24 de diciembre: Crónica de una noche y un sinfín de emociones, pero no como antes

24 de diciembre: Crónica de una noche y un sinfín de emociones, pero no como antes

Agencias

Hace unos cuantos años atrás, para más de uno la víspera decembrina era un momento creado para compartir en familia, desde la más cercana hasta la más lejana, aquella que quizás únicamente veíamos cuando se acercaban estas fechas próximas al nuevo año. De mi niñez, recuerdo perfectamente cómo dadas las doce de la madrugada del veinticinco de diciembre mis hermanos, primos y yo corríamos velozmente hacia adentro de aquel ranchito de madera de mi abuelo materno, lugar que, a pesar de no poseer ni el más mínimo de los lujos, era la morada más cálida y acogedora para recibir cada año –con el respectivo repertorio de gaitas y cervezas– a toda la familia. Dentro de ese humilde hogar estaba, nada más y nada menos que, “el cuartico de santa” (como lo apodaban mis tíos para nosotros) donde, lógicamente, el señor Santa Claus dejaba nuestros regalos y huía sigilosamente sin dejar ninguna huella. Este, sin duda alguna, era el momento más emocionante y anticipado de toda la noche.

Unos diez años más adelante, ahora yo, casi  toda una adulta de veinte años, no veo el momento de que la noche termine. Quizás se pueda interpretar con el típico razonamiento de que cuando crecemos le perdemos la emoción a la Navidad, pero no es sólo eso. Tantas cosas han pasado, tantos familiares ya no se encuentran en la mesa durante la cena, simplemente ya nada es igual. El amado ranchito de mi abuelo donde todos nos reuníamos y echábamos chistes, ahora está vacío, sólo con mi abuelo tocando la charrasca al ritmo de sus gaitas preferidas, negándose a romper la tradición de pasar esta fecha en su hogar a pesar de la insistencia de mi madre de que venga y esté con nosotros.

Las luces del árbol de navidad y las guirnaldas se tornan rojas, azules, verdes.

Yo sólo estoy envelecida admirándolas, a pesar de todo, siempre la navidad ha sido mi época favorita, no sólo por mi cumpleaños, sino por cómo mi mamá siempre se encarga de hacer las mejores decoraciones. Mi casa sin duda se ve hermosa, pero siento el mismo vacío. Ya han pasado treinta minutos desde que el reloj dio las doce y mis abuelos paternos ya están a punto de irse, puedo notar cansancio en sus rostros. Es de entenderse que tampoco sientan interés en esta fecha, mis hermanos, mi primo y yo ya crecimos y, el único nieto pequeño que les quedaba, ya no está; emigró a Argentina hace ya seis meses. Hace unos momentos tuvieron una videollamada con él mientras abría su regalo, mi abuela derramando algunas lágrimas mientras miraba el teléfono.

Este no es el primer año en que las navidades son tan deprimentes y apagadas, esta es aproximadamente la cuarta vez que mis papás no la celebran como en los viejos tiempos. Encogiéndose de hombros, simplemente le atribuyen la culpa al cansancio.

Son más de la una de la madrugada y ya sólo nos encontramos mi novio y yo en la sala. Nos tomamos fotos, hablamos de temas triviales, revisamos nuestros teléfonos de arriba hacia abajo, nos reímos de todos los “memes” que vimos en Instagram… ¿Y ahora qué?

Una llamada de una de mis mejores amigas parece salvarnos la noche justo cuando ya estaba considerando quitarme los tacones e irme a dormir, siguiéndole el paso a mi novio que ya llevaba unos quince minutos con una  incómoda posición en el mueble negro de cuero, batallando para mantener los ojos abiertos.

Pocos minutos después, varios amigos llegan, unos cercanos y otros no tanto, pero al fin y al cabo da igual con tal de pasarla bien en lo que queda de la madrugada. Colocamos sillas y disfrutamos entre bebidas y música, afortunadamente aliviando las tensiones que en un principio habían, esto quizás dado a que la mayoría apenas nos íbamos conociendo. Por supuesto, que para esta “tranquila” reunión inesperada pedí previamente permiso a ambos de mis padres, quienes se encontraban en el segundo piso y seguramente hubiesen notado el escándalo provocado por la fuerte música de no haberles dicho. En primera instancia, mi permiso sólo fue hasta las cinco de la mañana, cuestión que olvidé completamente hasta que vi a mi papá bajar las escaleras con cara de confusión, a las siete de la mañana. Ya para ese entonces quedábamos sólo seis personas de las diez que habíamos horas atrás, cantando a todo pulmón las canciones más icónicas de Juan Gabriel, Olga Tañón y pare de contar.

Minutos después, ya todos se van y procedo a acomodar lo que puedo de la sala, cuya apariencia podía dar a pensar que un huracán había pasado y dejado consecuencias devastadoras. Luego de ver todo un poco más decente, por fin me dirijo a cambiarme la ropa y a quitarme todo el maquillaje que ya estorbaba en mi cara. A paso lento subo las escaleras hacia mi cuarto, finalmente cayendo  en mi cama y posteriormente en un sueño profundo casi de inmediato. La noche definitivamente fue una mezcla de emociones y no transcurrió como yo pensé que lo haría, y en cierta forma, quizás estoy feliz de eso.

 

Por Yulied Sulbarán

Noticia al Día

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