Jonathan Pryce: el actor que se parece al Papa Francisco y terminó interpretándolo

Jonathan Pryce: el actor que se parece al Papa Francisco y terminó interpretándolo

Foto: Agencias

Tuvieron que pasar más de 600 años para que el corazón de la Iglesia Católica se volviera a dividir entre dos papas. Ocurrió en el 2013, nunca está de más recordarlo, cuando Benedicto XVI renunció a su cargo para convertirse en Papa Emérito, y días después Jorge Bergoglio –el primer Francisco– fue elegido en su remplazo. Desde entonces conviven como dos fuerzas, una pasiva y otra activa, si se quiere, y es muy poco lo que se sabe públicamente de su relación.

De eso va “Los dos papas”, la película dirigida por el brasileño Fernando Meirelles y producida por Netflix, que acaba de llegar por unos días a la cartelera y desde el 20 se podrá ver únicamente en la plataforma. Es la tercera película de Netflix –después de “El Irlandés” e “Historia de un matrimonio”– que se estrena este año con miras a entrar con fuerza a la temporada de premios, lo que parece haber logrado: las tres se han metido entre las cinco nominadas a mejor película dramática de los Globos de Oro. No es poca cosa.

Valga decir que la quintaesencia de “Los dos papas” está en sus protagonistas: Anthony Hopkins como el alemán Joseph Ratzinger o Benedicto XVI, y Jonathan Pryce como el argentino Jorge Bergoglio o Francisco. Un casting asombroso desde la apariencia física, pero que crece con una entrega actoral soberbia. Si “Los dos papas” no se reduce a un ejercicio de buenismo clerical es porque sus personajes ofrecen profundidad y matices. Son ellos los que sostienen esta historia que pudo disolverse en la ingenuidad.

Y lo hacen por complemento y contraste. Porque en el contexto de una iglesia en grave crisis –escándalos financieros, denuncias por pederastia, pérdida de convocatoria–, las figuras de Benedicto y Francisco parecen perfilarse como dos caminos disímiles para el futuro del catolicismo: ¿realmente representan el choque entre el conservadurismo y la reforma? ¿Tan opuestos son en sus visiones? La historia todavía está escribiéndose.

Por lo pronto, “Los dos papas” ha comenzado a convertir la crisis en oportunidad. Aparte de la mencionada nominación a mejor película, el galés Jonathan Pryce tentará el premio a mejor actor por su interpretación de Francisco. Una candidatura que dejó fuera al Robert De Niro de “El Irlandés” y que lo enfrentará, por ejemplo, a Joaquin Phoenix de “Joker”. Días antes de que se anunciara su nominación, El Comercio pudo conversar con él.

Primero, una pregunta general: ¿cree usted en Dios? ¿Es un hombre religioso?

Eso fue lo primero que nos preguntaron a Anthony Hopkins y a mí antes de empezar a trabajar en la película. Mi respuesta fue que no, no lo soy, pero que esperaba serlo al final del rodaje. Y ocurrió a medias, la verdad. Yo nací en una familia protestante y frecuenté una iglesia presbiteriana hasta que fui adolescente. Luego la abandoné. Pero ha sido fascinante experimentar algunas de las cosas que experimentó el papa Francisco, me ayudó a abrir mi mente. Sigo sin formar parte de ninguna religión organizada, pero sí creo que existe algo más allá de nuestro entendimiento. Y sigo buscándolo.

Hay un gran parecido facial entre usted y el papa, que ha sorprendido a la gente. Pero, desde luego, eso no es suficiente. Cuénteme del proceso de estudiar al personaje.

Bueno, en mi carrera me ha tocado interpretar a muchos personajes reales, de Martín Lutero a Gustav Mahler, de Leopoldo de Bélgica a Juan Domingo Perón. Pero todos estaban muertos. Esta es la primera vez que interpreto a un personaje real que está vivo. Y ha sido peculiar. Desde el día en que se convirtió en Papa, Jorge Bergoglio estuvo siempre en la televisión y en los periódicos. Y yo, como muchos, estuve viendo y leyendo todo lo que decía. Siempre me atrajo como figura política, pues hablaba constantemente de los cambios que necesita el mundo. Sentí una gran empatía hacia él y esa fue la razón por la que realmente quería hacer esta película. Supe que era un proyecto en el que quería involucrarme. Ningún otro papa me hubiera entusiasmado de esa manera. Y cuando leí el guion, obviamente sabía lo que tenía que decir, pero debía aprender cómo lo iba a decir. No solo se trataba de aprender español, italiano o latín, sino aprender la forma en que hablaba. También tuve que averiguar cómo caminaba y, de hecho, un gran descubrimiento fue saber que Francisco camina exactamente como camino yo (risas). Básicamente esa fue la preparación. No fue un personaje que me resultara totalmente ajeno o desconocido.

Me parece que las mejores partes de la película son aquellas en las que se da el cara a cara entre usted y Anthony Hopkins. ¿Fueron muy largas? ¿Hubo improvisaciones o repeticiones?

En realidad todo estaba muy bien escrito en el guion, con todos los elementos de una conversación: respuestas, interrupciones, silencios. No tuvimos que hacer demasiados ensayos y confiamos mucho el uno en el otro, así como en Fernando (Meirelles). Lo que sí destacaría es que aquí, a diferencia de otros filmes, tanto o más importante que hablar, era escuchar. Eso fue muy importante para mi personaje, porque Francisco estaba descubriendo cosas de Benedicto mientras hablaban y tenía que escucharlo. El resto funcionó todo muy bien. Sí hubo pequeños momentos sin guion, como cuando los dos papas están mirando el partido de futbol entre sus selecciones en la final del Mundial. Allí sí fuimos Tony y yo improvisando y reaccionando como habrían reaccionado los personajes.

El humor es muy importante en la película. ¿El papa Francisco es una excepción en el Vaticano en ese aspecto?

Una de las cosas que me sorprendió al investigar sobre el personaje fue que a Bergoglio lo conocían en Buenos Aires como “el hombre que nunca sonreía”. Es más, se dice medio en broma que cuando apareció por primera vez como Papa, en el balcón de la basílica de San Pedro, los argentinos no lo reconocieron porque estaba sonriendo. Me pareció extraño eso, pero supongo que es solo un punto de vista. Yo tengo dos imágenes favoritas de Francisco: una en la que está con Barack Obama y está sonriendo, y otra en la que está con Donald Trump y no se le ve muy feliz que digamos.

Y, por otro lado, también es una película sobre la soledad. Ser papa debe ser una posición muy aislada y difícil. ¿Está de acuerdo?

Sí, y creo que la película hace mucho énfasis en cómo el papa intenta aplicar cambios profundos en la iglesia y asume una gran batalla, pero también es un hombre solo, pues no recibe el apoyo que debería recibir. Además, se destaca la soledad de otras maneras, como cuando muestra lo triste que es comer solo y lo bueno que es comer en compañía. Y eso es algo que me ha ocurrido a mí mismo: yo solía disfrutar los viajes de trabajo para poder estar solo en mi cuarto de hotel. Ahora prefiero mucho más disfrutar una buena cena con los amigos.

El Comercio

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