noroeste), permite remplazar la madera o el combustible que se utilizan habitualmente en el mundo árabe para alimentar las estufas.

En Siria la falta de estos combustibles empuja a los habitantes a optar cada vez más por las cáscaras de pistacho, como en Tal Al Karama, una pequeña localidad situada al norte de Idlib.

«La escasez de combustible nos incita a buscar alternativas», confía Abu Walid a la AFP.

Fueron los nuevos vecinos, que llegaron a causa del conflicto de Tal Al Karama desde la ciudad de Jan Sheijun, en el sur de Idlib, quienes les hicieron descubrir este combustible alternativo.

Delante de su casa, Abu Walid ha apilado una quincena de sacos llenos hasta los topes de cáscaras de pistacho para estar seguro de tener provisiones suficientes para los días más fríos.

Esta técnica de calefacción es «sana, no emana ni olor ni gas (…) y es más barata que el combustible» afirma.

Importadas esencialmente de la vecina Turquía, estas cáscaras inflamables se venden generalmente a 175 dólares (157 euros) la tonelada, lo que permite aguantar todo el invierno, mientras el barril de petróleo cuesta 130 dólares (117 euros) y dura apenas un mes.

– Demasiado caro para muchos –

Saddiq Alwane tuvo que huir de su hogar en Jan Sheijun, blanco de ataques y sangrientos combates. Desde su inicio en 2011, el conflicto sirio ha dejado más de 370.000 muertos y millones de desplazados y refugiados.

Desde el 16 de diciembre una ofensiva del régimen sirio contra la provincia de Idlib ha lanzado a las carreteras a más de 40.000 sirios del sur de la región, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH).

Esa zona aún escapa en parte del control de Damasco y está dominada por los yihadistas del grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS).

Alwane transportó en su equipaje sus conocimientos en creación de estufas especialmente elaboradas para quemar las cáscaras de pistacho.

En Dana, estableció una pequeña fábrica donde trabajan 15 empleados para satisfacer la demanda en constante crecimiento.

La fábrica consta de una cámara de combustión de aluminio fijada en una placa elevada y conectada a una batería de automóvil, así como a un largo conducto cilíndrico. Cada estufa se vende por un precio entre 100 y 130 dólares (entre 90 y 117 euros).

Al lanzar su negocio, Alwane no esperaba tal éxito.

«Esperaba una producción de 500 estufas […] Pero ya estamos en 2.500 unidades producidas y los pedidos continúan», dice.

Pero su precio sigue siendo inalcanzable para las decenas de miles de personas desplazadas que viven en condiciones extremas en campamentos improvisados, donde las necesidades de calefacción son aún más cruciales.

– Frío y lluvia –

Idlib alberga 40 campamentos similares en los que viven alrededor de 18.000 personas, la mayoría de la provincia vecina de Latakia.

Con la llegada del invierno, los dirigentes oficiosos de estos campamentos se quejan del agotamiento de la ayuda internacional, como Hasan Darwich, de 35 años, uno de los desplazados.

«La administración del campamento no puede satisfacer las necesidades de los desplazados», dijo. «Y la ayuda de las organizaciones humanitarias es escasa».

En Kherbit al-Joz, una aldea en el oeste de la provincia de Idlib, las lluvias torrenciales han inundado recientemente tiendas improvisadas que albergan a familias de desplazados.

Desde que huyó de su aldea natal en la provincia de Latakia hace cinco años, Husein Mohamed Berro, de 51 años, solo ha soñado con una cosa: «volver a casa».

Mientras tanto, este padre de cinco hijos sobrevive cortando madera, que en parte vende como combustible. También utiliza parte de ella para consolidar su tienda, hecha jirones y que no protegía a su familia del frío invernal ni de los veranos abrasadores.

En cambio, dice con un suspiro: «Prefiero fuertes lluvias e inundaciones a un edificio que se derrumba sobre nuestras cabezas» después de un bombardeo.

Noticia al Día/AFP

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