La travesía de un ingeniero petrolero que salva su vida vendiendo Chupetas

La travesía de un ingeniero petrolero que salva su vida vendiendo chupetas

Foto: NAD

La vida de un empleado público se consume lentamente entre colas, maltratos  buscando soluciones inesperadas para lograr alcanzar un pequeño sorbo de lo que llaman calidad de vida

Juan, un petrolero que no ve el camino hacia el progreso, comenta en retrospectiva de una vida de abundancia que se convirtió en suplicio y signo de perseverancia.

Se levanta a las tres de la mañana para preparar sus enseres, mientras su mujer fielmente monta el café y acomoda las viandas que le servirán de sustento en su larga jornada.

Con un horario de 24 horas por 24, el obediente trabajador se mentaliza en cómo mantenerse despierto mientras es mecido por las olas del lago. Este día su turno no fue en tierra; aunque su título universitario dice ingeniero, para llenar los huecos en los puestos de trabajo le ha tocado ser albañil, mensajero y mecánico.

La tarea se hace más pesada cuando llega la noche, aunque la guardia es calmada, no sabe qué le depararán las 12 horas siguientes.

En penumbras, nostálgico contempla la luna, pensando qué le deparará el siguiente día y qué dará de comer a su madre y a su esposa cuando llegue a su hogar. Lleva un mes que no le pagan.

Rutinariamente esperaba a las cinco de la mañana a un amigo en un lugar concurrido de la avenida intercomunal. Su compañero se ha marchado y sin previo aviso se ha quedado sin transporte.

La poca plata que lo acompaña solo le sirve para llegar a medio camino; trabajar en un municipio vecino le ha quitado la vitalidad que algunos años fue sinónimo de su mayor tesoro.

El trasnocho constante y las preocupaciones lo han dejado débil y desaliñado, de su robusta tez morena solo han quedado un poco de arrugas y  la flacidez en su abdomen y brazos, donde anteriormente habitaban los músculos.

El amanecer lo acobija y al llegar las siete de la mañana termina su jornada; no siempre es tan puntual el relevo matutino. Regresa de «colado» en un bus a su casa o con ayuda de un amigo hacen «vaca» para pagar el pasaje.

Llegar a su calurosa vivienda sería sinónimo de descanso, pero no resulta así. Comienza el otro calvario. En su casa sólo se come dos veces al día, exceptuando a su madre de 84 años, a quien con sacrificio le facilitan un plátano o dos para sustentar otra comida.

La pena se perdió con los años. Luego de sus quehaceres y de descansar unas horas, el empleado público se va caminando hacia un estadio cercano a ejercer su segundo trabajo.

Chupetas a 1.5oo bolívares

«¡A 1.500 bolívares las chupetas!», exclama desde  la entrada, maquillándose el rosto de euforia para atraer a sus clientes. Esta es la única forma  en la que ha logrado conseguir efectivo.

El trabajo más fácil dirían muchos, pero ¿cuánto sacrificio le ha costado comprar esa bolsita de chupetas?

Semanalmente sale al mercado a comprar su producto estrella, sin embargo, cada vez se repite la historia de descontento: «el dólar sube y el precio de las chupetas también, el dólar baja y el valor de las golosinas se mantiene o vuelve a aumentar, junto con la divisa; además tengo que pagarlo todo en efectivo», dijo el empleado confundido.

La semana pasada compró el paquete de 24 chupetas en 27 mil bolívares, esta semana el monto fue de 35 mil. Sin su careta de entusiasmo, se ve embarcado en un buque que se hunde lentamente al ver que se acortan las posibilidades de comprar el nuevo paquete.

No sabe el precio que le exigirán la siguiente semana, lo único que sabe Juan, cómo hemos decidido llamarle, es que el tiempo y la vida se les están consumiendo entre colas para comprar graneado o vendiendo chupetas en las familiares gasolineras. La fila para esperar al camión del agua tampoco lo olvida, lleva mas de un año de sequía.

Los maltratos constantes y las pelusas, que son lo único que abunda en sus bolsillos, le hacen recordar nostálgicamente los tiempos de antaño, cuando hace 18 años atrás se peleaba por pertenecer al circulo privilegiado de trabajadores petroleros en la COL; los mejores pagados y ahora los más sufridos, dejando a un lado el anhelo de una buena calidad de vida.

Como la historia de Juan, hay miles, marcadas por el día a día, por una lucha constante por sobrevivir, por seguir adelante y llevar con prioridad el sustento a su hogar.

 

 Any Vargas

Noticia al Día

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